Snow day.

 Mañana no hay colegio. Una ventisca de nieve (blizzard) azota en estos días nuestra región. Los medios nos advierten de una inminente tormenta (winter storm) en forma de lluvia congelante (freezing rain) y sensación térmica (wind chill) de -30ºC. Mañana los colegios cerrarán, los centros comerciales cerrarán tambien. Un alto porcentaje de carreteras quedarán impracticables. Zip, me abrocho la cremallera de la chaqueta hasta el cuello y subo la calefacción. Es un buen momento para teclear en mi ordenador.

El secreto de la longevidad.

Como vegetariano convencido que soy debo cuidar mi alimentación. El otro día leí un artículo en EL PAÍS sobre una dieta que permite una larga vida de calidad. Además de comer un 30% menos de lo que habitual, aconseja la ingesta de proteínas en forma de carne, pescado, leche o -para vegetarianos- una variedad de frutos secos como el cacachuete o las nueces.

Esa misma noche saco del cajón de la cocina una bolsa que compré hace ya un mes con una rica selección de almendras, avellanas, nueces persas, pecanas y del Brasil. Pero hete aquí que en toda mi estancia mi en los EEUU, todavía no he conocido abrenueces alguno. Y no será que no lo busqué. Apunto estuve el otro día, sin ir más lejor, de comprar un muñeco nutcracker para poner fin a mi problema. Calculé, sin embargo, que cierto tipo de nueces no entrarían en su reducida boca accionada con palanca.

 

Descartado el muñeco navideño, opto por envolver los frutos secos en un trapo y estamparle el martillo después. Pero ya comprobé anteriormente que ninguna mesa, encimera, sección del suelo o pared de mi casa aguanta semejantes golpes sin retumbar la casa entera junto con la de los vecinos. Así pués, sólo queda la opción de salir al peldaño de cemento que percede la entrada principal. Allí sentado, sujeto la puerta con una mano y golpeo enérgicamente el acero contra el bulto, escuchándose un sordo ¡crack!

Apenas me incorporo sobre mis pies,  giro la cabeza y veo entrar un ratón oscuro que recorre primero el ancho y después el largo de la cocina buscando un hueco que penetrar. Y apenas unos segundos desaparece bajo la nevera. Mis ojos, todavía incrédulos, repiten el recorrido. Descalzo y alzado sobre una silla de metal acudo a Silvia, en el extremo opuesto de la casa frente al ordenador:

Sil…. Sil….. ¡Sil!

-¡Qué pasa!

– Que acaba de entrar un ratón en la cocina.      

– Bueno, será un ratoncillo de campo. A ver, ¿dónde está?

Tras desplazar la nevera hasta el centro de la cocina y comprobar que no es posible esbullirse del lugar, decidimos que tal vez esté escondido bajo el lavaplatos. Efectivamente, el sonido de las uñas o dientes escarvado tras el embellecedor lo delatan. Unas serie de maniobras de acordonamiento del lugar y rastreo del sujeto en cuestión dan lugar a un trágico final que nadie deseaba. 

Pat-  No te preocupes, lo tengo todo planeado. Cuando el ratón salga yo le indico la dirección (señalando la puerta con el mango de la escoba).

Sil- Trae (arrebatándome la escoba), que tú no vas sacudir.

Ahora nos mira agazapado desde el lavaplatos con dos brillantes esferas negras por ojos.

Miradme callanas. ¿Acaso no veis quien soy? ¿Sois vosotros quienes teméis a este humilde ratón?

Mira Sil, creo que el ratón está hablando.

– Le voy a enseñar modales yo a éste.

Tras un rato de jugar al hide and seek, deslizándose el roedor por debajo del fregadero a través de estrechos conductos, decidió que tanto estrés no merecía la pena y salió a la plaza a torear. Torpe el ratón, torpes nosotros, la escoba termina por sacudirle de manera sentenciosa. Pena honda la nuestra cuando me llevo el pequeño cuerpo sin vida a la calle.

– Era una hembra (con voz apesumbrada).

– ¡Ay, calla!

Viendo la que habíamos armado, Silvia decide limpiar el entuerto agarrando el trapo que había usado yo antes, haciendo volar por la cocina un centenar de pedacitos de cáscaras y frutos secos.  

La invasión de las vaquitas voladoras.

No es la primera vez que nos vemos sorprendidos por vecinos inesperados. Como aquélla en que un murciélago me sobrevoló la cabeza en el salón de casa a media noche. Prendido de las cortinas saltaban al vacío una y otra vez dando vueltas sin hallar la salida. Tras apagar la luz y abrir la puerta para que saliera voluntariamente, enciendo la luz y me encuentro no uno, sino dos murciélagos volando en círculos por el salón.

Y es que el frío obliga a unos y otros a buscar el calor de un hogar. Así ocurre con las mariquitas (ladybugs) -o vaquitas, como las llaman mis alumnos mexicanos. Llegan por docenas y las encuentras con facilidad en las paredes del baño, enredadas en la alfombra o sobre el pantalón. 

Mariquita- ¡Sí, qué pasa! ¿sabes el frío que hace en la calle? No, claro. Qué vas a saber, tú que vives como en un invernaderadero todo el año. Lo de ahí afuera no es sano hermano. Eso te lo digo yo.

No he permitido vez alguna que se matara en mi presencia una araña, mariquita o semejante por ascos o sentido equívoco de la limpieza. Y me viene de familia. A más de un alumno le he dado un susto que no olvidará. Antes veían un insecto y lanzaban sus deportivas contra él. Ahora, cada vez que entra un grillo en clase se disputan el honor de sacarlo de vuelta al césped.

En estos días de extremo frío entiendo mejor que nunca que vengan todos hasta aquí. Me cuidaré de no dejar la puerta abierta como esta última vez; mas no les negaré un lugar en mi morada. Aunque por todos es sabido que no éste buen lugar donde invernar.

De la pecera que nos fue regalada quedan sólo un par de caracoles, estrellas de nuestro hogar. Pegados siempre al cristal me pregunto qué pensarán.

Miremos a nuestro alrededor los seres pequeños llenos de vida. Preguntémonos qué andan buscando y si está en nuestras manos facilitarles el camino, o al menos no interponernos.

Mis vecinas las ardillas se persiguen a matar cuando les sirvo un plato de maníes. Corren una tras otra por las ramas precipitándose al vacío, sus pieles heridas, enrojecidas. Y cuando sirvo pipas de girasol para el cardinal o el arrendajo, terminan siempre por hacerse con el control los gorriones, agresivos entre ellos mismos, más aún con los demás. ¿De qué manera puedo ayudar, contribuir con mis hermanos las aves, los insectos, animales del lugar? 

 El secreto de una larda vida, y de calidad, radica pues en escuchar, en observar. En saber ser uno más.