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Tres semanas. Julio 2014. 

Qué lástima. Allí estoy yo, en mi habitación del hotel en Cuzco. Acabo de saltar de la cama, y me encuentro de rodillas frente al retrete entre lágrimas y sudores. Me duele el costillar de tanto toser y no queda nada por vomitar en mi estómago. Estoy tan mareado que tengo que tirarme al suelo de costado para no perder la conciencia. Jadeo com pitidos entre hilos de saliva. En cuanto recupere el aliento, me sentaré en la taza durante la próxima media hora para dejar correr los ríos de mi intestino aquejado.

Cómo puede ser, olvidé la regla nº1 del viajero: no bebas agua que no esté embotellada. Sin excepciones. En mi favor diré que era un hotel a los pies de la montaña, y el agua translúdica, clara y perfecta. Parecía provenir de un arroyo cercano. Sabía tan bien. Definitivamente, el mal de altura no ayudó a mejorar la situación.

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En fin, para comprender mejor cómo es la vida allá en las alturas del Perú, mis jaquecas y la falta de oxígeno, trata de visualizar primero su mapa físico. Imagina un paciente al que le abren la espalda y extraen su columna vertebral tirando de ella hacia afuera. Esos serían Los Andes, la espina dorsal del continente. Lucen majestuosos, y son considerados Apus o dioses en la mitología inca. La vida transcurre en las alturas, por lo que se recomienda al recién llegado unos días en stand by. Esto es, evitar caminar deprisa y las comidas copiosas, así como masticas hojas de coca o tomar infusiones de muña. No te extrañes si te sientes débil, mareado, o sin en medio de una frase te quedas sin aire y tus pulmones parecen pasas de uva. Dicen los nativos que tienen dos litros más de sangre. Tú no, así que relax.

En nuestra ruta de norte a sur pasamos de los 150 metros sobre el mar de Lima, a los 3.800 de Puno. Un momento… Más despacio, que se me está empezando a nublar la vista.

Cuzco. 

Podría ser Salamanca, Barcelona o Madrid. La típica plaza española, de no ser porque está envuelta por las montañas, y a 3400 metros. Cuzco fue la capital del imperio inca. Tiene un pie bajo tierra, enraizado en épocas gloriosas, y el otro en el aire, tirando del suelo para avanzar.

En el barrio de San Blas se entretejen callejuelas de ambiente bohemio, restaurantes vegetarianos y una intensa vida nocturna los fines de semana. Nos aficionamos a los conciertos y jam sessions nocturnas, tras las cuales charlamos con jóvenes músicos peruanos hasta altas horas intercambiando listas de discos y folklores, así como debatiendo el orígen del cajón flamenco ¿o debería decir peruano?

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Itinerario: 

– Lima.
– Cuzco.
– Cuzco ruinas: Sacsayhuamán, Qenco, Pukapukara, Tambomachay.
– Moray-Chinchero-Písac.
– Pisac.
– Ollantaytambo.
– Machu Pichu.
– Cuzco.
– Cuzco.
– Puno.
– Islas Uros.
– Isla Amantaní
– Taquile.
– Arequipa.
– Excursión Colca
– Cañón del Colca
– Arequipa
– Lima
– Paracas
– Lima
– Madrid

Este es el mapa de nuestra ruta. 

Si trazamos en un mapa un anillo en torno a Cuzco, cercaremos las ruinas incas de Tambomachay, Pukapukara, Qenko y Sacsayhuamán. Tal y como nos dijeron, basta con un par de soles (la moneda nacional) para llegar hasta allí en una combi, la furgoneta local. No es cierto, sin embargo, que estén a tiro de piedra una de otra. En nuestro primer intento de realizar el circuito llegamos extenuados a la tercera de las ruinas, y Silvia desfalleció sobre el pasto a las puertas de Sacsayhuamán. Nos sé por cuanto tiempo estuvimos durmiendo bajo el sol. La segunda vez, una semana más tarde, logramos entrar en la fortaleza. No obstante, la falta de oxígeno y el calor espeso de la hora de comer nos tumban de un sopapo sobre la explanada, a los pies del resto de turistas que avanzan ignorando nuestro desfallecimiento.

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El Valle Sagrado. 

En un segundo anillo más grande, rodearíamos algunos pueblos mágicos del Valle Sagrado como Chinchero, Písac y Ollantaytambo. Estos sí son imprescindibles.

