E-mail desde París, semana santa 2012.

Querida familia,

Estamos que no paramos, pasamos todo el día recorriendo las calles de esta ciudad infinita. Está haciendo bueno. No llovió ningún día, solo algo fresco a la noche.

Por las mañanas desayunamos croissants en las boulangeries y patisseries del barrio. Visitamos los preciosos museos del Louvre y Orsay, con obras impresionistas de Van Gogh, Monet, Renoir…. Del Louvre nos cautivó la inmensidad del palacio y sus ornamentaciones.

Del Musee D´Orsay, construido en una antigua estación ferroviaria, disfrutamos la intimidad de las salas. Al ser más pequeñas, el encuentro con las pinturas es más cercano.

   
   
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Pateamos los puentes que cruzan el Sena de lado a lado. Mi favorito, el puente de los candados, donde las parejas sellan su amor a golpe de cerrajería. Entramos en numerosos de palacios y castillos que salpican toda la ciudad. París es un museo viviente.

  

 
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Comemos en restaurantes turcos, chinos, vietnamitas, franceses, tibetanos, indios, libaneses, tunecinos, saharauis… A estas alturas del siglo XXI, viajar en el metro parisino es como adentrase en las calles de Malí, Senegal, Marruecos, Argelia, etc. No sabemos si será por condescencia o qué, pero acá todo el mundo se salta los torniquetes del metro. Lo que sí se ve, es a la policía pidiendo los papeles en los pasillos del metro.
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Barrios como los de Barbés, o Pigalle, donde el Moulin Rouge fue un día el epicentro de la noche parisina, ofrencen hoy una variedad de peluquerías africanas, restaurantes étnicos, etc.
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Recorrimos el mercadillo de comidas, ropas, etc, entre gentes de todas las nacionalidades. Cansados de tanto caminar, descansamos en algunos de los enormes parques de la ciudad, como el de Luxemburgo, tumbados al soleil.

 

Subimos a Monmartre y los ojos no abarcaban la ciudad, enorme, desde El Sagrado Corazón. En otra punta, subimos a pata la Torre Eiffel, fotografiamos el atardecer y vimos la urbe resplanceder en la noche.

 

Hacemos pausas en los singulares cafés parisinos donde se toma uno un té codo con codo con el de al lado. Los locales son todos tan chiquitos. Nos la pasamos cogiendo metros y trenes de punta a punta entre soldados con metralletas que puso Sarkozy desplegados por doquier para controlar el cotarro.

 

 

Salimos de marcha por la Bastilla, Abesses y Oberkampf. París se debate entre los pijos más cursis y rimbombantes, y el África emergente… Pasamos de las tiendas más glamourosas y excéntricas del mundo donde todo vale un infinito, a los barrios donde no se barren las calles y nos saludan las ratas del metro…

Otras excursiones fueron el cementerio de Pere Lachaise, donde rendimos honores a Chopin y Jim Morrison. De este último, por cierto, robaron el busto que había decorado con collares de flores. Quisimos visitar a Napoleón, en Los Inválidos, pero 18 euros por ver el féretro nos pareció excesivo.

El Museo de Rodin con su jardín de esculturas, y el Jardín des Plantes con su hermoso jardín botánico nos brindaron una tarde maravillosa.

  

 

Para terminar el viaje Silvia nos tenía una sopresa preparada. Un masaje tailandés. Tal y como nos recomendaba la guía, esto de que te retuerzan como quien escurre un trapo mojado te deja nuevo. Recomendado 100%.

París,

donde todo el mundo fuma,

y se besan las parejas

en la calle, en la calle

la gente camina sola,

sola en los cafés,

sola en los restaurantes,

se toman un café a cada instante,

y discuten en los bares,

sin televisor.

Charlan dos chicos,

dos chicas,  

charlan los amigos,

hablan y hablan…

todo el día, toda la noche.

Tal vez así,

pensando, discutiendo,

reflexionando, filosofando

compartiendo…

nació la Revolución.