Estoy cada vez más convencido de que la naturaleza humana es más o menos la misma, cualquiera que sean los climas en donde florezca, y si te diriges a la gente con afecto y confianza, se te devolverán ese afecto y esa confianza multiplicados por mil. (Gandhi).

Cuando mi madre me pregunta, de todos los viajes ¿Cuál es el que más te gustó? Ahí te das cuenta del impacto que tienen los primeros viajes, la primera selva, los primeros monos aullando desde la copa del árbol, la primera vez que entras en un templo… Te das cuenta de que el viaje se hace en tu cabeza, con el tiempo, dejándolo reposar. Como las piezas de un tetris que se acomodan para encajar con las nuevas.

Tal vez aquí, delante del ordenador, dando sentido a lo vivido, es donde comienza a fraguarse el viaje.

Durante nuestro recorrido por el país, lo que más me gustó fue observar las similitudes con nuestra propia cultura. Como dice Gandhi, aquí y allá todos buscamos lo mismo, nuestras esencia está en todos lados.

Qué hermosa acogida, la hospitalidad del tailandés, el wai: el saludo sonriente con las manos juntas y la cabeza reclinada. La delicadeza en las formas.

Tailandia se me antoja mujer: femenina, sensual. Y divina, un templo en sí misma, con un Buda tatuado en cada centímetro de su piel. Tejida con hebras de oro, resplancede enigmática, suntuosa, vista de fuera; extraodinariamente sencilla y cálida en las distancias cortas.

   

3 semanas. Julio 2012. Consulta aquí el itinerario.

BANGKOK

Bangkok destila energía en sus mercados laberínticos día y noche, puestos de comida ambulante, enormes templos en cada esquina, ríos transitados por centenares de botes pequeños, medianos y grandes… Bangkok huele a arroz, a soja concentrada, a carne cruda y aceite rancio, a fruta fresca y pescado seco. A humo denso de ciclomotor y humedad pegajosa.

Una peculiar mezcolanza que funciona, porque son muy organizados y muy limpios, lo que hace que uno se sienta cómodo y las cosas marchen bien.

   

Cogimos un tren hacia Ayutthaya con Antoine y Elodie, una pareja francesa muy maja que conocimos apenas llegamos al país. De este antiguo reino que data del siglo XIV solo quedan las ruinas, edificios ladeados o que han perdido parte de su cuerpo, esculturas ennegrecidas de Buda… La ciudad está rodeada por un pequeño río, por lo que se accede en bote.

Por la tarde nos alquilamos unas bicicletas para recorrer los templos diseminados por Ayutthaya. Conducir por la izquierda y entre tantos coches y motos fue toda una hazaña, especialmente cuando nos cayó un chapuzón que duraría al menos un par de horas. Aparcamos las bicis a la entrada de un recinto y salimos disparados para refugiarnos en una pagoda y observar, todavía atónitos, la fuerza de la naturaleza.

 

La simbiosis entre el entorno natural y las ruinas le da un encanto especial al lugar. Mis favoritos son los budas al aire libre, rodeados de plantas y aves, siempre con unas varillas de incienso ardiendo y ofrendas. O esa higuera de poderosos tentáculos abrazando el rostro de Buda, que se muestra apacible, arropado.

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EL VERDOR DEL NORTE.

Rumbo al norte llegamos a Chiang Mai. Una excursión entre arrozales de asfixiante calor nos llevaría a un poblado de la tribu Karen. Por el camino paseamos a lomos de mamá elefante. Baby elefante decidió seguirnos y juguetear en el río. Hubo un momento que decidió irse por su cuenta. La madré bramó de tal manera que vibramos de los pies a la cabeza. Para nuestra tranquilidad, baby elefante se apresuró a obedecer.

En esta ocasión íbamos acompañados de un grupo majísimo de chicas, dos koreanas, una de Alemania, otra de Canadá y una de Tokio.  Una vez llegados a la aldea con sus granjitas, el guía local cocinó una deliciosa cena para nosotros. Estábamos agotados. Pasamos una estupenda velada intercambiando diarios de viaje y diferencias culturales.