Las furgonetas son algo pequeñas, a menudo se caen a pedazos, pero son una forma barata de realizar largos trayectos. Mmm… No tan largos. Una combi nos lleva de Cuzco a Písac, pero olvidamos avisar al conductor de nuestra parada. Bueno, no se nos olvidó, se lo dijimos al subirnos, pero por el camino no hemos visto paradas oficiales. El chófer, después de regañarnos por no avisarlo antes nos deja a un lado de la carreta en medio del campo. Una muchacha sentada allí al lado con un puestito de comida parece habernos escuchado.

– ¿Van a Písac? Esperen un momento.

La joven entra en una choza cercana y sale con una famila de granjeros. El padre, un hombre bajito y risueño con dientes de oro, viene directo hacia mí.

Cuidado, tiene los pies manchados de estiércol –dice, al tiempo que me pone a su bebé en los brazos.

Se despide de su mujer y nos sube en una motocicleta de tres ruedas, tan rápida como una bicicleta, pero lo suficientemente buena como para llevarnos allí apretaditos con el bebé en brazos hasta Písac.

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Písac.

Una vez instalados en este animado pueblo, tomamos un taxi ladera arriba hasta la cima de la colina. Al salir del coche hay un viejito vendiendo bolsas de hojas de coca. Le compro una, y se desternilla cuando le pregunto cómo se toman. – Se mastican y después se botan nomás. Ante nosotros se nos regalan las ruinas de una antigua ciudad inca. El escenario tiene forma de embudo gigante, las laderas del valle están formadas por terrazas que sirvieron a los antiguos pobladores para cultivar maíz, papa, calabaza. Los ojos se pierden entre las montañas sin fin y el río que discurre a sus pies. Tras cruzar el sector religioso, de refulgentes bloques rojos, subo a lo alto de un montículo desde el que tengo la impresión de ser el rey del mundo. Todo, y más allá del todo queda a la vista desde aquí. Estoy rozando el cielo con la coronilla, siento el abrazo del Valle Sagrado.

El murmullo del viento me pide sacar la quena de bambú que he traído de casa. Un joven luthier de quenas me dio la partitura de El cóndor pasa, que me tendrá entretenido todo el viaje en los ratos de esparcimiento como este. Para regresar al pueblo, descendemos un valle en el que cada nota de la flauta rebota contra la pared de enfrente, creando un eco casi místico que nos tiene allí abstraídos, perdiendo la conciencia dle tiempo. Las montañas cantan con nosotros.

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Otras atracciones de este circuito son las minas de sal de Maras, que se me hacen acuarelas naturales en lugar de piscinas de sal. A continuación visitamos el pueblo de Chinchero, con un profundo sabor térreo, donde las cholas extienden papas diminutas por el suelo para dejarlas secar. También es interesante Moray, que guarda unas terrazas de apariencia extraterrestre. Perfectas geométricamente. Consisten en una serie de anillos concéntricos contenidos, a su vez, en una gran pera de extraordinarias dimensiones. Unas rocas que emergen de los muros hacen las veces de peldaños que permiten bajar de un nivel a otro y sentirse una pulga en medio del cosmos.

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Ollantaytambo.

En este pueblo serrano hombres y mujeres visten ropas abrigadas de tonos chillones, incluyendo ponchos y barrocos sombreros. Son los indígenas– nos cuenta una señora en el mercado- viven en pueblos a más de 4,000 metros de altura y descienden con frecuencia hasta aquí para cargarse de provisiones. Son la delicia de los viajeros. Nos trasladan a tiempos remotos en los que la vida era dura y se trabajaba en comunidades. Ellas parecen muñequitas. Lucen trenzas a lo largo de la espalda, densas faldas y calcetines gruesos que las protegen del rigor del invierno.

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Con regularidad llegan autobuses de turistas que desfilan en masa por las ruinas de Ollantaytambo, desde las que se contempla el pueblo entero. Hemos decidido pasar aquí unos días para disfrutar del sabor genuino de esta localidad, curioseando entre las ruinas a nuestro antojo, escapando de las miradas de los visitanes.

Pasajeros: última estación. 

