Acuñado entre los estados de Idaho, Montana y Wyoming – éste último se lleva la palma-, y arropado por el abrazo de Las Rocosas, Yellowstone lo tiene todo. En primer lugar, está situado en la divisoria de aguas continental que se separa las cuencas hidrográficas que dan Pacífico y al Atlántico. Además, se halla sobre un punto caliente magmático, que otrora originó las caldera volcánica que da forma a la región central de Yellowstone y actualmente mantiene en ebullición los géisers y fuentes calientes

 

Geológicamente, Yellowstone es un desafío para cualquier aficionado. El dramatismo de sus cañones, las vertiginosas cimas circundantes, las originales esculturas creadas por fuerzas geotérmicas y los restos de actividad volcánica hacen de éste un parque de atracciones.  Sorpresas a cada instante.

Una de las atracciones es, por ejemplo, plantarse delante de un géiser y aguardar a que escupa un chorro de agua y vapor. Sucede así, el agua en forma de lluvia, nieve o cascadas se cuela por las fisuras de la corteza terrestre – aquí visibles debido a las fracturas de la caldera volcánica- y entra en contacto con las rocas subterráneas cuya temperatura ha elevado el magma. La boca del géiser, allá arriba, está enfría y hace de tapón; mientras que el agua que se encuenta por debajo se calienta cada vez más, aumentando la presión hasta que…  ¡zas!

 

  

¿Un baño en una fuente caliente? Apetece ¿verdad? A menudo el agua tiene unos colores hipnóticos, azul turquesa, verde esmeralda… ¡Es una trampa mortal! Y mira que tenía yo calor en Yellowstone, pero el agua ronda los 200°C.  Además, en la fotos no se aprecia, pero el olor a azufre es igual al de un huevo podrido o una bomba fétida. Sabia naturaleza, que amablemente nos invita a descartar el chapuzón.

En una de estas hot springs cayó un bisonte y el resultado fue fatal. Desde entonces dicen, huele a caldo de ternera.

  

  

Otra de las atracciones son los árboles petrificados. Con frecuencia agua de los géisers se desbordan y termina con la vida de la vegetación a su alrededor. En el caso de los árboles, las raíces siguen absorbiendo el agua, que contiene silicio y termina por petrificar el árbol y conservalo en perfecto estado. Curioso ¿no? Es un tanto macabro, pero estos bosques tienen su encanto.

A medida que uno avanza por el parque vislumbra fumarolas en el horizonte, riscos donde se anclan los pinos monteses, aparecen densas piscinas de barro gris en ebullición… O estos hermosos dibujos en torno a los géisers creados por bacterias. Éstas sí pueden darse un baño allí. Únicas privilegiadas ,las bacterias son un ejemplo de formas de vida en condiciones extremas que agrupadas de a miles pintan los géisers de fosforito. Cool!

  

  

  

Más peculiares, si cabe, son las fuentes calientes de Mammoth. En esta región del parque las aguas subterráneas en lugar de llevar silicio, contienen caliza que al salir a la superficie se endurece y va formando estas hermosas terrazas dispuestas unas sobre otras.

Mientras observábamos el fluir de las aguas, un profesor de secundaria explicaba a un grupo de alumnos selectos lápiz y papel en mano el proceso de formación de estas terrazas con todo detalle. Uno de ellos alzó la mano y el maestro le cedió el turno. ¿podemos bañarnos aquí? A lo que el tutor le espetó: morirías.

  

Para nuestra sorpresa, sí se puede uno bañar en un aguas termales. En Islandia lo hacen todos los días. Pero no fue necesario irse tan lejos. En un rincón de Yellowstone nos aguardaba el Boiling River, en el que el fluido de las fuentes calientes se vierte al río y permite disfrutar, al fin, de semejante maravilla de la naturaleza.

Ya al llegar nos sorprendió que la gente estaba dispuesta en una larga hilera paralela a la orilla. Comprobaríamos más tarde que sólo así se puede uno sumergir. Y es que si te acercas mucho al agua termal te achicharras, y si te echas hacia adentro el agua está helada. Así que cada bañista encuentra allí el lugar donde echar raíces y montarse su jacuzzi natural. No se vayan a pensar que es algo fácil, pues se parace más a una ducha estropeada en la que sale el agua muy caliente o muy fría. Eso sí, en semejante entorno la experiencia se torna celestial.

