Tres semanas. Julio 2013.

Ha pasado un año de nuestro periplo brasileiro. Definitivamente Brasil tiene el color de las postales. La inmensidad del país es tal, que al trazar los lugares que hemos visitado sobre un mapa, estos quedan reducidos a meros puntos, casi imperceptibles en la vasta geografía. No sé cuántos aviones, autobuses, furgonetas… Recorriendo esas mismas distancias en Europa habríamos terminado en el Kremlin. Viaje tras viaje la experiencia nos lo confirma, en el contienente americano todo es talla XXL.

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EL GIGANTE . 

Brasil crece a pasos agigantados, como un adolescente al que le está cambiando la voz y le crece el vello. También el acné y el olor a pies forman parte del proceso. No importa dónde vayamos, las venas del Brasil se hayan al descubierto. En el momento en que escribo esta nota, el mundial de fútbol 2014 ya se ha jugado, pero apenas un año antes el país se encuetra patas arriba, quejumbroso y polvoriento. Máquinas excavadoras, grúas, martillos hidráulicos perforan ciudades y pueblitos noche y día preparándose para el cambio de rostro. Se alzan tendidos eléctricos que atan calles humeantes con olor a alquitrán, y se tira de ellos como lazos de zapatos para levantar una nueva nación.

Los precios se han disparado. ¿Quién habló del bajo nivel de vida en Sudamérica? Si es así, Brasil ya no es Sudamérica. Se desborda. Es caro. Muy caro. No es país de mochileros. Ese fue un tortazo que nos llevamos y para el cual no estábamos preparados. ¿A dónde vamos con estas zancadas? se pregunta la calle. Visto de fuera, es como ese adolescente al que le crecen los brazos más que las piernas, o una oreja más que la otra. Crece desigual, mas crece.

El tiempo dirá – clama un señor con los brazos en cruz desde lo alto de un morro.

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Itinerario:

– Río

– Ilha Grande

– Paraty

– Iguazú

– Cuiabá

– Pantanal

– Campo Grande

– Bonito

– Río

MapaDetalles técnicos del viaje aquí

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RÍO.

Las hermanas Ipanema y Copacabana, fueron recortadas de un mismo tijeretazo. Anchas, pero sobre todo largas, despliegan una miríada de deportistas que hacen flexiones con la barbilla, corren sin sudar, lucen súper cool jugando al volley. Skaters, surfistas, garotas en tanga, colectivos gays con bíceps sobre los bíceps y mulatas sorbiendo cocos helados. Es invierno sí, pero sale el sol y florecen cariocas estilosos everywhere.

Como en toda galería de arte, esta pinturita está bien custodiada. Hay agentes armados en cada farola a lo largo de la costa. Patrullas, tanques policiales, bicipolicías y helicópteros que nos sobrevuelan. El control es absoluto. Por no hablar de las droguerías. Los guardias de seguridad se han calzado chalecos antibalas y pesadas ametralladoras como si fueran a entrar en combate en cuestión de segundos.

Todo fluye con un aire de Beverly Hills, con bolsos caros, perritos chic y deportistas de hermosas nalgas.

DSC04822 Poesia não compra sapato, mas como andar sem poesia?

Los espiritus divergentes y almas bohemias encuentran su rincón en el barrio de Lapa. Allí suena música en vivo en las terracitas, desde lo más radiado al samba, choro, pagode, forró, bossa, MPB… Hay para elegir. Paramos en tascas donde se tira cerveza de barril y se engullen bravas y pastelitos salados. Pateamos callejuelas con antros ruidosos en la parte alta de los edificios. Clubes de samba y salas de rock. Lapa ruge.

Pensando que Brasil iba a ser un nido de bandoleros, no me traje ni unos zapatos, ni cámara reflex, ni reloj. Qué vergüenza. Allí estaba yo en chanclas y shorts entre los cariocas coquetos y perfumados para la noche.  ¡Ah, casi lo olvido! Hay patrullas en cada esquina para que todo fluya armoniosamente.

