Madrid tras año y medio en las Américas. ¿Qué será de mi ciudad?

 ¿Es cierto que faltan modales en la gente? 

¿Que el tráfico ahoga la ciudad?

¿Que no se saluda al cruzarse,

 y el último se queda sin postre?

¿Que no se conversa sino a voces

y cuanto más alto se tiene más razón?

¿Es cierto que desgastada ha perdido su color, 

engrosando el hacinamiento en cubículos de cemento?

¿Que se paga por respirar? ¿Que es un gran centro comercial?

¿Qué queda de mi ciudad?

Con el ceño fruncido y el calor del corazón me abro paso en Barajas envuelto en un achuchón. La familia: el último reducto de amor infatigable, de pasión continua, de uno mismo, de diálogo y comprensión. Un hogar es siempre un hogar. Y desde el coche, en el asiento de atrás, me sorprende el día soleado y el telón de montañas, recias y nevadas cumbres. Qué escenario de película. Pantalla grande, sí señor. 

Me sorprenden mis ojos, pendientes de los árboles que vamos dejando atrás. Los troncos surgidos del asfalto, vestigios de un bosque que hoy presume de chulo y urbanita.

De pronto no veo otra cosa. Todo son nombres que he aprendido en inglés. Ése es un sycamore, y ése otro un hackberryAspen, ash, basswood, un castaño y una acacia. Me fascina la armonía en que parecen convivir los semáforos con el pinar. No reconozco la ciudad. Y así, de a poco, me iré quitando los temores que traía en mí prendidos.

  

Además de los sobrinos, Daniela, Pablo, Diego y Sergio, ha crecido el escenario. Me rodean urracas, grandes, blancas y azuladas; y pequeños petirrojos que parecen de juguete. ¡Quién los pusiera junto al robin, su hermano americano! Cuatro veces tiene su tamaño.

    

Qué sorpresa entrar en casa y que Tico se me lance. Yo también te extrañé, mi buen amigo rabilargo. Y hete aquí que la casa está llena, allá por donde se mire, de hojas recogidas de la calle. Mi padre, que por diversión, quién sabe si con ánimo decorativo, las dispone junto al árbol navideño, desperdigadas en el patio o junto al ordenador. 

Descubo que la gente sigue hablando en la cola del supermercado. Benditos los mayores, que siempre tienen algo que decir. La ciudad está viva. Escupe ríos de gentes en todas direcciones. Hay diez comercios por persona y empleados informales que dan gratis consejos. Me hechiza la encina del metro de Vía Carpetana. La gente camina sobre un mar de bellotas, y no se para a observar que discurre bajo un árbol sin igual. 

 

Todo el mundo habla en español. Todos morenos. Qué agradables los madrileños; que si le hago una foto a éste o le indico cómo llegar. Los hay que ceden el turno, aunque sólo sea por navidad. Además, no hace frío para alguien venido de allá. La nieve se derrite entre tanta actividad.

Los amigos, tan brevemente visitados – incluso telefoneados-, también cambian, ruedan siempre hacia algún lugar. Mi barrio, Hortaleza, rezuma pueblo en sus calles, en sus gentes. Paciencia en el hablar.  

Madrid es amalgama de intranquilidad, churros con chocolate y fraternidad. Es amontonamiento e impuntualidad. Caja de Pandora que traga euros sin cesar. Música, cine, teatro… Todo lo que se pueda comprar. Coro de un millón de voces, cada cual su partitura. Resiste el paso del tiempo. Madrid no se echa atrás. Me lo pido por navidad.