Un trayecto de nueve horas y media en dirección al sur nos lleva de Cuzco a Puno, atravesando en La Raya, a 4300 msnm. Resulta anecdótico que en esta breve parada para estirar las piernas, el chófer nos recomienda encarecidamente caminar despacito, y no permanecer allí más de un cuarto de hora antes de regresar al autobús. En Puno hay poco que ver, pero está a orillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Esto supone seguir masticando coca y tomar más infusiones de muña. En algún momento de este viaje me empaché, y creo que no voy a poder volver a probarlos.

El Lago Titicaca. 

Cuenta la historia que los pobladores originales de las Islas Uros provienen nada menos que de la Polinesia. Imagínatelos atravesando el Pacífico. Con el tiempo se mezclarían con los quechuas y aymaras. Llegó un día en el que el acoso de los incas forzó a esta población a escapar al lago, donde los incas presuponían morirían de inanición. Sin embargo, logran sobrevivir al rigor de invierno y la escasez de alimentos construyendo islas flotantes y viviendas con juncos, alimentándose de la pesca y los propios juncos. ¿Les conté que tuvimos oportunidad de probar un poco de la totora? Tiene sabor a pasto.

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Al caminar tengo la sensación de que en cualquier momento voy a hundir un pie en el suelo y me voy a ir para el fondo del lago. Lo cierto es que la totora se pudre rápidamente, lo que requiere a los habitantes superponer constantemente nuevas capas de juncos para evitar la desintegración de la isla. Por cierto, que hay muchas de ellas, de todos los tamaños, y diseminadas por esta área del lago. En cada una conviven varias familias. En caso de que una de estas familias no desee colaborar o surjan desavenencias, se soluciona el asunto con un serrucho, y cada uno por su lado.

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Amantaní. 

Nuestro próximo destino es la isla Amantaní, más allá de las Uros. Esta es de suelo firme y casas de ladrillo. También aquí practican el turismo rotatorio, con el aliciente de que se puede pasar la noche con una familia. En el puerto nos hacemos con unas bolsas de fruta y material escolar como cuadernos, lápices y rotuladores. En el embarcadero nos esperan nuestras anfitrionas. Cada una se lleva a 4 o 5 turistas a su casa. Al poco de llegar a la nuestra, Silvia saca los libros y cuadernos para el niño, que acababa de regresar del colegio. Con los ojos como platos y mirando incrédulo a su madre exclama:

– ¡Mira mamá! ¿Esto es para mí?

Sí, mi hijo, claro que sí. 

Tenemos la tarde disponible para pasear por la isla. Nos dejamos llevar por una senda empedrada que discurre entre huertos donde grupos de agricultores pisan las mini papas en barreños de goma. Colina arriba conquistamos las cimas de los cerros Pachamama y Pachatata (madre tierra y padre tierra respectivamente). Desde allí se contempla el contraste de las siluetas de los árboles y los gorros andinos de los agricultores contra las luces del atardecer. A los pocos minutos la oscuridad y el frío se apoderan de la isla y nos sentimos desorientados por momentos.

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Es la hora de la cena y Silvia aprovecha para colarnos en la cocina, una pequeña estancia a parte sin electricidad, donde la mamá y la abuela se aprietan para hacernos un hueco. La única luz que hay es la de un pequeño horno de barro en el que burbujea una olla con nuestra cena. Huele a papas, boniato y sopa de quinoa. Mientras muele los ajos con una piedra de rodillas en el suelo, nuestra anfitriona nos cuenta que ella es de Lima, donde conoció a su marido, y que siendo su familia de Amantaní, decidieron venirse a vivir a la isla. De hecho, nos pareció demasiado moderna para vivir en un lugar tan remoto.

Taquile.

Al día siguiente zarpamos hacia Taquile, un poco más al sur, donde encontramos a otros viajeros que también se han alojado con una familia. Como la anterior, podría pasar por una isla mediterránea, con un encanto inagotable en su genuina sencillez.

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El entretenimiento local consiste en hilar el ovillo de lana una y otra vez en el huso, estirándola más y más para sacar mayor cantidad. Se puede hacer mientras uno charla con un vecino, mientras se pasea o se toma el té en casa. Siempre dije que en determinados destinos uno viaja en el tiempo.

Españoles por el mundo. 

De las 15 personas que hemos venido en el bote, los hay de Francia, Bélgica, Inglaterra, EEUU y algún español. Cuando Silvia le ofrece al capitán traducir la información que acaba de dar sobre Taquile, uno de los españoles salta:

– ¡Que aprendan!

Más tarde, estos dos muchachos entablan conversación con dos francesas que chapurrean español:

– Oye, que yo aprendí francés por ahí, y la verdad es que tengo un nivelazo. ¡A que sí, que soy la leche!

– (silencio) Las francesas se quedan mirándose.

Al día siguiente cuando nos despedirnos, se dicen entre ellos:

Estas dos francesitas nos van a echar de menos, ¡eh! A ver dónde van a encontrar dos tíos tan salaos como nosotros, que hablamos francés de puta madre y somos súper enrollaos. 

Nos subimos al barco, agotados del nuestra jornada isleña. El español, que se sienta detrás mío, se pone los cascos y empieza a cantar/berrear en voz alta algo súper moderno que está escuchando él solo.

¡Ay, gentes de España! Todavía hay individuos en determinadas zonas de nuestro país que no han salido de la cueva. Y esto, mal que nos pese, se repite mucho cuando uno viaja al extranjero.

Taquile: Instantáneas del silencio.

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Cañón del Colca.  

Abandonamos el lago y ponemos rumbo a Arequipa. Nos aguarda el Cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo. La región entera es una caja de sorpresas. Espectaculares volcanes activos, manadas de vicuñas, llamas y alpacas pastando en la inmensidad de la llanura. Lagunas salpicadas de rosados flamencos migratorios, y formaciones rocosas imposibles, como las enormes agujas que emergen de un suelo cubierto de cenizas.