Desde nuestro arribo a la capital se han sucedido un viaje a Irlanda, baños isleños en Menorca y paseos por  las cumbres de Huesca y Navarra. Es en este último destino, donde hacemos una pausa para sentarnos bajo un haya otoñal a recordar a nuestros amigos de EEUU y los colores que tiñen las calles y pincelan los campos en esta época del año.

Sorpresa la nuestra, la de redescubrir España, y deslumbrarnos con intensos colores del otoño navarro. Es especialmente popular La selva de Irati, llamada selva por su enorme extensión. Un bosque en su mayoría poblado por hayas y abetos.

Si bien en EEUU nunca encontré un haya fuera de un jardín botánico, he tenido oportunidad de disfrutar de magníficos bosques en Huesca y Navarra. Una vez visto un hayedo no se olvida. Desde dentro de ve uno rodeado por un ejército de altísimos y delgados troncos vestidos de blanca corteza moteada, como de camuflaje.

Algunos ejemplares que crecen aislados y extienden sus tentáculos sinuosos por todo su alrededor. Los hay tan anchos que haría falta ocho personas para rodearlo. Crecen en zonas de mucha humedad, por lo que su cuerpo suele estar cubierto de musgos y líquenes, confiriéndoles un atractivo especial. Hacia lo alto de su copa, se abren para captar toda la luz posible, creando a su vez pasillos oscuros a sus pies, algo lúgubres. No es de extrañar por todo esto, que el hayedo sea residencia habitual de duendes y hadas del norte.

  

 

Abrazado por el hayedo, se encuentra un embalse donde el cielo se calza la falda otoñal y patina sobre las aguas verdes.

Estando aquí es fácil escurrirse por la frontera y dejarse caer por los hermosos pueblos franceses a media horita de camino. Las carreterrillas vacías, apenas transitadas por pastores con sus cabras, parecen secreto bien guardados, que esconden secretos detrás de cada curva. Los valles siempre nos acompañan, ahondándose con delicadeza en formas redonditas.

De vuelta a Navarra visitamos el Parque Natural de Bertiz. Además de recoger una variedad de árboles de espectaculares árboles de diversas procedencias, el entorno se le hace a uno onírico. Dentro hay sendas oscuras y húmedas flanqueadas por helechos junto a coloristas manatiales y paseos pictóricos que nos envuelven apenas habiendo caminado unos minutos.

Otro de los tantos indispensables de Navarra es el Bosque de Orgi. Reconocido por ser un extenso robledal donde algunos ejemplares cumplen los 200 años. En época de lluvias nos lo encontraremos totalmente encharcado, ya que se trata de un humedal. Pero tanquilos, ese es encanto especial del lugar. Está construido sobre un pasillo elevado de madera que por el cual nos adentramos entre los abuelos robles.

Las estrellas de este robledal son el roble común (Quercus robur) de hoja redondita, y tronco cubierto por musgos, líquenes y sobre todo trepadoras.  Y el roble americano (Quecus rubra). Sí, ese con el que nos hemos fotografiado tanto en EEUU, que viste en sus hojas puntiagudas tonos rojos y escarlata. ¡Aquí en Navarra te hemos encontrado amigo americano!

   

   

Y colorín, roble colorado

este otoño se ha acabado.