Si bien hasta ahora nos hemos sentido arropados por una infinita amabilidad de los peruanos, siempre atentos y dispuestos a ayudar, nos queda por conocer Aguas Calientes. Es un pueblo de paso, donde la gente suele llegar al anochecer antes de tomar el bus a Machu Picchu el día siguiente. Le precede cierta mala fama. Llegamos a las once de la noche con la incentidumbre de no haber recibido respuesta del hotel que nos indique cómo llegar. Una multitud de pasajeros sale del tren y se abre camino entre los caza-turistas que ofrecen hoteles o qué se yo. Silvia se detiene, acaba de escuchar mi nombre en voz alta.  Efectivamente, una mujer sostiene un letrero con mi nombre. Nos estaba esperando. Con una cálida sonrisa y la hospitalidad que caracteriza a los peruanos, nos lleva al hotel, casi de la mano.

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Fue al día siguiente en el restaurante La Estación donde al pedir la cuenta del almuerzo, vemos que nos han cobrado un elevado suplemento. El camarero enojado lo justifica diciendo que se trata de un impuesto de Machu Picchu.

– ¿impuesto de qué?

– ¡Si no están de acuerdo váyanse a reclamar al Ayuntamiento!

De vuelta, casualmente, cruzamos por delante del Ayto. Allí nos contaron que por desgracia en una práctica habitual en Aguas Calientes, y nos tramitaron la denuncia.

MACHU PICCHU. 

En una región montañosa como la que estamos, los días son muy cálidos y las noches frías. La vegetación, por lo general, es cortita y encrespada, similar a la tundra. Por eso cuando nos dicen que nuestro próximo destino, no tan lejos, es la selva, mi cabeza no acabe de casar ambos escenarios. Para ubicar esta ciudadela de viviendas de lujo, la realeza inca elegió, hacia el 1400, el comienzo de la Amazonía como emplazamiento perfecto para su proyecto. Cuenta la historia que la llegada de los españoles requirió a todos los nobles incas unir su poder para combatir lo que ya era imbatible. Puede que ya entonces quedara desocupada, siendo absorbida por la densidad selvática, y cayendo en el olvido hasta las exploraciones europeas de finales del s.XIX. Uno de los encantos de Machu Picchu, más allá de las ruinas, es el marco en el que se encuadra. Para llegar hay que atravesar en una carretera serpenteante rodeada de montañas fálicas -si se me permite-, en cuyas cumbres se enroscan y deslizan las nubes con un aire misterioso.

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Estaba yo profundamente concentrado en el paisaje tocando la quena, hasta que vino el guardia y me hizo callar. A lo que un grupo de americanos que estaba allí le increpó: What!!! Y le abuchearon, jaja.

Machu Picchu es fabuloso, pero creo que no tendría sentido sin los pueblos que hemos visitado durante el camino que nos ha traído hasta aquí. No puedo concebirlo sin la amabilidad de la gente, sin el sonido del charango y el fluir de las aguas del río Urubamba. Las llamas, vicuñas y alpacas. Los indígenas mascando coca, quechuas, aymaras y guaraníes. Historias de esclavos que arrastran pesadas rocas bajo el látigo de los incas, y españoles a los que se les ahogan los caballos en las alturas persiguiendo a los incas. Todas estas imágenes forman parte del cuadro en el que se retrata el Machu Picchu.

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Un trayecto de nueve horas y media en dirección al sur nos lleva de Cuzco a Puno, atravesando en La Raya, a 4300 msnm. Resulta anecdótico que en esta breve parada para estirar las piernas, el chófer nos recomienda encarecidamente caminar despacito, y no permanecer allí más de un cuarto de hora antes de regresar al autobús. En Puno hay poco que ver, pero está a orillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Esto supone seguir masticando coca y tomar más infusiones de muña. En algún momento de este viaje me empaché, y creo que no voy a poder volver a probarlos.

El Lago Titicaca. 

Cuenta la historia que los pobladores originales de las Islas Uros provienen nada menos que de la Polinesia. Imagínatelos atravesando el Pacífico. Con el tiempo se mezclarían con los quechuas y aymaras. Llegó un día en el que el acoso de los incas forzó a esta población a escapar al lago, donde los incas presuponían morirían de inanición. Sin embargo, logran sobrevivir al rigor de invierno y la escasez de alimentos construyendo islas flotantes y viviendas con juncos, alimentándose de la pesca y los propios juncos. ¿Les conté que tuvimos oportunidad de probar un poco de la totora? Tiene sabor a pasto.

