Es conocido como uno de los carnavales más famosos del mundo. Y efectivamente, gente de todas las nacionalidades se reune para armar ” la gorda”. Tal vez de ahí venga lo Martes Gordo.

Ya en el aeropuerto se veían personajes con el pelo de colores, sombreros hawaianos y otras extravagancias. Aprovechando que disfrutábamos de un puente de 4 días, Laura, Estrella, Montse, Silvia y yo preparamos las maletas para viajar a New Orleans, Louisiana.

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El fin de semana anterior al martes de carnaval, se concentra la mayor cantidad de gente. Y no nos lo podíamos perder. Siguiendo el curso del Misisipi desde Iowa y rumbo al sur, se atraviesa Missouri y Arkansas para llegar a New Orleans.

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Nos hizo mucha ilusión conocer la orilla sureña de este río tan popular. Me pareció ver a Tom Sawyer rascando el banjo en su balsa de juncos.

La ciudad es muy francesa, elegante, chic. Restaurantes franceses, pastelerías con ricos croissants y dulces de Mardi Gras. Calles de adoquines transitadas por carrozas tiradas por caballos. Edificios de estilo colonial y casitas multicolores alineadas. Y lo más bonito, los balcones. Sí, sí, esos mismos desde los que se asoma gente disfrazada y grupos de hombres que lanzan collares a aquéllas que los reclaman mostrando sus encantos.

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VENDREDI.

Las calles irradian luz durante el día. ¡Hace calor! Seres excéntricos comienzan a brotar con el despertar del fin de semana. El colorido se reparte entre disfraces y collares a lo largo de las estrechas calles del French Quarter.

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En los bares empieza a despertar la fiesta, y se ven escenas poco normales para la hora temprana en que estamos. Sin embargo, ni cortas ni perezosas las chicas se animan a cantar en un karaoke. ” Para bailar la bamba…”

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Enseguida se llenan los locales y arriba la multitud, coctelera loca y guasona, que suelta las riendas y cabalga como potros desbocados.

Al caer la noche, bajan gatos y gatas de los tejados a rondar Bourbon Street. Reina la confusión, un halo de energía lo envuelve todo. La masa camina, se cimbrea, como siguiendo un imán indefinido. Sale jazz de las ventanas. Gime el blues socarrón y la gente se comprime. Los cuerpos sudan y se menean. Volúmen y calor.

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Algunos y algunas lucen su torso pintado. Por su parte, nuestras muchachas salen a tomar el fresco y se decoran con un detalle floral en el rostro. El que no se pinta, lleva una peluca, un fular de plumas exóticas, un sombrero original…. Todo se agita en Mardi Gras. It´s so crazy!

Llueven collares (beads) de las terrazas. Algunas damas usan sus encantos para ganárselos. Sin embargo, si quieres un collar simplemente espera y caerán. Es más, se podría decir que en Bourbon Street se camina sobre collares.

Verás cómo la plebe aulla desde la calle: ¡Aquí, aquí! Allá arriba, en los balcones, si le has caido bien a alguien te dedicará uno de estos collares icónicos.

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En las esquinas de la calle Boubon se cobijan los músicos. Un cuarteto de jazz, un violín tocando cajún: rústica música de Nueva Orleans, sonoras bandas de metales rapeando a todo trapo, una mujer llora el blues en el centro de la calle y anciano invidente musita notas en su armónica. ¡ Un regalo a cada paso!

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Y cuando el mar se agita, la espuma se desborda. Así que la policía vigila a cada momento los movimientos de la masa, como tratando de contenerla. Grupos católicos se reunen en los lugares céntricos con carteles que anuncian la llegada de El Señor, tañendo enormes crucificos y llamando al arrepentimiento. Un grupo de jóvenes se acerca, copa en mano, a debatir con el grupo de feligreses.

¿Qué hay de malo en pasarlo bien? -chillan ellas-

– Verás hija, ¿Has leído la Biblia?

SAMEDI.

Al día siguiente la ciudad despierta perezosa. En apenas unas horas se reaunuda la actividad. Canal street se prepara para el desfile de las carrozas, que lanzarán más y más collares. Monedas de Mardi Gras, juguetitos, pelotas de fútbol americano, carracas y otros cachivaches. La gente reserva el sitio desde horas antes. Alquillan escaleras, preciadas por su posición aventajada a la hora de manotear los regalitos que lanzan desde las carrozas. Por cierto, uno de esos collares con medallón incluído me golpeó en la cabeza y por poco me hace una brecha. ¡Ay!

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Desfilan una tras otra decenas de carrozas representando los diferentes estados americanos y asociaciones vecinales. Los niños se apelotonan en torno a las vallas. Atruenan bandas de música universitarias, y salen grupos de cheerleaders con numeritos acrobáticos.

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GARDEN DISTRICT.

Caminamos durante horas siguiendo el rimto del carnaval. Atravesamos el Garden District. Si bien cruzando unas calles más allá, se da uno de bruces con los barrios pobres de Nueva Orleans (probablemente los más afectados por el Katrina); cuando se llega aquí parece un cuento de hadas. De hadas con pasta, eso sí. 

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A ambos lados de este hermoso bulevar, se alzan casas victorianas de infinitos jardines que organizan fiestas particulares con piscina y concierto incluido. Fiestas de 200 personas, arregladas para la ocasión (algunas parecen bodas), mezclándose con la algarabía de las comparsas. La calle huele a parrillas y botellones callejeros. ¡Es día de fiesta!

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DIMANCHE.

Entre unas cosas y otras nos vemos con las maletas de vuelta a casa, cargaditos de collares. Así fue Mardi Gras. Una fiesta fugaz. Una estela de luces psicodélicas.

Como alguien me dijo con una palmadita en la espalda: Laissez les bons temps rouler.

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Dejemos los buenos tiempos correr.

¡Salú!