La esencia.

Todo comienza con la visualización de un destino, vaya uno a saber a raíz de qué. Puede ser una revista de viajes o una conversación con un desconocido. Después, toca leer los foros, comprar la guía, los billetes, hacer las reservas pertinentes, etc. Hay un momento, semanas después de haber trazado la hoja de ruta en casa, en que te ves allí. Entonces, Silvia piensa: Hey, no está mal. Mírame, aquí estoy. (Esto lo sé porque se le pone una burbuja blanca encima de la cabeza en la que se le pueden leer los pensamientos). Silvia es definitivamente la estratega. El viaje sigue entonces los pasos planeados, ya sea con antelación o sobre la marcha. Y eso le hace sentirse realizada. Le da esa sensación de control sobre el destino.

El punto álgido para mí, es ese momento del viaje en que, de pie frente a un paisaje que los ojos no son capaces de abarcar, siento que puedo salir corriendo en cualquier dirección o trepar por las rocas a mi antojo, subir al punto más alto y aullar a la luna. Entonces, soy el viento mismo.

Cañón del Colca. 

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Las vicuñas con aspecto de Bambi que se nos cruzan por la carretera son salvajes. Están protegidas por ley, ya que su población ha peligrado debido a la caza. Ahora el esquilado está regulado, y solo unas pocas personas expertas y encargadas de ello pueden hacerlo. Nos cuentan que se las rodea en un gran círculo humano y después se va estrechando el círculo hasta tenerlas al alcance. Se les da unos tijeretazos cuidadosamente, y son liberadas nuevamente. Su pelaje es muy cotizado por su textura suave y algodonosa.

 Nos adentramos en el laberinto de agujas de orígen volcánico. Las formas surrealistas parecen salidas de un cuadro de Dalí. Me pareció ver un reloj derretido por algún lugar.

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Abandonamos los áridos parajes para atravesar verdes valles abiertos al cielo, bañados por el río Colca, que erosiona el suelo a su paso. Ahondando el cañón segundo a segundo. Dormimos en un hotelillo levantado en plena naturaleza.

A la mañana siguiente nos dirigimos a la Cruz del Cóndor. Un punto estratégico para admirarse con el majestuoso vuelo del cóndor sobre los Andes. Por momentos cautos, por momentos temerarios, nos sobrevuelan varios de ellos con su amplio despliegue de alas. Cerca de allí nos espera nuestra furgoneta con las bicicletas listas para pedalear. En esta excursión hemos coincidido con un grupo muy simpático de jóvenes de diferentes nacionalidades. Estamos todos muy emocionados con la idea de bajar con las bicis por semejante escenario a gran velocidad y la carretera para nosotros solos.

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Al finalizar la etapa ciclista nos preparamos para el dencenso a pie desde lo alto del cañón al río mismo. Un sendero de tierra zigzaguea hacia las profundidades. Unos van a la carrera y otros se van rezagando en la interminable bajada. Sobre la marcha se nos abre el corazón de Los Andres en toda su inmensidad, cordillera tras cordillera, con tonos más claros según se alejan. La tierra también va cambiando de color.

Cuanto más avanza uno, el aire deja de correr y el calor se hace más intenso. Gotas de sudor empapan mi frente. Hacia el final, me desmarco del grupo y me dejo deslizar entre las escarpadas paredes del cañón por atajos empinados, llenándome de polvo y arena, y asomándome al precipicio en contra de mi voluntad. Abajo, para mi sorpresa, hay un oasis verde con palmeras. No es broma. Nos alojaremos en un resort con todo lo que necesitamos, chocitas de paja, un chiringuito con bebidas frescas y una piscina que mis ojos no pueden creer. Poco a poco van llegando los peregrinos con la cara roja, la camiseta pegada y los músculos resentidos. Sudorosos y mugrientos van de cabeza a la piscina.