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Al caminar tengo la sensación de que en cualquier momento voy a hundir un pie en el suelo y me voy a ir para el fondo del lago. Lo cierto es que la totora se pudre rápidamente, lo que requiere a los habitantes superponer constantemente nuevas capas de juncos para evitar la desintegración de la isla. Por cierto, que hay muchas de ellas, de todos los tamaños, y diseminadas por esta área del lago. En cada una conviven varias familias. En caso de que una de estas familias no desee colaborar o surjan desavenencias, se soluciona el asunto con un serrucho, y cada uno por su lado.

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Amantaní. 

Nuestro próximo destino es la isla Amantaní, más allá de las Uros. Esta es de suelo firme y casas de ladrillo. También aquí practican el turismo rotatorio, con el aliciente de que se puede pasar la noche con una familia. En el puerto nos hacemos con unas bolsas de fruta y material escolar como cuadernos, lápices y rotuladores. En el embarcadero nos esperan nuestras anfitrionas. Cada una se lleva a 4 o 5 turistas a su casa. Al poco de llegar a la nuestra, Silvia saca los libros y cuadernos para el niño, que acababa de regresar del colegio. Con los ojos como platos y mirando incrédulo a su madre exclama:

– ¡Mira mamá! ¿Esto es para mí?

Sí, mi hijo, claro que sí. 

Tenemos la tarde disponible para pasear por la isla. Nos dejamos llevar por una senda empedrada que discurre entre huertos donde grupos de agricultores pisan las mini papas en barreños de goma. Colina arriba conquistamos las cimas de los cerros Pachamama y Pachatata (madre tierra y padre tierra respectivamente). Desde allí se contempla el contraste de las siluetas de los árboles y los gorros andinos de los agricultores contra las luces del atardecer. A los pocos minutos la oscuridad y el frío se apoderan de la isla y nos sentimos desorientados por momentos.

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Es la hora de la cena y Silvia aprovecha para colarnos en la cocina, una pequeña estancia a parte sin electricidad, donde la mamá y la abuela se aprietan para hacernos un hueco. La única luz que hay es la de un pequeño horno de barro en el que burbujea una olla con nuestra cena. Huele a papas, boniato y sopa de quinoa. Mientras muele los ajos con una piedra de rodillas en el suelo, nuestra anfitriona nos cuenta que ella es de Lima, donde conoció a su marido, y que siendo su familia de Amantaní, decidieron venirse a vivir a la isla. De hecho, nos pareció demasiado moderna para vivir en un lugar tan remoto.

Taquile.

Al día siguiente zarpamos hacia Taquile, un poco más al sur, donde encontramos a otros viajeros que también se han alojado con una familia. Como la anterior, podría pasar por una isla mediterránea, con un encanto inagotable en su genuina sencillez.

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El entretenimiento local consiste en hilar el ovillo de lana una y otra vez en el huso, estirándola más y más para sacar mayor cantidad. Se puede hacer mientras uno charla con un vecino, mientras se pasea o se toma el té en casa. Siempre dije que en determinados destinos uno viaja en el tiempo.

Españoles por el mundo. 

De las 15 personas que hemos venido en el bote, los hay de Francia, Bélgica, Inglaterra, EEUU y algún español. Cuando Silvia le ofrece al capitán traducir la información que acaba de dar sobre Taquile, uno de los españoles salta:

– ¡Que aprendan!

Más tarde, estos dos muchachos entablan conversación con dos francesas que chapurrean español:

– Oye, que yo aprendí francés por ahí, y la verdad es que tengo un nivelazo. ¡A que sí, que soy la leche!

– (silencio) Las francesas se quedan mirándose.

Al día siguiente cuando nos despedirnos, se dicen entre ellos:

Estas dos francesitas nos van a echar de menos, ¡eh! A ver dónde van a encontrar dos tíos tan salaos como nosotros, que hablamos francés de puta madre y somos súper enrollaos. 

Nos subimos al barco, agotados del nuestra jornada isleña. El español, que se sienta detrás mío, se pone los cascos y empieza a cantar/berrear en voz alta algo súper moderno que está escuchando él solo.

