Tres semanas. Julio 2014. 

Qué lástima. Allí estoy yo, en mi habitación del hotel en Cuzco. Acabo de saltar de la cama, y me encuentro de rodillas frente al retrete entre lágrimas y sudores. Me duele el costillar de tanto toser y no queda nada por vomitar en mi estómago. Estoy tan mareado que tengo que tirarme al suelo de costado para no perder la conciencia. Jadeo com pitidos entre hilos de saliva. En cuanto recupere el aliento, me sentaré en la taza durante la próxima media hora para dejar correr los ríos de mi intestino aquejado.

Cómo puede ser, olvidé la regla nº1 del viajero: no bebas agua que no esté embotellada. Sin excepciones. En mi favor diré que era un hotel a los pies de la montaña, y el agua translúdica, clara y perfecta. Parecía provenir de un arroyo cercano. Sabía tan bien. Definitivamente, el mal de altura no ayudó a mejorar la situación.

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En fin, para comprender mejor cómo es la vida allá en las alturas del Perú, mis jaquecas y la falta de oxígeno, trata de visualizar primero su mapa físico. Imagina un paciente al que le abren la espalda y extraen su columna vertebral tirando de ella hacia afuera. Esos serían Los Andes, la espina dorsal del continente. Lucen majestuosos, y son considerados Apus o dioses en la mitología inca. La vida transcurre en las alturas, por lo que se recomienda al recién llegado unos días en stand by. Esto es, evitar caminar deprisa y las comidas copiosas, así como masticas hojas de coca o tomar infusiones de muña. No te extrañes si te sientes débil, mareado, o sin en medio de una frase te quedas sin aire y tus pulmones parecen pasas de uva. Dicen los nativos que tienen dos litros más de sangre. Tú no, así que relax.

En nuestra ruta de norte a sur pasamos de los 150 metros sobre el mar de Lima, a los 3.800 de Puno. Un momento… Más despacio, que se me está empezando a nublar la vista.

Cuzco. 

Podría ser Salamanca, Barcelona o Madrid. La típica plaza española, de no ser porque está envuelta por las montañas, y a 3400 metros. Cuzco fue la capital del imperio inca. Tiene un pie bajo tierra, enraizado en épocas gloriosas, y el otro en el aire, tirando del suelo para avanzar.

En el barrio de San Blas se entretejen callejuelas de ambiente bohemio, restaurantes vegetarianos y una intensa vida nocturna los fines de semana. Nos aficionamos a los conciertos y jam sessions nocturnas, tras las cuales charlamos con jóvenes músicos peruanos hasta altas horas intercambiando listas de discos y folklores, así como debatiendo el orígen del cajón flamenco ¿o debería decir peruano?

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Itinerario: 

– Lima.
– Cuzco.
– Cuzco ruinas: Sacsayhuamán, Qenco, Pukapukara, Tambomachay.
– Moray-Chinchero-Písac.
– Pisac.
– Ollantaytambo.
– Machu Pichu.
– Cuzco.
– Cuzco.
– Puno.
– Islas Uros.
– Isla Amantaní
– Taquile.
– Arequipa.
– Excursión Colca
– Cañón del Colca
– Arequipa
– Lima
– Paracas
– Lima
– Madrid

Este es el mapa de nuestra ruta. 

Si trazamos en un mapa un anillo en torno a Cuzco, cercaremos las ruinas incas de Tambomachay, Pukapukara, Qenko y Sacsayhuamán. Tal y como nos dijeron, basta con un par de soles (la moneda nacional) para llegar hasta allí en una combi, la furgoneta local. No es cierto, sin embargo, que estén a tiro de piedra una de otra. En nuestro primer intento de realizar el circuito llegamos extenuados a la tercera de las ruinas, y Silvia desfalleció sobre el pasto a las puertas de Sacsayhuamán. Nos sé por cuanto tiempo estuvimos durmiendo bajo el sol. La segunda vez, una semana más tarde, logramos entrar en la fortaleza. No obstante, la falta de oxígeno y el calor espeso de la hora de comer nos tumban de un sopapo sobre la explanada, a los pies del resto de turistas que avanzan ignorando nuestro desfallecimiento.

