Vover a Madrid por navidad fue definitivamente revitalizante. Me dio la oportunidad de mirar no sólo Madrid desde fuera, sino mi vida en Iowa. Entre otras decisiones ya en marcha, me propuse unirme cuanto antes a un club de ornitología y salir al campo a vivir la naturaleza de primera mano. Digo cuanto antes, porque el programa de profesores visitantes termina a los tres años y me encuentro a medio camino de viaje.

Owl prowl.

En mi área hay varios clubes a los que ya me he suscrito. La Audubon Society a orillas del Misisipi, y el Iowa City Bird Club. Llamé a estos últimos para unirme a un grupo de avistadores de búhos en una excursión titulada owl prowl (a la caza del búho). El domingo, cuando ya estaba en casa resignado, viendo la televisión de brazos cruzados porque no me habían respondido las llamadas, me llama Karen, la organizadora:

– ¿Sabes cómo llegar aquí?

– Hola… ¡Qué! ¿Nos vamos a reunir?

Faltan 15 minutos para la cita y yo estoy todavía en pijama y sin peinar. Con la emoción camino de un lado a otro y comienzan a temblarme las manos.

– Coge la 6 y después la 1 ¿sabes cómo hacer eso?

– Sí, sí, no hay problema, tengo GPS.

Afuera hay una densa niebla y está todo nevado. Conduzco entre pueblecitos y granjas que parecen esplovoreadas con azúcar glas. Por fin, me reúno con mi crew.  Tan pronto los veo ondeo mi mano efusivamente, tienen que ser ellos. De los cinco, al menos tres son retirados y otros dos tienen cerca de los cincuenta.

Al poco estoy montado en un coche con Karen, Tim y Damon. El asiento trasero está lleno de guías de pájaros y revistas de naturaleza. Damon es el primero en estrecharme la mano. Sus manos anchas y fuertes se corresponden con su oficio de fontanero. Es el experto en setas. Tim es algo más joven y vivaz. Ingeniero. Salimos de inmediato hacia algún destino que desconozco.

Allá en el suelo, allá en el cielo.

Apenas han pasado unos minutos y parece que llevo toda la vida. Los tres charlan sobre animales mientras cruzamos la autopista. De pronto Tim señala al cielo.

– Allí, allí, ¿qué es eso? – exclama con el dedo en el aire.

– Ah, sí, es un águila calva -se responde él mismo. ¿La ves?

Preciosa, se alza sobre la rama más alta de un árbol desnudo, con ese porte orgulloso que las caracteriza. Pasamos tan cerca que es difícil no apreciar su elegancia. Tim lleva los prismáticos colgando del cuello, los maneja con rapidez. Busco los míos en la mochila, y ¡Aych! Con las prisas me he traído unos primáticos estropeados que compré por $10, en lugar de mi última adquisición. Tendré que usarlos guiñando un ojo.

Mientras conversan, observo que no pierden detalle de lo que ocurre a su alrededor. Señalan a un lado y a otro constantemente, incluida la conductora. Yo miro al frente y me abrocho el cinto.

Allí, un grupo de ciervos.

– Sí, ya los veo. Un, dos, tres, cuatro…. ¡Cinco!

– Sí, yo también los he visto.

Al rato más.

– ¡Mira! Pavos salvajes.

– Guau, un grupo numeroso.

Los pavos, negros, corpulentos, hunden sus largas patas en la nieve mientras picotean el suelo en busca de frutos caídos.

No tardarán en advertir Red tailed hawks (ratoneros de cola roja), juncos y otros sin identificar. Tim es el encargado de apuntar en su agenda las aves que van apareciendo. Se me hace rara la situación, porque esto mismo es algo que hago yo siempre que monto en coche instintivamente. Mis ojos buscan aves y árboles. Además guardo en memoria dónde fue que vi cada animal o árbol que desconocía. Cuando descubro que mis acompañantes hacen lo mismo me hace gracia, es una sensación extraña. 