 

El agua lleva la vida y modifica el paisaje en su camino. Entre las formas más destacadas, el Gran Cañón del Río Yellowstone con las paredes amarillas que dan nombre al parque. El hierro, causante del color, se oxida ocasionalmente y da lugar a tonos rojizos que salpican el paisaje.

 

  

  

Entre los árboles más populares de esta zona, que guarda mucho en común con otras de Las Rocosas, destacan coníferas como el pino contorta (Lodgepole pine), abeto subalpino (subalpine fir), pino de corteza blanca (White bark pine) y abetos de Douglas (Douglas fir). También es típico el álamo temblón (Quaking aspen).

   

   

Uno de los atractivos del lugar son las inmensas praderas imposibes de abarcar con dos ojos, desde las que se puede observar a primera hora del día o al atardecer manadas de bisontes, osos negros y grizzly, wapitis; y aves como pelícanos, gansos o grullas canadienses.

Los más fáciles de ver, los bisontes. Atraviesan las carreteras a todas horas, pastan o se tumban en cualquier lugar tranquiñamente. En una de esas subí una colina para acercarme a uno y fotografiarlo. La gente, muy prudente, salva las distancias. Pero estaba decidido a tenerlo a unos pocos pasos de mí. Así que me acerqué cautelosamente mientras el bisonte descansaba apaciblemente. Cuando ya estaba pegadito a él escucho un grito de Silvia: ¡¡PAT!! Y cuando me giro la gente estaba expectante allá abajo temiendo por mi vida. Así que me di la vuelta para no ser corneado o matar a alguien de un susto. Apenas bajé la gente se relajó y se marchó en sus coches. El bisonte, que se había estresado, cayó de plano en el suelo como desmayado.

 

   

Ver osos negros es fácil en algunos estados del norte como Wisonsin, muy cerquita de Iowa. Pero Yellowstone ofrece la oportunidad de ver osos gizzly. Que los distingue rápidamente de otros oso por su inconfundible joroba. El que se nos puso al alcance paseaba muy lentamente y se sentaba ociosamente a comer ramilletes de flores. Como a los diez minutos se presentó el ranger y desvió a toda la gente de allí para no perturbar al grandullón. Pero hasta entonces fue nuestro.

 

  

Recientemente se ha introducido en Yellowstone al lobo, y parece que la cosa funciona. Los ciervos y alces han dejado de frecuentar las orillas de los ríos, y las vegetación de la ribera se recupera. Eso sí, ver lobos resulta más difícil y hay que caminar largas sendas hasta alcanzar su radio de acción. No fue nuestro caso. Una escena emocionante, sin embargo, fue la de una manada de bisontes atravesando la carretera con notable tensión al pasar entre los coches. Los bisontes gruñían y caminaban con desconfianza. Una vez atravesada la línea de vehículos, salían corriendo para reunirse, terneros y mayores, con el resto del grupo para, finalmente, atravesar un río a nado y ponerse a resguardo al final del día.

  

  

Con una superficie mayor que la Comunidad de Madrid, el parque dispone de extensas praderas como Lamar Valley o Hayden Valley perfectos para tomar unos prismáticos y echarse un rato largo a ver qué sucede.

También hay grupos de excursionistas que acampan por varias noches dentro del parque y exploran la inmensidad de esta región. Cada cual encuentra aquí su rincón. Y es que la naturaleza aquí silba al son del viento, si estás atent@ los oirás llegar.

Yellowstone.

Que se exhibe desnuda y sin complejos.

Que se entrega sincera, abierta y llena al pescador, al mochilero, al escalador.

Abre sus valles y despliega sus praderas.

Se estrecha en sus gargantas y cañones, 

estalla de júbilo en ardientes vapores. 

Danzan grillos y saltamontes, 

osos, ciervos y bisontes,

lobos y cabras de monte. 

Se recoge con nostalgia en cada atardecer

renaciendo cada día en un nuevo florecer.