¡Ay, gentes de España! Todavía hay individuos en determinadas zonas de nuestro país que no han salido de la cueva. Y esto, mal que nos pese, se repite mucho cuando uno viaja al extranjero.

Taquile: Instantáneas del silencio.

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Cañón del Colca.  

Abandonamos el lago y ponemos rumbo a Arequipa. Nos aguarda el Cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo. La región entera es una caja de sorpresas. Espectaculares volcanes activos, manadas de vicuñas, llamas y alpacas pastando en la inmensidad de la llanura. Lagunas salpicadas de rosados flamencos migratorios, y formaciones rocosas imposibles, como las enormes agujas que emergen de un suelo cubierto de cenizas.

La esencia.

Todo comienza con la visualización de un destino, vaya uno a saber a raíz de qué. Puede ser una revista de viajes o una conversación con un desconocido. Después, toca leer los foros, comprar la guía, los billetes, hacer las reservas pertinentes, etc. Hay un momento, semanas después de haber trazado la hoja de ruta en casa, en que te ves allí. Entonces, Silvia piensa: Hey, no está mal. Mírame, aquí estoy. (Esto lo sé porque se le pone una burbuja blanca encima de la cabeza en la que se le pueden leer los pensamientos). Silvia es definitivamente la estratega. El viaje sigue entonces los pasos planeados, ya sea con antelación o sobre la marcha. Y eso le hace sentirse realizada. Le da esa sensación de control sobre el destino.

El punto álgido para mí, es ese momento del viaje en que, de pie frente a un paisaje que los ojos no son capaces de abarcar, siento que puedo salir corriendo en cualquier dirección o trepar por las rocas a mi antojo, subir al punto más alto y aullar a la luna. Entonces, soy el viento mismo.

Cañón del Colca. 

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Las vicuñas con aspecto de Bambi que se nos cruzan por la carretera son salvajes. Están protegidas por ley, ya que su población ha peligrado debido a la caza. Ahora el esquilado está regulado, y solo unas pocas personas expertas y encargadas de ello pueden hacerlo. Nos cuentan que se las rodea en un gran círculo humano y después se va estrechando el círculo hasta tenerlas al alcance. Se les da unos tijeretazos cuidadosamente, y son liberadas nuevamente. Su pelaje es muy cotizado por su textura suave y algodonosa.

 Nos adentramos en el laberinto de agujas de orígen volcánico. Las formas surrealistas parecen salidas de un cuadro de Dalí. Me pareció ver un reloj derretido por algún lugar.

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Abandonamos los áridos parajes para atravesar verdes valles abiertos al cielo, bañados por el río Colca, que erosiona el suelo a su paso. Ahondando el cañón segundo a segundo. Dormimos en un hotelillo levantado en plena naturaleza.

A la mañana siguiente nos dirigimos a la Cruz del Cóndor. Un punto estratégico para admirarse con el majestuoso vuelo del cóndor sobre los Andes. Por momentos cautos, por momentos temerarios, nos sobrevuelan varios de ellos con su amplio despliegue de alas. Cerca de allí nos espera nuestra furgoneta con las bicicletas listas para pedalear. En esta excursión hemos coincidido con un grupo muy simpático de jóvenes de diferentes nacionalidades. Estamos todos muy emocionados con la idea de bajar con las bicis por semejante escenario a gran velocidad y la carretera para nosotros solos.

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Al finalizar la etapa ciclista nos preparamos para el dencenso a pie desde lo alto del cañón al río mismo. Un sendero de tierra zigzaguea hacia las profundidades. Unos van a la carrera y otros se van rezagando en la interminable bajada. Sobre la marcha se nos abre el corazón de Los Andres en toda su inmensidad, cordillera tras cordillera, con tonos más claros según se alejan. La tierra también va cambiando de color.

Cuanto más avanza uno, el aire deja de correr y el calor se hace más intenso. Gotas de sudor empapan mi frente. Hacia el final, me desmarco del grupo y me dejo deslizar entre las escarpadas paredes del cañón por atajos empinados, llenándome de polvo y arena, y asomándome al precipicio en contra de mi voluntad. Abajo, para mi sorpresa, hay un oasis verde con palmeras. No es broma. Nos alojaremos en un resort con todo lo que necesitamos, chocitas de paja, un chiringuito con bebidas frescas y una piscina que mis ojos no pueden creer. Poco a poco van llegando los peregrinos con la cara roja, la camiseta pegada y los músculos resentidos. Sudorosos y mugrientos van de cabeza a la piscina.