En busca de la famosa escalera de Selarón decorada con azulejos colorinches, atravesamos un siniestro callejón a plena luz del día. Las tiendas están cerradas y un grupo de yonquis se deja caer contra la pared. Silvia me agarra fuerte del brazo, y tratamos de hacernos pasar por lugareños riendo nerviosamente. Una señora tirada en el suelo nos delata al gritarnos Move away! para que dejemos pasar un coche. Un tipo descalzo, extraño, camina hacia mí clavando sus ojos ahuevados en los míos. Trago saliba. Miro a un lado buscando una salida y allí está la escalera. Una patrulla iluminada y par de agentes han hecho el milagro posible una vez más. Decenas de guiris descienden de autobuses turísticos y se fotografían posando felizmente aquí y allá.

ISLA y PLAYA. 

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Deseosos de enterrar los pies en arena blanda arribamos a Ilha Grande. No muy lejos de Río se encuentra esta islita de montes arbolados y exóticos palmerales. En este ambiente distendido los locales cultivan sus huertos y se reúnen en la parroquia, mientras los turistas más hipsters pintan acuarelas, reflexionan en sus diarios de viaje o se entregan a la arena, fina y de color vainilla. Algunas playitas caprichosas se esconden en los rincones de este caramelo isleño tras los senderos que lo surcan. Es mejor no resistirse y dejarse abrazar por la desidia. Ser mar y salitre, pez y barquito. Sol, coco, nube, gaviota.

A continuación visitamos Paraty. En este pueblo marinero las casas de cal visten puertas y ventanas verdes, rosas, azules y amarillas. Los precios también aquí se disparan y nos dejan algún agujero en los bolsillos. Tomamos el próximo vuelo a Iguazú.

IGUAZÚ.

El diseño de Foz de Iguazú, así como otras ciudades de Brasil es de película de terror. Las avenidas son infinitas, escasean los parques o plazas públicas. Al llegar la noche las calles quedan desiertas. Cajas desguazadas de los comercios y periódicos cubren las aceras. No hay apenas alumbrado eléctrico. Un restaurante de otro puede distar varios kilómetros. Coches tuneados con lunas tintadas rechinan sus neumáticos al abrirse los semáforos. Caminamos achicados, como amenazados por estas calles con aspecto de ciudad sin ley. Al amanecer entramos en el parque del lado de Brasil, y al día siguiente lo haremos desde Argentina. Ya el día anterior, desde el avión, Silvia se sienta del lado que aconseja la guía para avistar las cataratas. De pronto, en medio de la inmensidad arbórea, se abre un gran agujero provocado por el desnivel de una falla que se traga el río Iguazú con escarpados dientes. Son las cataratas.

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La visita es un parque de atracciones. Familias que pasean por pasarelas enhebradas entre las caídas de agua se empapan, comen palomitas, se mojan, se asoman a las fauces del abismo y se ponen perdidas. No hay poro de la piel que no se moje en estos caminos.

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PANTANAL.

Otro avión en dirección norte nos lleva a Cuiabá. Pantanal es conocida como la sabana brasileña. Está considerado uno de los mejores lugares del mundo para ver animales gracias a su diversidad y sus paisajes abiertos. Tan grande es, que integra varios ecosistemas. Verlo entero solo sería posible desde un avión. La estación lluviosa y la estación seca crean mundos absolutamente diferentes.El paisaje que te encuentres dependerá de la época del año en que viajes.

Más de 3 horas de carreta harán falta para llegar desde la ciudad a la Transpantaneira, esa famosa pista de tierra rojiza que introduce al viajero a la gran llanura aluvial. La naturaleza se despliega en todo su esplendor a ambos lados del camino. Contamos con un guía que hemos contratado y que nos lleva en su coche. De pronto, paramos a orillas de una charca. En el calor del mediodía grupos de yacarés (caimanes) aguardan inmóviles, boquiabiertos, alguna presa incauta. En torno a un río de nenúfares discurren garzas, garcillas, patos, cormoranes y algún martín pescador. Nos sobrevuelan cigüeñas, araras (guacamayos), buitres y halcones. Todos parecen dispuestos como en una lámina didáctica donde se refleja la cadena alimentaria. No falta ninguno.  Verlos es como asistir a un concierto de Beethoven. Suena una orquesta sinfónica en mis oídos, ¡Gloriosa naturaleza en armonía!