  

¿Esto es birding?

Me llevan a Morse, un pueblo otrora grande y habitado, del que sólo queda un puñado de casas. Tanto es así, que nos lo pasamos de largo sin ninguno darse cuenta. Retomamos y atravesamos un caminito de tierra, aparcando junto a una granja. Un vecino del lugar llamó unos días antes diciendo que había visto un Screech owl (Búho chillón oriental) en el entorno. Abrimos las puertas del coche y Karen se queda dentro reproduciendo un cd de reclamos de aves.

A todo volúmen y después de su correspondiente presentación suena:

-BuUuUuuUUuuUUuuUUu… Una especie chillido fantasmagórico o relincho ecuestre.

Me quedo pensando ¿Así que esto es birding? ¿Y ahora qué vamos a hacer? ¿Salimos a buscar al búho o vendrá por cuenta propia?

De inmediato, y en una dirección diferente a la estábamos mirando, se escucha:

-BuuUUuUuUuUuuUu… BuuuUuUUuUUuUuu… La misma voz repetida varias veces.

Nos miramos los unos a los otros con ojos bien abiertos. Cada uno señala donde cree que se halla el búho. Llegamos a un acuerdo y nos subimos de nuevo al coche.  Un minuto después nos bajamos y volvemos a reproducir el cd. A veces suenan varias pistas seguidas por error, y a todo volúmen, claro. Me pregunto qué pensarán los pájaros cuando eschuchan semejante sucesión de reclamos.

Parece que no responde esta vez. Lo hemos perdido.

Un vecino octogenario en camisa de cuadros y tirantes sale al porche y se queda mirándonos, no sé que dice. Karen le explica a voces que estamos buscando un búho chillón. El tipo se queda pensativo, como buscando qué decir, y vuelve a entrar en casa.    

Evergreens.

De nuevo entre las nieves, aprovecho para compartir mi afición por árboles. Les falta tiempo cambiar el rumbo de la conversación. Damon apunta hacia los cedros bajitos de color óxido que se extienden alrededor. Me mira con rostro serio.

– Juniperus virginiana. Aquí lo llamamos Red Cedar.

– Ahá –asiento mientras mis dedos buscan con rapidez en la guía que he traído.

 

Al poco aparece con una ramita del cedro y me ofrecerme sus diminutos frutos de color lila, llevándose uno a la boca. Si bien gozan de un encanto aromático innegable, su sabor me resultó tremendamente amargo y me fue difícil desprerme de él. Me muestra, asimismo, cómo la corteza del cedro se deshilacha en finas hebras que los pájaros usan para confeccionar sus nidos.  

No muy lejos se erigen unos pinos de gran porte conocidos como White pine (Pinus strobus). Las ramas saludan con los brazos abiertos, las puntas mirando al cielo, asemejándose a un candelabro judío. Hermosos. Ya de cerca, compruebo que tal y como me ha dicho Damon, tiene las hojas agrupadas en ramilletes de cinco agujas.

Lo encuentro en la guía y le doy a leer. Damon se levanta las gafas llevándose el libro a la nariz, y escudriña con ojos entreabiertos.

– Éste es.

Pasamos junto a otro pino de extraña apariencia. Las piñas son pequeñas y retorcidas. Envueltas, la mayor parte, en una costra dura y blaquecina. Damon nos revela que éstas sólo se abren ante el calor de un fuego forestal, dispersando entonces sus semillas. Con esos datos, mi guía me confirmaría que se trataba de un Jack pine (Pinus banksiana) o Pino de Jack.  

 

Oídos abiertos, pico cerrado.

En la siguiente parada vamos a ver un Long eared owl o autillo americano (Asio otus). Cuando les pregunto cómo conocen la ubicación de los búhos, me cuentan que por lo general los amigos llaman y comunican la presencia de aves por su zona con la mayor precisión posible. 