    

Al día siguiente dejamos las cabañas. Nos despedimos de los niños y niñas de la escuela (si me descuido Silvia se pone a dar clases) y pateamos monte abajo. Una lluvia intensa nos acompañó durante más de 2 horas por el camino, convertido en un lodazal altamente resbladizo.

Por si no estábamos lo suficientemente mojados, fuimos a dar a una catarata. Nos zambullimos, para después volvemos a calzar la ropa mojada debajo del poncho. Esa mezcla continua de humedad y calor que te persigue siempre en Tailandia, por no hablar de los mosquitos.

Nos aguardaba un paseo en una balsa de bambú por el río. Nos dejamos llevar río abajo, entonando una melodía popular asiática con nuestras compañeras koreanas.

   

Para evitar 13 insufribles horas de autobús por las sinuosas carreteras de montaña, cogimos un vuelo de 1 hora hacia Mae Hong Son, un diminuto pueblo muy auténtico en el noroeste del país. Por las mañanas el trayecto lo realiza una avioneta, quienes la han probado no desean repetir. Bajando del avión, caminas 5 minutos y estás en el hotel.

  

Allí alquilamos una moto y seguimos una ruta montaña arriba que lleva al pueblo de inmigrantes chinos Ban Rak Thai, en la frontera con Myanmar. A ambos lados de la carretera se despliegan infinitas llanuras segmentadas en arrozales, salpicadas con hórreos y campesinos. Cuando el depósito de gasolina nos dio la alerta, nos dimos cuenta de que no habíamos visto ninguna gasolinera por el camino. Paramos en una aldea del lugar, tratando de hacernos enterder y provocando unas cuantas risas. Nos aseguraron que acabábamos de pasar una.

Cuando ya la habíamos dado por perdida, dimos con una choza en donde una mujer con unos barriles nos aseguró que se trataba de una gasolinera. Yo mismo tuve que entrar a darle a la manivela para extraer la gasolina del barril, que estaba por terminarse y la mujer no podía sacar más. Se moría de la risa.

En la siguiente “gasolinera” pedí más gasolina de la que necesitaba, -pues hay que calcular por adelantado- y se me salió por todos lados. Al señor también pareció resultarle muy cómico.

En el último tramo, cuesta arriba y con la moto agonizando para levantar nuestros traseros, cayó una tromba de agua. Tuvimos el tiempo justo para entrar en un pequeño comercio chino donde nos recibieron con un té, por el que no nos dejarían pagar. Ya estamos en Ban Rak Thai (suena la lluvia de fondo).

    

El pueblo apenas lo forman unas casitas de barro amontonadas a orillas de un lago ovalado. Si el fin del mundo existe, debe ser ese.

Tras la quietud de Mae Hon Son, regresamos a Chiang Mai, ciudad universataria, cultural y turística del norte. Uno de sus encantos es, nuevamente, visitar los templos, que se encuentran allí mismo, en la ciudad amurallada donde estamos alojados. Cuando nos vemos indecisos a las puertas de un templo donde se está cantando o rezando, los monjes nos invitan a entrar.

El “Monk chat Club” ofrece al visitante la oportunidad de charlar con los monjes sobre sus vidas, el budismo, la cultura tailandesa… Para ellos supone la oportunidad de practicar el inglés y acercarse a la gente. Para el viajero, saciar su curiosidad.

 

 

LAS PLAYAS DEL SUR.

Julio es temporada baja en Tailandia. Bajísima. Lo que se supone que iban a ser playas atestadas de gente, resulta ser un remanso de paz (sonido de las olas). Estamos en la costa del Pacífico, concretamente en Koh Samui, la isla familiar. Más arriba está Koh Phangan, la isla de los fiesterines. Y más allá Koh Tao, la de los submarinistas. Una excursión nos adentró en sus aguas cristalinas para snorkelear.

    

Nuestro hotel resulta ser un resort de terapias naturales, yoga, meditación, comida vegetariana/vegana, masajes… Qué decir.