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La noche es estrellada allá abajo. Son las cuatro de la mañana y debemos emprender el camino de retorno antes de que salga el sol y haga insoportable la caminata. Como una procesión de mineros, ascendemos zigzagueantes con la única luz de nuestras linternas. Dos horas más tarde comienza a palidecer el cielo con los primeros rayos, y todavía nos queda un buen trecho por recorrer. Aquí las distancias entre unos y otros se prolongan y algunos nos vemos obligados a hacer largas paradas para recuperar el aliento. Una vez alcanzamos la cima nos felicitamos enérgicamente y nos desplomamos sobre el suelo.

Hacemos una parada en el pueblo para comprar unos snacks y descansar, coincidiendo con la celebración de las fiestas del Carmen. En la plaza la gente está bailando en círculos con una banda de música popular. Silvia se acerca a hacerles unas fotos y desaparece. Al rato regresa contanto que al acercarse a la gente, la han enganchando y se ha puesto bailar como una más.

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Se nos aproxima una señora y nos ofrecece una botella de cerveza, de la que todos tomamos uniéndonos a la celebración. Mientras danzan, las mujeres tiran cerveza el suelo, según dicen, como ofrenda a la Pachamama. Por si fuera poco el alboroto, al rato atraviesa la plaza una novia con todos los invitados detrás y su banda de metales correspondiente. Las bodas, por cierto, duran tres días de fiesta continuada.

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Ya en la furgoneta, salimos hacia las piscinas de aguas termales provenientes del volcán. Imagínate, después haber pateado el cañón de arriba a abajo y viceversa, no podríamos terminar en mejor lugar. Desde los baños ardientes en los que huele a carne asada, hasta las gélidas aguas del río, las probamos todas y damos por concluida nuestra aventura en el Cañón del Colca.

Lima. 

De Arequipa volamos a Lima. Al día siguiente tomamos el bus que te lleva a la Península de Paracas. Es un cambio brusco. Como el río, venimos de la montaña y vamos a dar al mar. Cambiamos las noches frías por la playa y el sol, la falta de oxígeno por la brisa fresca del mar. Paracas es un minúsculo apéndice del Perú que brota al Pacífico. El pueblo de Paracas está en construcción, es pequeñito y solo parece levantar cabeza con el goteo de autobuses turísticos. No da para mucho. Su popularidad, sin embargo, se debe a que alberga una reserva natural de gran valor.

Recién llegados, preguntamos en la recepción de nuestro albergue y nos meten en una furgoneta que sale para el desierto de Paracas. Dunas de un intenso color vainillla se entienden allá donde la vista alcanza. El suelo está poblado por una incalculable cantidad de fósiles marinos, con los que uno tropieza a cada paso.

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Nadie diría que adentrándose en el mar uno pudiera encontrar focas y pingüinos, pero la reserva no acaba aquí. La fauna tiene su hogar y lugar de descanso en islotes donde están a salvo de otros predadores y de las personas mismas. Colonias infinitas de gaviotas y cormoranes han tomado las Islas Ballestas, dotándolas de una atmósfera amenazadora, como en un film de Hitchcock. De tanto en tanto el gobierno local recoge las deposiciones, conocidas como guano, altamente apreciadas como fertilizante.

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Nuestros días en la húmeda Lima llegan a su fin paseando entre casas coloniales de intensos colores y paredes desconchadas. Olor a algas, palmeras y jardines perfumados, paseos en bicicleta a orillas del mar, pacientes surfistas esperando su ola, cafés de época y nubes de invierno limeño. Es el Perú africano, donde negros e indios se mezclan armoniosamente en esta ciudad con reminiscencias cubanas.

Me esfuerzo por recordar, pero una melodía que escapa por la ventana un viejo caserón secuestra mi atención. La aguja de un tocadiscos cae delicada sobre un vinilo y comienza a surcar los senderos de la memoria. Es una música hermosa que trae exóticas imágenes consigo. La letra dice algo así:

.

Que viaje la humanidad,

que viaje entera la humanidad,

y en su senda por el mundo

que aprenda de sus hermanos

allende los mares, 

que aprenda de sus hermanos,

que viaje la humanidad. 

.

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