Semana Santa. Abril 2014. 

Grecia es nombre de mujer. Se entrega al viajero con los brazos abiertos, como una amante. Sensual. Guarda un secreto en cada rincón y sus encantos confunden al viajero como la voz de las sirenas. Grecia pasea descalza, viste de blanco y azul y tiene oscuros los ojos. Yace sobre una pared de yeso, y se ha dejado una copa de vino olvidada en algún lugar.

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La primavera es una época ideal para disfrutar las islas griegas. El tiempo es agradable, hay poca gente y los precios están a la mitad que en la temporada alta. Eso sí, todo está a medio hacer. Los habitantes de las islas parecen estar preparándose para la gran fiesta. Riadas de turistas llegarán a partir de junio, y el tiempo es poco cuando se trata de convertir un pueblo de pescadores en una discoteca flotante.

 

Mikonos (Μυκόνου).

Mikonos es de un azul intenso y huele a pintura fresca. El pavimento de sus estrechas calles está dibujado con celdas blancas como el juego de la rayuela. Los comerciantes pintan a mano su parte de calzada correspondiente. En las tiendas entran y salen obreros, montando y desmontando puertas, tirando tabiques. Los viandantes meten pecho para dejar paso a triciclos motorizados cargados de cubos y escombros que revolotean como moscas sobre el pescado.

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Todo parece estar hecho para cautivar al recién llegado. Los marcos de las ventanas, las macetas cargadas de rojo, la danza de los gatos griegos, o las banderitas rayadas que cuelgan en la plaza en torno a la iglesia ortodoxa. Es fácil perder la noción del tiempo y resucitar al olor de la sardina. Uno quiere llevárselo todo en la retina, y abstraído, no hace sino deambular por las mismas calles sin encontrarle salida al laberinto.

En el puerto, un abanico de restaurantes con terrazas lanzan sus alzuelos sobre los turistas, todavía desorientados. Un violinista rasga viejas melodías frente al café. Llegan los mercaderes desde el puerto de Pireo con cajas de frutas y rústicas balanzas.

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La semana santa es la festividad más importante para los griegos. Son las doce y suenan las campanas en el centro del pueblo. Grupos de feligreses, familias enteras, marchan portando ramos de hoja de palma. La gente sale de las tiendas a curiosear. Las risas de los niños rebotan en las paredes y llenan las calles.

Las playas Paradise y Super Paradise, conocidas por sus orgías veraniegas, están ahora vacías. De nuevo, los bares están en construcción. Locales enormes llenos de vigas tiradas y paneles a medio pintar. Es incluso difícil encontrar un lugar donde tomarse una cerveza. No solo en Pararadise, sino allá donde vamos. Está todo vacío. Resulta algo desolador. Optamos por tirar las toallas y descansar junto a las excavadoras, remolques y montañas de grava. Nos acompaña un martilleo de fondo.

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Llegando a los confines de Mikonos, un antiguos molinos de viento congregan a los visitantes en torno a la puesta del sol.

La isla se torna

gradualmente naranja.

Las horas se consumen 

sin mucho que hacer,

dejándose abrazar

por los rincones encalados,  

y el rojo desteñido

en la bóveda celeste.

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El día se va

a la deriva, a la deriva

como una rama flotante

mecida por el mar, 

dejando el vaivén

en manos del azar, 

Nada en el mar, 

nada en la mente. 

Atardece en mis pupilas

y el día se va sin más. 

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La noche es para los gatos,

los cuatro que aquí quedamos.

Ondea la luna  acuosa,

entre celosas farolas. 

La brisa peina las olas

y trae perfume de sal.

Los bares se desperezan 

y sacan sus cuatro mesas,

sirven la cena con velas,

y cierran pronto sus puertas.  

El puerto brilla

colina arriba

caemos dormidos, 

colina abajo. 

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Delos (Δήλος).

Es conocida como la isla sagrada, y guarda restos arqueológicos de la que otrora fuera un neurálgico puerto comercial del Egeo. Apenas a 20 minutos de Mikonos, Delos nos ofrece, de la mano de una guía, un recorrido por las ruinas para imaginar el día a día de aquellos habitantes. Visitamos sus casas, templos, mosaicos, esculturas y un teatro.

