Semana santa. Marzo 2013.

Marruecos está hecho de barro secado al sol. Es un trago de África que se bebe a sorbos con las dos manos. Marruecos es el lugar donde perderse para encontrarse con uno mismo. Me descubrí correteando sin rumbo, así porque sí, sin horas, sin horizonte. Días antes de partir leí algo de esto preprando el viaje mientras ojeaba la guía en mi escritorio, pero evitaba ese pensamiento furtivo que me producía escalofríos de emoción. Después de todo, en los viajes quién sabe qué ocurrirá.

Marrakech. 22 marzo 2013.

Las pocas ganas de subirnos al taxi del aeropuerto y empezar a negociar coincide con la llegada de un joven queriéndonos convencer de que él es será el fin de nuestras preocupaciones. El tipo, un charlatán, habla todas las lenguas y alguna más. Sonríe, habla alto y hace aspavientos cuando lanzamos nuestro precio hasta el hotel. El tira y afloja, como era de esperar, le proporciona unos dirhams a su favor antes de subir al taxi.

Por el camino se despliega una ciudad rosácea, anaranjada, color de barro. Tipos con túnica y sandalias, señoras con velo, bicicletas y algún carro tirado por un burro. ¿De verdad se escondía este mundo tan singular a solo una hora de vuelo?

La vida transcurre lenta y calurosamente. Largas y anchas avenidas nos llenan los ojos con detalles que no queremos dejar escapar. Sí, esto es África.

El taxista me da el cambio a medias, me lo quedo mirando. Estamos parados en pleno centro de Marrakech en medio del gentío, se acerca un tipo desdentado, vendedores ambulantes, curiosos. ¡Porca miseria! -grita el taxista rascándose el bolsillo- ¡Españoles miserables! Desaparece tras darme una de las dos monedas que me debe.

Cocinera rue

especias mercado 

Este es el itinerario de nuestro aventura. Un viaje de ida y vuelta al desierto.

ida
1- Marrakech
2- Telouet-Ait Benhaddou-Ouarzazate
3- Agdz
4-M´Hamid
5-Desierto de Erg Chigaga
vuelta
6-Ouarzazate
7-Taourirt-Cascades Ouzoud
8-Marrakech
9-Marrakech

* Puedes consultar aquí los detalles técnicos del viaje. 

Al día siguiente nos lanzamos a la carretera con nuestro coche de alquiler. Los ojos se nos ensanchan en el paisaje abierto y pedregoso de arena roja. Áridas montañas de roca refulgente, pastores y cabras. Campos de tierra fértil en los que brota un intenso verdor. Sorteamos carros y algún camión ladera arriba, ladera abajo. En poco tiempo nos habremos levantado sobre la cordillera del Atlas. Adiós tiempo, adiós reloj.

Por la rivera del río Ounila vamos a dar a Aït Benhaddou, una antigua ciudad fortificada de adobe. Nos perdemos entre sus laberínticas callejuelas. Somos Hansel y Gretel en una ciudad de azúcar, comiendo pasteles en cada rincón. Mirando hacia abajo, agitados por el viento de las alturas, señalando aquí y allá emocionados. Cae el sol tras el horizonte.

stork  Ait Benhaddou

Encendemos el motor para hacer noche en Ouarzazate, pero es demasiado tarde. La noche lo cubre todo, y en Marruecos no hay carteles en las calles. Habrán de pasar horas deambulando por los mismos lugares hasta que demos con nuestro hotel.

Nos sorprende la modernidad de esta ciudad, herencia de un pasado colonial muy bien cuidado. No es el Marruecos que habíamos imaginado, pero me gusta.

Solo una fe ciega en la guía como la nuestra nos puede llevar a nuestro próximo alojamiento en Agdz. Ha sido un viaje corto y es la hora de comer. Seguimos las indicaciones de unos carteles destartalados para adentranos en un descampado de chabolas flanqueado por pilas escombros y niños jugando en ellos. Aquí buena parte de la población es negra. Dios, dónde me estoy metiendo. Un viejito de unos mil años descansa a la sombra de una acacia. Silencio, alguna mosca zumando sonoramente y mucho calor. No sé cómo, llegamos a la kasba Caid Ali.

 

El guía que nos muestra la kasba es un chaval que ronda los veinte, nieto del Caid o líder de la otrora ciudad fortificada, que se ha propuesto restaurar la maltrecha construcción. Para ello, cada año grupos de arquitectos de todo el mundo vienen a aprender las técnicas que antiguamente se empleaban en las kasbas. Así fue como coincidimos con un grupo de alemanes que se rompían la espalda de sol a sol, y a la noche, armados de bendires (panderos árabes) y darbukas montaban sesiones de baile improvisado en el comedor. Me uno al sarao con un bendir, tácata, tácata, tácata. Los arquitectos, que seguro son muy buenos en lo suyo, bailan espasmódicamente tratando de imitar una danza africana del mismo modo en que lo haría un robot. Silvia se cubre la risa y se va a dormir.