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El Valle Sagrado. 

En un segundo anillo más grande, rodearíamos algunos pueblos mágicos del Valle Sagrado como Chinchero, Písac y Ollantaytambo. Estos sí son imprescindibles.

Las furgonetas son algo pequeñas, a menudo se caen a pedazos, pero son una forma barata de realizar largos trayectos. Mmm… No tan largos. Una combi nos lleva de Cuzco a Písac, pero olvidamos avisar al conductor de nuestra parada. Bueno, no se nos olvidó, se lo dijimos al subirnos, pero por el camino no hemos visto paradas oficiales. El chófer, después de regañarnos por no avisarlo antes nos deja a un lado de la carreta en medio del campo. Una muchacha sentada allí al lado con un puestito de comida parece habernos escuchado.

– ¿Van a Písac? Esperen un momento.

La joven entra en una choza cercana y sale con una famila de granjeros. El padre, un hombre bajito y risueño con dientes de oro, viene directo hacia mí.

Cuidado, tiene los pies manchados de estiércol –dice, al tiempo que me pone a su bebé en los brazos.

Se despide de su mujer y nos sube en una motocicleta de tres ruedas, tan rápida como una bicicleta, pero lo suficientemente buena como para llevarnos allí apretaditos con el bebé en brazos hasta Písac.

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Písac.

Una vez instalados en este animado pueblo, tomamos un taxi ladera arriba hasta la cima de la colina. Al salir del coche hay un viejito vendiendo bolsas de hojas de coca. Le compro una, y se desternilla cuando le pregunto cómo se toman. – Se mastican y después se botan nomás. Ante nosotros se nos regalan las ruinas de una antigua ciudad inca. El escenario tiene forma de embudo gigante, las laderas del valle están formadas por terrazas que sirvieron a los antiguos pobladores para cultivar maíz, papa, calabaza. Los ojos se pierden entre las montañas sin fin y el río que discurre a sus pies. Tras cruzar el sector religioso, de refulgentes bloques rojos, subo a lo alto de un montículo desde el que tengo la impresión de ser el rey del mundo. Todo, y más allá del todo queda a la vista desde aquí. Estoy rozando el cielo con la coronilla, siento el abrazo del Valle Sagrado.

El murmullo del viento me pide sacar la quena de bambú que he traído de casa. Un joven luthier de quenas me dio la partitura de El cóndor pasa, que me tendrá entretenido todo el viaje en los ratos de esparcimiento como este. Para regresar al pueblo, descendemos un valle en el que cada nota de la flauta rebota contra la pared de enfrente, creando un eco casi místico que nos tiene allí abstraídos, perdiendo la conciencia dle tiempo. Las montañas cantan con nosotros.

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Otras atracciones de este circuito son las minas de sal de Maras, que se me hacen acuarelas naturales en lugar de piscinas de sal. A continuación visitamos el pueblo de Chinchero, con un profundo sabor térreo, donde las cholas extienden papas diminutas por el suelo para dejarlas secar. También es interesante Moray, que guarda unas terrazas de apariencia extraterrestre. Perfectas geométricamente. Consisten en una serie de anillos concéntricos contenidos, a su vez, en una gran pera de extraordinarias dimensiones. Unas rocas que emergen de los muros hacen las veces de peldaños que permiten bajar de un nivel a otro y sentirse una pulga en medio del cosmos.

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Ollantaytambo.

En este pueblo serrano hombres y mujeres visten ropas abrigadas de tonos chillones, incluyendo ponchos y barrocos sombreros. Son los indígenas– nos cuenta una señora en el mercado- viven en pueblos a más de 4,000 metros de altura y descienden con frecuencia hasta aquí para cargarse de provisiones. Son la delicia de los viajeros. Nos trasladan a tiempos remotos en los que la vida era dura y se trabajaba en comunidades. Ellas parecen muñequitas. Lucen trenzas a lo largo de la espalda, densas faldas y calcetines gruesos que las protegen del rigor del invierno.