Termianda la charla, salimos a brincar entre las ruinas libremente tirando fotos aquí y allá. Ascendemos hasta la cima de una colina desde la que se contemplan las islas circundantes, la inmensidad del mar. De pronto nuestro barco, allá abajo en el puerto, está haciendo la última llamada para salir. Bajamos velozmente los cien escalones.  Saltamos sobre los bloques de mármol y atravesamos un descampado poblado de agresivas plantas que nos arañan las piernas, para llegar justo a tiempo de zarpar.

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Un día más en Mikonos. 

Prendida por el imán

llega sumisa la aguja.

Bajo capas de pintura,

granos de arena y sal, 

emana una fuerza loca

que dirige nuestras mente,

esas cúpulas azules

sobre el paisaje pintadas

me pierden, literalmente. 

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Santorini (Σαντορίνη).

Se ha escrito mucho en los foros de la adicción a estos cuerpos emergentes. No hay en mis manos dedos suficientes para contar las islas que compiten en el archipiélago de las Cícladas. Los hay que aman el Dodecaneso. Otros prefieren las jónicas frente a las sarónicas, y a la inversa. Hay, incluso, mochileros que arriban cada año a una diferente.

Santorini, que es nuestro caso, es una medialuna. Una caldera, testigo único de una explosión miles de años ha, que ha dejado unos riscos de vértigo. Los habitantes viven como las cabras, en pendiente.

Nos alojamos en un grupo de cuevas húmedas que su día sirvieron de bodegas. Tras un reconocimiento de la zona, alquilamos un coche desvencijado para recorrer la gran C de punta a punta. En la zona céntrica decenas de comercios se preparan para hacer el agosto. Escamos al norte. Al final del cuerno se concentra un grupo de casitas abigarradas, una sobre la otra, simulando una Babel griega. Estas son las musas de la creación para los artesanos locales.

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La odisea. 

Nea Kameni es un islote con aspecto de galleta carbonizada, situado frente la costa de Santorini. Un pintoresco barco pirata, lleno hasta la bandera, nos lleva en pocos minutos hasta allí. La superficie de esta isla negra escupe nubes de gas sulfúrico desde las grietas del subsuelo. Tras la visita, y en medio de un intenso oleaje, bordeamos la abrupta costa mientras los turistas empapados se debaten entre los gritos de pánico y las carcajadas. El viento sopla tan fuerte, que la idea inicial de bañarse en las aguas termales empieza a tener cada vez menos adeptos. Cuando llega el momento, solo un grupo de chavales se lanza al agua, para horror de los espectadores, que contemplan escépticos desde la borda con el abrigo puesto. No he venido hasta aquí para mirar- me digo, y salto desde la proa con el temor de perecer en las gélidas aguas. Al instante, nado con todas mis fuerzas, animado por los demás bañistas, para llegar hasta la orilla donde el barco no puede entrar y desde la cual se liberan corrientes cálidas subterráneas.

Apenas empiezo a sentir el calor, el barco hace sonar la sirena. Es hora de regresar. Todavía sin aliento me toca dar largas brazadas de vuelta para combatir el frío. Una niña, la más joven del grupo, me confiesa que le empiezan a flaquear las fuerzas. La animo brazada a brazada y nado a vera hasta alcanzar la escalera del barco. Rendidos pero satisfechos, somos recibidos entre aplausos.

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Una playa de arena roja anuncia el fin del mundo en el extremo sur de la medialuna. El viento no invita a descender hasta allá abajo, y sin embargo, quienes lo hacen se encuentran con una playa volcánica ideal para resguardarse. El suelo está formado por cantos rodados multicolores. Saltamos de júbilo celebrando el hallazo. Al poco, desfallecemos y somos presa de un sueño profundo. El eco de las olas choca en las paredes del acantilado y nos envuelve con su arrullo.

Por mi cabeza pasan imágenes de las islas griegas empañadas por el sol. Creo que perdí el juicio fotografiando cada detalle, confundí molinos con gigantes… Me pregunto todavía si aquello pasó en realidad o se trata solo de un delirio onírico. Solo los dioses saben.

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