 

El nieto del Caid es un joven muy avanzado para el contexto en que se encuentra. Además de manejarse en varias lenguas, conoce a fondo la historia, no solo de su país, sino de España. Tenemos largas discusiones sobre política en las que no deja de sorprendernos sus reflexiones, así como su avidez por aprender siempre algo nuevo en cada conversación. El modo abierto en que habla mientras envía un wasap a la chica con la que nos cuenta está saliendo, y sus planes para trabajar en Canadá, hacen pensar más en un joven de Nueva York que de Marruecos. Nos explica cómo ha evolucionado su país en los últimos años en cuanto a libertad de expresión, y las limitaciones del marroquí para procurarse una formación avanzada.

Este chico conseguirá lo que se proponga, sabe bien lo que quiere y aprovechará cualquier oportunidad que se le cruce en el camino. ¡Buena suerte!

LAS PUERTAS DEL DESIERTO.

Rodamos rumbo al sur hasta el final del mapa marroquí. No muy lejos de la frontera con Argelia está el pueblo de M´Hamid. El último reducto de civilización antes del vasto desierto de Erg Chigaga. Escogimos este destino frente a Erg Chebbi (al este) por estar más cerca y resultar más práctico en un viaje de pocos días.

Nos alojamos en Dar Sidi Bounou. La dueña es una canadiense de cabello blanco con un brillo juvenil en la mirada. Nancy cuenta que su pareja falleció tempranamente. Después haber viajado juntos por medio mundo, se da cuenta de que las propiedades que habían compartido, como una casita en Londres, estaban a nombre de él, y al no estar casados lo pierde todo. Sintió además que le había faltado iniciativa en su vida. Siempre había estado siguiendo  los pasos de él. Parece ser que encontró allí, en un pueblo remoto a las puertas del desierto, el lugar perfecto para iniciar su propio proyecto. Sus óleos con escenas típicas adornan la casa y cuentan la historia del lugar. Siguiendo los métodos de construcción locales con adobe anaranjado, y luchando por imponer su toque personal a los obreros, algo intransigentes, fue creando su pequeño oasis. Eso sí, el agua allí escasea y tirar de la cadena o darse una ducha puede suponer una aventura.

Junto a su amigo Daoud y su familia, la comunidad ha ido creciendo. También se han unido los guías, marroquíes y bereberes,  grandes conocedores de la región, portadores de una cultura ancestral, sabios, artesanos y músicos.

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Es la hora de comer, y Nancy nos agasaja con una crema de verduras, una ensalada acompañada de pan recién hecho y un cesto con huevos duros. Nos resguardados del calor, siempre acompañados de una humeante tetera de té verde y hierbabuena. El tiempo se desvanece. Los guías que van viniendo en difernes momentos tocan el guimbri, un rústico bajo de sonido profundo y cautivador, la flauta y la percusión. En esos tiempos muertos aprovecho para tocar el instrumento y enseguida se unen a cantar o tocar con lo que tengan a mano.

BEREBERES, LOS HOMBRES LIBRES DEL DESIERTO.

Nuestro guía, a quien le pondremos el nombre de Eheder para este relato, es un bereber. Los bereberes son los pobladores originales del norte de África.  En su día fueron consquistados por los árabes. Será en el desierto donde hallen el espacio para ser ellos mismos nuevamente.

Eheder es siempre atento y servicial, tiene un gran sentido del humor y gusta de contar anécdotas de viajes, hablar de su vida y su cultura. Tiene mil historias que compartir y un montón de preguntas para saciar su insondable curiosidad. Se maneja en español, italiano, francés, algo de alemán, inglés y árabe, además de su lengua nativa bereber. A menudo mezcla los idiomas hasta dar con la palabra adecuada. Si esto no fuera suficiente, se sienta de cuclillas en suelo y comienza a trazar dibujos en la arena para hacerse entender. Es, definitivamente, un gran comunicador.

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El chófer del 4×4 que nos llevará al desierto es de rasgos árabes, al contrario que Eheder que es bereber. Durante el trayecto hace sonar su mp3 con blues del desierto. De pronto esa música que llevo escuchando durante años comienza a cobrar sentido. Encaja perfectamente en el paisaje, árido y pedregoso, seco, gris y marrón, infinitamente llano. Ambos, chófer y guía cantan las canciones para sí mismos. Las melodías, dulces, contrasta con el rigor del desierto. Al poco nos acercaremos a las dunas. Y apenas ascendemos por la primera el coche se queda allí varado. Casualmente otro 4×4 con turistas españoles regresaba a M´Hamid, así que amarra su coche al nuestro y nos sacan de allí.