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Con regularidad llegan autobuses de turistas que desfilan en masa por las ruinas de Ollantaytambo, desde las que se contempla el pueblo entero. Hemos decidido pasar aquí unos días para disfrutar del sabor genuino de esta localidad, curioseando entre las ruinas a nuestro antojo, escapando de las miradas de los visitanes.

Pasajeros: última estación. 

Si bien hasta ahora nos hemos sentido arropados por una infinita amabilidad de los peruanos, siempre atentos y dispuestos a ayudar, nos queda por conocer Aguas Calientes. Es un pueblo de paso, donde la gente suele llegar al anochecer antes de tomar el bus a Machu Picchu el día siguiente. Le precede cierta mala fama. Llegamos a las once de la noche con la incentidumbre de no haber recibido respuesta del hotel que nos indique cómo llegar. Una multitud de pasajeros sale del tren y se abre camino entre los caza-turistas que ofrecen hoteles o qué se yo. Silvia se detiene, acaba de escuchar mi nombre en voz alta.  Efectivamente, una mujer sostiene un letrero con mi nombre. Nos estaba esperando. Con una cálida sonrisa y la hospitalidad que caracteriza a los peruanos, nos lleva al hotel, casi de la mano.

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Fue al día siguiente en el restaurante La Estación donde al pedir la cuenta del almuerzo, vemos que nos han cobrado un elevado suplemento. El camarero enojado lo justifica diciendo que se trata de un impuesto de Machu Picchu.

– ¿impuesto de qué?

– ¡Si no están de acuerdo váyanse a reclamar al Ayuntamiento!

De vuelta, casualmente, cruzamos por delante del Ayto. Allí nos contaron que por desgracia en una práctica habitual en Aguas Calientes, y nos tramitaron la denuncia.

MACHU PICCHU. 

En una región montañosa como la que estamos, los días son muy cálidos y las noches frías. La vegetación, por lo general, es cortita y encrespada, similar a la tundra. Por eso cuando nos dicen que nuestro próximo destino, no tan lejos, es la selva, mi cabeza no acabe de casar ambos escenarios. Para ubicar esta ciudadela de viviendas de lujo, la realeza inca elegió, hacia el 1400, el comienzo de la Amazonía como emplazamiento perfecto para su proyecto. Cuenta la historia que la llegada de los españoles requirió a todos los nobles incas unir su poder para combatir lo que ya era imbatible. Puede que ya entonces quedara desocupada, siendo absorbida por la densidad selvática, y cayendo en el olvido hasta las exploraciones europeas de finales del s.XIX. Uno de los encantos de Machu Picchu, más allá de las ruinas, es el marco en el que se encuadra. Para llegar hay que atravesar en una carretera serpenteante rodeada de montañas fálicas -si se me permite-, en cuyas cumbres se enroscan y deslizan las nubes con un aire misterioso.

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Estaba yo profundamente concentrado en el paisaje tocando la quena, hasta que vino el guardia y me hizo callar. A lo que un grupo de americanos que estaba allí le increpó: What!!! Y le abuchearon, jaja.

Machu Picchu es fabuloso, pero creo que no tendría sentido sin los pueblos que hemos visitado durante el camino que nos ha traído hasta aquí. No puedo concebirlo sin la amabilidad de la gente, sin el sonido del charango y el fluir de las aguas del río Urubamba. Las llamas, vicuñas y alpacas. Los indígenas mascando coca, quechuas, aymaras y guaraníes. Historias de esclavos que arrastran pesadas rocas bajo el látigo de los incas, y españoles a los que se les ahogan los caballos en las alturas persiguiendo a los incas. Todas estas imágenes forman parte del cuadro en el que se retrata el Machu Picchu.