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La noche es estrellada allá abajo. Son las cuatro de la mañana y debemos emprender el camino de retorno antes de que salga el sol y haga insoportable la caminata. Como una procesión de mineros, ascendemos zigzagueantes con la única luz de nuestras linternas. Dos horas más tarde comienza a palidecer el cielo con los primeros rayos, y todavía nos queda un buen trecho por recorrer. Aquí las distancias entre unos y otros se prolongan y algunos nos vemos obligados a hacer largas paradas para recuperar el aliento. Una vez alcanzamos la cima nos felicitamos enérgicamente y nos desplomamos sobre el suelo.

Hacemos una parada en el pueblo para comprar unos snacks y descansar, coincidiendo con la celebración de las fiestas del Carmen. En la plaza la gente está bailando en círculos con una banda de música popular. Silvia se acerca a hacerles unas fotos y desaparece. Al rato regresa contanto que al acercarse a la gente, la han enganchando y se ha puesto bailar como una más.

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Se nos aproxima una señora y nos ofrecece una botella de cerveza, de la que todos tomamos uniéndonos a la celebración. Mientras danzan, las mujeres tiran cerveza el suelo, según dicen, como ofrenda a la Pachamama. Por si fuera poco el alboroto, al rato atraviesa la plaza una novia con todos los invitados detrás y su banda de metales correspondiente. Las bodas, por cierto, duran tres días de fiesta continuada.

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Ya en la furgoneta, salimos hacia las piscinas de aguas termales provenientes del volcán. Imagínate, después haber pateado el cañón de arriba a abajo y viceversa, no podríamos terminar en mejor lugar. Desde los baños ardientes en los que huele a carne asada, hasta las gélidas aguas del río, las probamos todas y damos por concluida nuestra aventura en el Cañón del Colca.

Lima. 

De Arequipa volamos a Lima. Al día siguiente tomamos el bus que te lleva a la Península de Paracas. Es un cambio brusco. Como el río, venimos de la montaña y vamos a dar al mar. Cambiamos las noches frías por la playa y el sol, la falta de oxígeno por la brisa fresca del mar. Paracas es un minúsculo apéndice del Perú que brota al Pacífico. El pueblo de Paracas está en construcción, es pequeñito y solo parece levantar cabeza con el goteo de autobuses turísticos. No da para mucho. Su popularidad, sin embargo, se debe a que alberga una reserva natural de gran valor.

Recién llegados, preguntamos en la recepción de nuestro albergue y nos meten en una furgoneta que sale para el desierto de Paracas. Dunas de un intenso color vainillla se entienden allá donde la vista alcanza. El suelo está poblado por una incalculable cantidad de fósiles marinos, con los que uno tropieza a cada paso.

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Nadie diría que adentrándose en el mar uno pudiera encontrar focas y pingüinos, pero la reserva no acaba aquí. La fauna tiene su hogar y lugar de descanso en islotes donde están a salvo de otros predadores y de las personas mismas. Colonias infinitas de gaviotas y cormoranes han tomado las Islas Ballestas, dotándolas de una atmósfera amenazadora, como en un film de Hitchcock. De tanto en tanto el gobierno local recoge las deposiciones, conocidas como guano, altamente apreciadas como fertilizante.

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Nuestros días en la húmeda Lima llegan a su fin paseando entre casas coloniales de intensos colores y paredes desconchadas. Olor a algas, palmeras y jardines perfumados, paseos en bicicleta a orillas del mar, pacientes surfistas esperando su ola, cafés de época y nubes de invierno limeño. Es el Perú africano, donde negros e indios se mezclan armoniosamente en esta ciudad con reminiscencias cubanas.

Me esfuerzo por recordar, pero una melodía que escapa por la ventana un viejo caserón secuestra mi atención. La aguja de un tocadiscos cae delicada sobre un vinilo y comienza a surcar los senderos de la memoria. Es una música hermosa que trae exóticas imágenes consigo. La letra dice algo así:

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Que viaje la humanidad,

que viaje entera la humanidad,

y en su senda por el mundo

que aprenda de sus hermanos

allende los mares, 

que aprenda de sus hermanos,

que viaje la humanidad. 

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