Una hora más por el desierto y contemplamos los grupos de camellos, propiedad de ganaderos, que pasean solos en la llanura. Hacemos una parada para obervar nuestro alrededor, ¿dónde estamos? ¿Es esto el fin del mundo? Seguimos canturreando las canciones del coche. El chófer sube el volúmen y todos cantamos y bailamos en un entorno surrealista. La felicidad sopla entre los dedos, nadie nos ve, qué mas da lo que hagamos. El sol golpea las piedras haciéndolas brillar. Volamos sobre un manto de aire caliente, somos desierto, somos blues.

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El campamento en el que vamos a dormir está formado por una docena de jaimas. Allí viven solo hombres jóvenes. Mohamed está construyendo un cuarto de adobe. Nos recibe con amabilidad. Tiene las manos llenas de barro. Trabaja pacientemente, nos explica que el viento es de una gran fuerza y es importante levantar muros consistentes. El resto del grupo son chicos que hacen las labores de mantenimiento. Uno de ellos tiene la tez completamente azul. El turbante le ha desteñido y dice que el tinte tiene propiedades beneficiosas para la piel.

Tenemos el día entero para nosotros. Es tiempo de recrearnos en paseos por las dunas. Ascendemos enterrando paso a paso los pies en la arena que se va tornando rojiza con la llegada del atardecer. En la cima de la duna más alta se observa un centener de dunas más. Eheder es capaz de señalarnos Argelia, Malí, y ciudades que solo podemos imaginar. La visión nos envuelve. Con la caída de la noche las estrellas se multiplican en el firmamento.  Eheder nos dibuja las constelaciones sobre la arena y narra la leyenda de un arquero que tiene que elegir entre el bien y el mal.

La luna llena alumbra el desierto, y nada puede esconderse. Tras la cena, los jóvenes se juntan con darbukas y una guitarra española a la que le falta una cuerda y que hacen sonar como un laúd árabe. Atraído por su música me siento con ellos y me ofrecen un tambor. Los tipos duros del desierto cantan melodiosa y sensualmente. Silvia nos mira desde fuera, sin atreverse a formar parte del círculo. Tal vez se sientan ofendidos si se les une una mujer. Ella pregunta si les incomoda su presencia, y Mohamed responde apaciblemente: Estás en el desierto, y aquí cada uno es libre de hacer lo que le plazca.

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Inspirado por el candor de los músicos cojo la guitarra y rasgueo acordes que brotan con naturalidad. Sin saber cómo, de pronto empiezan a susurrar un rap de Tinariwen. Me aseguran que eso que estoy tocando es del grupo Tinariwen (una banda de Tuaregs de Malí) y cantan una retahíla de versos que se funden con la noche.

El desierto guarda un secreto para cada persona. Lo intuía, lo había leído en foros antes de viajar a Marruecos. Y efectivamente, allí, sentado en la duna bajo la luna me es susurrado el mío. Me habla de mi senda particular. A Silvia también le cuenta algo, estoy seguro. No sé qué, esas cosas no se preguntan, pero la veo vibrar, se emociona, no para de bromear con el grupo, disfruta como una niña. La noche nos brinda sus encantos que compartimos bereberes, marroquíes y españoles, gente libre que simplemente está allí formando parte de un momento irrepetible.

Cascadas de Ouzoud

El trayecto de regreso al norte nos deja exhaustos de tanta carretera. Este país de contrastes no lleva sin mucha fe a unas cataratas. ¿Cataratas en Marruecos? Sí, resulta que el norte rezuma vida y verdor. Ver para creer. Las cascadas son una grata sorpresa. Una gran dentellada que arroja agua con furia y permite  sentirla en la piel a pocos metros.

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 Poco más, amigos. Mucha carretera en este viaje. El paisaje lo forman grupos de escolares que cruzan de aldea en aldea a pie cada día en medio de la aridez. Algún afortunado tiene bicicleta o motocicleta. Paisajes montañosos. El Atlas imponente, seductor. Oasis de palmeras brotando espontáneamente en un singular escenario de contrastes. Té, pastas y tajines. Cúrcuma, pimentón y comino. Comerciantes en Marrakech que luchan día a día por salir adelante. Esta es la buena gente, la que da lo que no tiene. Si alguna vez te meten miedo con los timos en Marruecos o la inseguridad, recuerda que los delincuentes llevan traje y corbata, trabajan en bancos o poderosas multinacionales. Si sabes escuchar, Marruecos te permitirá encontrarte contigo mismo. ¿estás preparad@?

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