Mientras rodamos hacia el próximo lugar, escucho las narraciones de mis compañeros a cerca de los animales que han visto recientemente. Pájaros carpinteros, zorros, coyotes, tejones, musarañas… Son capaces de describirlos con detalle a partir de sus breves encuentros, así como el escenario donde tuvieron lugar.

– ¿Coyotes? Sí, claro. Vi uno en el cruce de la 78 con la circunvalación. Estaba allí parado junto a la carretera y tenía unos mechones grises en el pecho que lo distinguen claramente de un lobo. Se lo veía saludable. Ya lo creo que lo vi. 

Pasamos junto a un lago que en verano es punto de encuentro de centenares de patos, gansos y agregados. Ahora está congelado y nadie diría que hay un lago de no ser por el letrero. Aparcamos en un lugar remoto. Un bosque que se extiende al pie de la carretera. Cuando pregunto a Karen si va a poner el cd, me dice que el autillo no usa su canto en esta época del año.

Dicho esto, se adentra en el terreno sin pensárselo dos veces, desapareciendo sus pies bajo la nieve. Se la ve decidida. Allá vamos los seis hacia un pinar de altura espectacular, sorteando ramas de aquí y de allá. Mis botas están empezando a calar, pero no me atrevo a quejarme. Ni la edad ni la falta de calzado adecuado parece echarlos atrás.

Caminamos hasta donde podemos y nos detenemos frente a un amplio maizal. Los autillos son especialmente asustadizos, así que sería contraproducente que fuéramos en grupo. La estrategia consistirá en que uno se acerca a la arboleda y el ruido hará que el búho salga a campo abierto, donde lo podremos ver los demás. Parece que éste es el modus operandi apropiado para estos casos. 

Tim emprende su caminata hacia los pinos blancos en la distancia. Mientras esperamos, Damon se dedica a abrir las plantas de maíz, dejando la mazorca -ya seca, y a menudo roída- a la vista de posibles animales que pasean por la zona.

 

De pronto escuchamos un búho. 

– huhú… huhú… huhú…  

Karen pregunta: ¿Está diciendo who-cooks-for-you? Así es como reconocen los anglófonos al Barred owl  o carabo norteamericano al ulular. Guardamos silencio y nos concentramos, algunos con la mano tras la oreja mueven la cabeza como si fuera un radar. Y aunque a mí me suena cerca, me aseguran que se encuentra varias millas de distancia. Lástima. La espera no da muchos más frutos. Decidimos emprender la marcha de regreso.

Nos dirigimos a otro lugar, -ya no me molesto en preguntar el nombre del pueblo- donde dicen que antaño vivió un Great horned owl (búho real). Al llegar, una carretera de tierra se despliega como un largo pasillo en el bosque de árboles deshojados.

En uno de ellos hay un agujero enorme. No hace falta mucha imaginación para visualizar una de estas rapaces nocturnas en su interior. Karen nos relata que tras años de vivir allí el búho real alguien le disparó.

– ¿Le pegaron un tiro al búho? ¿Para qué? –irrumpo con indignación.

– Alguna gente es simplemente mala.

Es posible que otra rapaz haya ocupado el lugar. Nos bajamos de coche y reproducimos el cd, cuyo sonido se extiende en todas direcciones y rebota entre los árboles. El eco es maravilloso. Aprovecho para llamar a Silvia y hacerla partícipe del momento.

A nuestra espalda hay un campo arado. De más allá todavía, parece venir el canto de un búho. Nos miramos con emoción. Asentimos con la sonrisa en la boca. Eso va a ser lo más cercano que tengamos por hoy a nuestros amigos alados. Creo que contaban con ello.

Mmm… No es fácil ver a los búhos. -comento ante la evidencia-.

– La mayoría de las veces se los escucha más que verlos. -asegura mi compañero.

De vuelta a casa ya estoy recreándome en los sonidos, los olores, los escenarios… Es sólo el princio.


Vídeos extras:

Esto es birding.

Concurso mundial de birding.