Una excursión nos llevó en speed boat hasta el archipiélago de Ang Thong. Una breve pero extenuante ascensión a lo alto de la colina, para lo que hay que agarrarse a las cuerdas que hay por el camino y tirar fuertemente, nos eleva hasta unas excelentes vistas de los islotes. Pocas veces en mi vida he pasado tanto, tanto calor como en este país. Sudé como una esponja exprimida, pero siempre hay una recompensa detrás.

KHAO SOK NATIONAL PARK.

Un vuelo para salir de la isla, y dos horas y pico más de taxi nos llevan al interior de nuevo. Khao Sok es un parque natural de dimensiones que quitan en sentío. Nos apuntamos a una aventurilla organizada de dos días. A la mañana siguiente recorremos 80Km solo para llegar al otro lado del parque. Atravesamos el lago en bote entre enormes peñascos que parecen emerger de las entrañas de la tierra como dagas rocosas.

Nos alojamos en unas casitas flotantes. Se me llenan los ojos de un profundo verdor. Silencio, quietud. El agua es un espejo verde y denso, del que no paran de salir burbujas (blop, blop). El bosque lluvioso, alto y frondoso, forma un anillo que nos da cobijo.  Olor a juncos mojados. Calor. Nosotros y la naturaleza.


Más tarde, nos adentraremos en el bosque por un sendero arcilloso flanqueado por racimos de gigantes cañas de bambú que se yerguen hacia el cielo y vuelven a caer, flexibles, huecos, sonoros. Voy percutiéndolos por el camino o soplando una rama a modo de flauta. Nidos de pájaros a ras del suelo,  barro en los pies, arroyos serenos a la sombra. Finalmente, la cueva. A medida que nos adentramos se hace más profundo. El agua nos llega al cuello. Provistos de linternas tanteamos el suelo y las paredes, medio caminando, medio nadando.

De regreso a nuestras chocitas, paseamos por el lago en kayaks, y sorprendemos a un grupo de monos en la orilla dándose un chapuzón. Otros, en lo alto de los árboles, se mueven con pasmosa agilidad de rama en rama.

RAILAY

Venidos de la costa del Pacífico, atravesando el parque natural, venimos a dar la costa índica. Railay es una joyita. Popular entre los escaladores de peñascos, tiene el encanto de ser un pueblito con sabor local. Por la noche hay un par de callecitas con bares. Al final está The last bar, donde un cantautor ameniza la velada y después cambia la guitarra por las cariocas de fuego. Un grupo de jóvenes danza acrobáticas coreografías entre ráfagas de fuego e invita al público a bailar el limbo bajo una cuerda en llamas. Otros se toman un cocktail playero bajo el fulgor de las estrellas, reflejado en el salitre de la piel.

KO PHI PHI.

Supuestamente la guinda del pastel, todavía guarda algunos rincones sugerentes. Eso sí, la avalancha de jóvenes turistas ha arrasado el sabor tailandés de la isla. Más masificada y ordinaria que otras islas.

Optamos por apuntarnos a una jornada de snorkel en Ko Phi Phi Leh. Nuestra monitora, inglesa, se dedicaba antes a ser manager de empresas en Londres.

Después varios años allí trabajando se me olvidó reír. Ahora me río todos días.

Eligió muy bien las zonas donde bucear, como aquella pared del acantilado donde zigzagueaban serpientes marinas, peces globo y peces trompeta entre singulares corales.

Un atardecer. Sí, me quedo con el atardecer en Railay. La luz intensa, la gente sentada en la arena con esa mirada meditabunda perdida en el horizonte. Muy débilmente, imperceptiblemente, la luz varía, juega en el cielo con las nubes, revolotea, impresiona. Se va yendo y siempre queda un halo luz, más oscuro, más opaco. Embriagados, nos dejamos llevar por el ocaso, un túnel que nos absorbe. Todo se olvida de la cabeza, me hipnotiza, me arrastra con el ir y venir del mar. Podría quedarme allí adormecido, plácido, levitando eternamente. Hmmmm…