Un año atrás por estas fechas, nuestros amigos Los Castro nos llevaban a ver águilas calvas al Misisipi. Asistimos primero a una charla y después salimos a buscarlas surcando el cielo o entre el enramado que flanquea ambas orillas.

 

Durante el invierno se celebran acontecimientos similares a lo largo del vasto recorrido que dibuja el río por la geografía norteamericana. Festivales de Jazz con nombre de rapaz, charlas didácticas, tours en minibus y otros. Divisar águilas es, definitivamente, un pasatiempo popular entre los norteamericanos.

 

A primera hora de la mañana el cielo está limpio y claro. Sopla una brisa fría. El hielo que meses atrás cubriera el río, se derrite ahora en finas placas. 

Cuando llego encuentro a Dave en la terraza del Pearl City Station mirando a través de un monocular. Dave Bakke es un naturalista que trabaja para el Centro de Conservación del área del Misisipi. En abril vendrá a mi colegio y haremos algunas excursiones por el pueblo para hablarle a los alumnos de aves y árboles.

Prismáticos en mano, doy con un grupo de águilas en la orilla de en frente, en el estado de Illinois. Mientras tanto, Dave y los primeros asistentes se van acomodando dentro, donde la temperatura es más agradable.

Me giro y descubro, para mi sorpresa, un ejemplar adulto a unos cien metros, posado en lo alto de un árbol. Para tener una visión más detallada hago uso del monocular, ahora libre. La magnificación golpea los sentidos. Puedo ver cómo el águila, despreocupada, se acicala peinando cada pluma con el pico. Gira la cabeza y consigo adentrarme sus pupilas celestes rastereando el agua.  

Trato de llamar su atención moviendo los brazos como si fueran alas para porderla, así, ver de frente. No funciona. Después imito el chillido de la rapaz. Algunos asistentes en el salón se tornan hacia mí con gesto de desconcierto. 

Mmmm… Sé que me está escuchando, pero hace como si nada. Es tiempo para el plan B -pienso para mis adentros.

Abro una lata de atún que llevo conmigo y la dejo sobre la barandilla. No podrá resistirse.

Al cabo de un rato mira de reojo y vuela hasta el otro extremo de la terraza. Se aproxima dando saltitos torpemente.  Ya a la altura de la la lata, hinca el pico en ella de sopetón. Al acercarme se sobresalta batiendo las alas y retrocediendo. Pero al poco vuelve a arrimarse con precaución.

Saco la grabadora del bolsillo de mi abrigo lentamente, y la dejo funcionando junto a una segunda lata de pescado. Si logro que se gane mi confianza tendré una buena entrevista. Pero sé bien que no son infundados sus temores. Durante décadas han sido disparadas por diversión. El uso de pesticidas, como el DDT, envenaron el pescado que compone su dieta básica, haciéndonos temer por su futuro. Hoy, gracias a los esfuerzos conservacionistas la población ha crecido sobremanera y los anidamientos en Iowa son cada vez más frecuentes.    

– Ven bonita. Ven, que esto también es para ti. Cuéntanos ¿Qué te trae por Iowa?

– Glup, glup, glup.. ¿Iowa? glup, glup, glup… ¿Has visto cuánto pescado hay en este ri-ri-río?

– ¡Ahá! Estás buscando pescado. Y ¿Por qué aquí y no en Canadá? Allí tienes todo lo que un águila puede desear.

– Mmm… (gira la cabeza) ¿Allá? (señalando el norte con el pico) Está to-to-todo co-co-congelado.  

Ya veo. Esta presa parace un buen lugar para la pesca. Dime una cosa, es una duda que siempre he tenido. ¿Es cierto que las águilas tienen un buche donde almacenan la comida y pueden más tarde…

– ¡Tú-tú-tú no te me escapas ca-ca-ca-catfish! (De pronto nuestra amiga alza el vuelo desplegando su manto alado y cae en picado, garras por delante, sobre un siluro que pasa por allí)

Hasta aquí las noticias desde la ribera del Misisipi en esta mañana soleada. Les ha informado Patricio Pelícano para Los profes del maíz

* Fotos de águilas de mi compañero James Sheib, del Iowa City Bird Club.