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Apenas faltaban unas horas para coger el coche camino del aeropuerto, y estábamos rompiendo el hielo a palazos para poder abrir las puertas del garaje. Dos días más tarde todavía tendríamos los brazos doloridos, sin apenas poder cerrar los puños. No, no estamos hechos para estos climas.

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Con intención de cambiar de aires nos subimos a un avión rumbo a SF. ¡Oh California! tantas veces cantada. Cuna de hippies y reivindicaciones sociales. Romántica y peliculera. Urbanita y salvaje, qué nos deparas.

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La ciudad rugía al aterrizar en plena efervescencia navideña. Calles repletas, plazas con músicos, familias enteras de compras, bolsas y más bolsas. Simpáticos muchachos que ofrecen abrazos gratuitamente a los viandantes al grito de Free hugs“. Silvia sin pensárselo dos veces se lanzó, brazos abiertos, a uno de estos altruistas personajes públicos.  Y no era la única.

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Coches, luces, escaparates y disparates. Tranvías uphill/downhill, subiendo y bajando en la noche. Barullo y emoción en Union Square.

La mañana siguiente luce gris y lluviosa, vital y apelotonada. ¡ Se acerca la navidad! Tomamos uno de esos ansiados tranvías (cable car) que te llevan del cielo al infierno y viceversa. San Francisco es un despliegue de ondulaciones con extraordinario encanto en cada esquina.

Se puede viajar en el tranvía agarrado a la barandilla con un pie dentro y otro fuera, tirando fotos hacia arriba y hacia abajo. A la ciudad le gusta exhibir sus casitas de colores con detalles en cada remate, sus cuestas vertiginosas. Las panorámicas en las que se le van a uno un ojo para cada lado, los arbolitos tan bien puestos. 

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El puerto aguarda allí abajo, al abrigo de las focas y gaviotas. Y por último la cárcel de Alcatraz, cautivador cautiverio.

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El mítico tranvía de la calle Powell nos lleva a China Town. Cuentan que en San Francisco reside la mayor comunidad asiática de los EEUU. Y es fácil comprobarlo. Por la calle, en el autobús, en las tiendas… uno de cada tres ciudadanos es asiático. Esto es lo más bonito de la ciudad, que no es de nadie y es de todos.

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En China Town aletean coloridos carteles de “Merry Christmas” de un lado a otro de la calle. Cuelgan farolillos rojos y se encuentra uno mucho restaurante chino. En uno de ellos entramos a comer y éramos los únicos occidentales (eso le da un toque genuino). A cada rato se acercan a nuestra mesa con humeantes tapas de las que desconocemos su orígen y composición.

Me gustan esos restaurantes sencillos, indios o chinos, con muchas mesas, donde se sirven comida a toda velocidad con platos tradicionales, baratos y auténticos.

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San Francisco también tiene un bolsillo para la cultura underground en el que asoman ecos hipster, acodes jazzísticos y personajes neo-hippies, entre otros.

Pateamos los restaurantes de North Beach, singulares, artísticos, excéntricos en ocasiones. Las tiendas comics y pelis de serie B. Mis preferidas, las tiendas de guitarras, seductores cuchitriles con olor a música.

Y de allí a los murales sociales del barrio latino de Missions.

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En el barrio de Castro sentimos el espíritu combativo. Fue allí donde se reunían, hace décadas ya, los gays de San Francisco. En tugurios donde la policía entraba, arrestaba y golpeaba a diestro y siniestro cuando le apetecía. Hasta que un día murió un hombre en una reivindicación de los homosexuales.

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Harvey Milk era un joven comerciante recién llegado al barrio, que decidió hacer algo por la comunidad gay. Pasó a ser el primer político abiertamente gay, y más tarde fue convertido en mártir de la causa homosexual.

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Fue muy bonito para nosotros haber estado en la Harvey Milk Plaza el mismo día que vimos la película de Milk, rodada en el barrio de Castro.

Dos tranvías más tarde estamos frente a otro clásico de San Francisco, las Painted Ladies“. Un conjunto de casitas vistorianas coloridas, que tienen fondo los enormes rascacielos del Financial district.

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En esta ciudad es fácil llegar a lo más alto en apenas unos minutos, divisando centenares de casitas de colores; y un rato después aparecer en el puerto, último escalón frente al Pacífico.

Desde lo más alto nos gustó disfrutar del colorido, de la cuadrícula perfectamente trazada, delimitada por el mar. Nada escapa a la vista. Observen esta catedral desde diferentes puntos de la ciudad.

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 En el puerto los curiosos acuden al Peer 39 para ver a las focas  amontonadas unas sobre las otras, gruñendo perezosamente. De haber hallado la manera, me hubiera gustado bajar hasta allí y rascarle la cabeza a alguna.

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No nos faltó entretenimiento, ni sobró el tiempo. Fuimos al acuario del Peer 39, donde por cierto ahí sí, estuvimos rascándole el lomo a un tiburón tigre y disfrutamos de las anémonas, morenas y demás seres que habitan las profundidades. Tomamos un barco que nos paseó por el Golden Gate Bridge y Alcatraz…

Y de allí al Golden Gate Park. Un parque en medio de la ciudad de indecibles proporciones. Nos recibió de brazos abiertos, con un Conservatorio de flores. Donde disfrutamos de climas tropicales y plantas carnívoras. Y más tarde con el Japanese tea garden. Un remanso de paz infinita.

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Llegaron las navidades. Y el tiempo volaba. Pasamos la noche en el War Memorial Opera House viendo el ballet de El Cascanueces. Maravilloso. Y después Santa pasó por el Youth Hostel donde estábamos alojados y le trajo a Silvia una señora guitarra acústica, y a mí me dejó un puzzle artítstico del MOMA de SF y atuendo hippie, para lucir ¡en la cuna de los hippies!

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Cuánto trote colina arriba, colina abajo. Cuántas emociones. Y todavía nos queda el otro medio viaje. De San Francisco a Los Ángeles.

Como nos recomendaron nuestros amigos Los Castro, cruzamos al otro lado del puente y contemplamos la ciudad por vez última.

¡ Adiós San Francisco, te llevamos tatuado en la piel!

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