Hará un mes, cuando nos debatíamos entre la llegada del otoño y los últimos coletazos del verano, llegó Mónica, la hermana de Silvia. En su agenda de dos semanas de estancia en Iowa, figuraban ” Los puentes de Madison County” como una de sus prioridades.

Ningún ciudadano iowino visitaría un lugar perdido como éste. Lo dejan para los turistas. Pero eso sí, enseguida reconocen haber leído la novela de R. James Waller.

Si nosotros estamos en el oriente iowino, a poco del Misisipi; y en el centro la capital, Des Moines; no muy lejos de allí, hacia el sur, está el remoto condado de Madison.

Aquí hace falta muy poco para llegar a un pueblo perdido. Cualquier carretara pequeña lleva a pueblos aislados, con mayor o menor encanto, rodeados de maizales, bosques, lagos, llanuras infinitas…

 

¿ Recuendan los personajes de la película. EL fotógrafo del National Geographic, y la tierna ama de casa Francesca?

Parece muy bien elegido este pueblo para la película. Pues se debe atravesar estrechas carreteras, y después estrechos caminos. Más tarde sinuosos caminos de tierra con apenas indicaciones. Cuando uno se pregunta, ¿ dónde demonios estoy? Quiere decir que ya está uno cerca.

 

Un pueblo bien, bien, del interior. Allí están los 6 puentes de Madison. Sí, habéis leído bien, seis. Y originalmente eran 19. Se trata de pequeños puentes cubiertos lenvatados en 1883. Se decidió hacerlos cubiertos para preservar la madera del suelo, que salía cara y se estropeaba con facilidad.

Pero más allá de sus orígenes, tal vez resulte más cautivador el propio contexto de cada uno de estos puentes, separados por rutas y caminos rurales.

 

Es al cruzar el puente, que se da uno cuenta de dónde está realmente. Parece que separa dos mundos. Al llegar al otro lado se abre un enorme paisaje verde y floreado. Suenan los grillos y las chicharras, zumban mosquitos e insectos de vivos colores. Le invade a uno una infinita sensación de paz.

Allí estaba, una vez más, nuestro amigo el Eastern goldfinch, o jilgero del Este. Es el símbolo de Iowa, ha sido adoptado como representante de estado. Y de ahí los colores que viste el equipo de fútbol americano, Hawkeyes.

Recorriendo los caminos que llevan de un puente a otro, delgados y pedregosos, se le llenan a uno los ojos con tanta naturaleza. Es fácil querer verlo todo, retener cada fotograma. Envuelve por su propio encanto. No se trata de un árbol concreto, de un grupo de flores… Son lo pueblecitos, tan bien hechos.

Tuvimos oportunidad de ver un par de puentes. El primero, el clásico Roseman bridge, de la película. Que no difería demasiado del segundo que vimos. Pero sí el entorno. En este segundo pueblo, las casitas bajas, las granjas, los aldeanos, siempre con la sonrisa puesta. Ese ambiente de pueblecito donde no transcurre el tiempo, donde se cuida cada detalle, donde reina una armonía sosegada.

 

Dejamos los puentes y visitamos la ciudad de Madison, el downtown que todo pueblo o ciudad tiene. Conserva ese aire de ” aquí todo sigue igual”. Silvia y Mónica se quedan prendadas de una cafetería old-style, con sillas de cuero rojo y aspecto anacrónico.

  

Nos despedimos de una tarde, que siendo sencilla y campechana, deja un bonito recuerdo. Una imagen en la que refugiarse que guardo para los fríos días de invierno que nos aguardan.