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En Pantanal gran parte de las fértiles tierras de color rojizo están parceladas en haciendas. Pertenecen a los ganaderos o gaúchos. Tuvimos oportunidad de reunirnos con ellos cada noche y tocar la guitarra y cantar chamamé. El folklore de esta región me recuerda al de Argentina, y es que comparten la cultura gaucha. Toda una revelación. Aquí se toma tereré, similar al mate argentino, solo que frío.

Nos despertamos cada día sobre las 5:00 de la mañana para meternos en las canoas y contemplar el amanecer. Medio dormidos nos rendimos a la magia de las luces tras el horizonte y las bandadas de cormoranes que salen volando a nuestro paso. Con suerte veremos un grupo de nutrias nadando a nuestro alrededor. Más tarde montamos a caballo para patear bajo los árboles en los que viven familias enteras de monos. En un momento dado contemplamos en la copa de un árbol, y en silencio sepulcral, cómo un macaco golpea un gran fruto contra una rama para abrirlo. Tan fuerte, que finalmente se le cae, más o menos encima nuestra. Se lo ve muy frustrado. Con los prismáticos podemos ver cómo nos observa atentamente con ojos como platos a ver qué hacemos con su snack.

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A la tarde paseamos otras sendas con la esperanza de no toparnos con un jaguar. En una de esas, nos quedamos paralizados ante el estruendo de un animal pesado que se acerca hacia nosotros entre los matorrales. Ya no hay forma de escapar. Una enorme mamá oso hormiguero con su cría en el lomo se abre paso entre nosotros, todavía temblorosos. Estos animales pesan unos 40 Kg y se desplazan muy torpemente debido a sus enormes garras que llevan hacia adentro para poder caminar.

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Mientras surcamos el río plácidamente algunos yacarés curiosos o hambrientos se acercan a la canoa. Momento que el guía aprovecha para juguetear con él y tirarle de la cola, cosa que no parece importarle mucho. Silvia, sin embargo, clama al cielo que deje de hacer eso si no quiere perder una mano.

Después de cenar y sin faltar a nuestros particulares conciertos, salimos a recorrer los senderos nocturnos guiados por una potente linterna. En la oscuridad aparecen decenas de capibaras (roedores gigantes), aves zancudas comiendo cangrejos en el río, reptiles… Definitivamente hay tanta vida a estas horas como durante el día.

Cada jornada resulta intensa y agotadora, con un montón de ticks en nuestra lista de plantas y animales.

BONITO. 

 Siguiendo el plan diseñado tomamos un vuelo, más 300 Km en bus para llegar a Bonito. Qué locura. Bonito es un pueblito mono que ofrece actividades en la naturaleza. Nos bañamos en el Rio da Prata donde la gente flota entre piraputangas, unos peces tropicales de un amarillo iridiscente. Visitamos la gruta del Lago Azul, y finalmente nos bañamos bajo una colección de cataratas sin igual en el Parque das cachoeiras. Un guía nos explicaba la historia del parque e ilustraba con interesantes datos a cada momento. Mención honorífica a Sil, que hizo de traductora portugués-inglés para los turistas de nuestro grupo durante toda la excursión.

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Sí, desde luego este es un buen retiro para el ocio. Demasiado retirado tal vez. Lo cierto es que guardamos un bonito recuerdo de este pueblo y su gente hospitalaria.😉

No os lo vais a creer, pero en nuestro regreso a Río nos vemos enfracascados entre una multitud de fervientes seguidores del Papa, que resulta, aparecerá en tan solo una hora por allí. Zambullidos entre grupos de scouts de todas las banderas y gentes religiosas de todas las órdenes, nos vemos sorprendidos por el Papamóvil frente a nosotros y el Papa saludándonos sonriente.

Eso es todo. Para despedirme me quedo con una imagen de Pantanal, un insólito lugar en continuo estado de cambio.

Brasil:

(latido)

Caminha, o povo caminha,

su mirada más allá. 

De sus cenizas renace,

y se rehace al marchar.

Un horizonte difuso,

detrás de una senda incierta.

Apenas cruzó la puerta,

y habrá de pelear el pulso. 

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