San Diego, último reducto calusoso en el suroeste del país. Desde Arizona atravesamos el desierto arbustivo de Sonora más un desierto de dunas durante seis horas. Además de un par de controles de policía por medio, de los que imponen. Al estar raspando la frontera con México, los controles aquí son exhaustivos. Una muralla, tipo muro de Berlín, sepasa ambos lados del desierto. Los perros se tiran sobre las pick-up y agentes -latinos- con gafas de sol deciden quién pasa y quién se queda allí. Yo llevo a Silvia, que le da el toque yanqui al asunto. Pero a la vuelta,  en el aeropuerto, nos separon, y a mí me retuvieron para analizar la tela de mi mochila. ¡Por qué no cuidan más su política exterior y nos permiten vivir tranquilamente a los ciudadanos de a pie!

En cualquier caso, tras el desierto aparece de súbito el verdor en las colinas, a ambos lados de la carreta. Tiene uno la sensación de haber dado un salto en el tiempo. ¡Ya estamos en California!

  

San Diego es ciudad portuaria, como San Francisco. Por cierto, también trazada colina arriba, colina abajo. Y sus playas fácilmente recuerdan a las de Los Ángeles.

En el puerto atracan continuamente enormes cruceros llegados de México, de los que descienden cientos de personas con sus equipajes inundando el muelle.

El paseo se engalana con un saxofonista que tiene una mañana inspirada, y un desayuno frente al océano. Ya voy yo entendiendo este romanticismo marinero. Voy a emular a ese de ahí.

San Diego goza de muchas playas agradables, que incluso en diciembre son frecuetadas por decenas de surferos. La gente pasea, hace deporte, baila hula hop, da de comer a las gaviotas, o se tuesta al sol… Sí, sol. ¡Por fin!

  

La ciudad de San Diego está llena de parques, como el Balboa Park donde se encuentra un famoso aquarium, un zoo más famoso (pero no soy muy amigo de los zoos), y muchos pequeños museos entretenidos (botánico, de arte, espacial…).

Nuestro rincón favorito es el barrio alternativo-gay Hill Crest con un montón de restaurantes de todo el mundo y mucho glamour por todos lados. En poco tiempo nos aficionamos a un cine que proyecta películas independientes, de esas que nunca llegan al midwest.

A decir verdad, San Diego tiene tantos rincones interesantes que sorprende a cada momento. Tiene un parque natural en lo alto de la bahía, desde donde se ve toda la ciudad. Tiene paseos marítios que van a dar a playas donde las focas descansan alegremente y se retuercen bajo el sol. El Pueblo es un barrio de sabor mexicano en el que sirven estupenda comida. Allí dimos buena cuenta de las enchiladas y tortillas de chocolate.  Un simpático Little Italy por el que da gusto pasear y visitar las diferentes terracitas a pie de calle.

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San Diego todavía tiene ese sabor colonial, como tantas ciudades del Cantábrico ibérico. Hermosas casas de cal, parques y jardines señoriales, palacetes y fuentes europeas de estilo rococó. Y por supesto, mucho español. Parece ser una ciudad muy consciente de sus orígenes y le gusta narrar la historia de los exploradores y misioneros españoles en cada esquina.

 

En algún local de Tucson de cuyo nombre no quiero acordarme, hacia las 12 de la noche, brindamos con champán por el año que quedó atrás, por el que viene. Brindamos ahora con ustedes por las cosas bonitas. Por el emocionante viaje de la vida. Por ese momento especial que retienen en la memoria algo difuminado, al que llaman felicidad y da sentido a su existencia.