Tres semanas. Julio 2014. 

Qué lástima. Allí estoy yo, en mi habitación del hotel en Cuzco. Acabo de saltar de la cama, y me encuentro de rodillas frente al retrete entre lágrimas y sudores. Me duele el costillar de tanto toser y no queda nada por vomitar en mi estómago. Estoy tan mareado que tengo que tirarme al suelo de costado para no perder la conciencia. Jadeo com pitidos entre hilos de saliva. En cuanto recupere el aliento, me sentaré en la taza durante la próxima media hora para dejar correr los ríos de mi intestino aquejado.

Cómo puede ser, olvidé la regla nº1 del viajero: no bebas agua que no esté embotellada. Sin excepciones. En mi favor diré que era un hotel a los pies de la montaña, y el agua translúdica, clara y perfecta. Parecía provenir de un arroyo cercano. Sabía tan bien. Definitivamente, el mal de altura no ayudó a mejorar la situación.

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En fin, para comprender mejor cómo es la vida allá en las alturas del Perú, mis jaquecas y la falta de oxígeno, trata de visualizar primero su mapa físico. Imagina un paciente al que le abren la espalda y extraen su columna vertebral tirando de ella hacia afuera. Esos serían Los Andes, la espina dorsal del continente. Lucen majestuosos, y son considerados Apus o dioses en la mitología inca. La vida transcurre en las alturas, por lo que se recomienda al recién llegado unos días en stand by. Esto es, evitar caminar deprisa y las comidas copiosas, así como masticas hojas de coca o tomar infusiones de muña. No te extrañes si te sientes débil, mareado, o sin en medio de una frase te quedas sin aire y tus pulmones parecen pasas de uva. Dicen los nativos que tienen dos litros más de sangre. Tú no, así que relax.

En nuestra ruta de norte a sur pasamos de los 150 metros sobre el mar de Lima, a los 3.800 de Puno. Un momento… Más despacio, que se me está empezando a nublar la vista.

Cuzco. 

Podría ser Salamanca, Barcelona o Madrid. La típica plaza española, de no ser porque está envuelta por las montañas, y a 3400 metros. Cuzco fue la capital del imperio inca. Tiene un pie bajo tierra, enraizado en épocas gloriosas, y el otro en el aire, tirando del suelo para avanzar.

En el barrio de San Blas se entretejen callejuelas de ambiente bohemio, restaurantes vegetarianos y una intensa vida nocturna los fines de semana. Nos aficionamos a los conciertos y jam sessions nocturnas, tras las cuales charlamos con jóvenes músicos peruanos hasta altas horas intercambiando listas de discos y folklores, así como debatiendo el orígen del cajón flamenco ¿o debería decir peruano?

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Itinerario: 

– Lima.
– Cuzco.
– Cuzco ruinas: Sacsayhuamán, Qenco, Pukapukara, Tambomachay.
– Moray-Chinchero-Písac.
– Pisac.
– Ollantaytambo.
– Machu Pichu.
– Cuzco.
– Cuzco.
– Puno.
– Islas Uros.
– Isla Amantaní
– Taquile.
– Arequipa.
– Excursión Colca
– Cañón del Colca
– Arequipa
– Lima
– Paracas
– Lima
– Madrid

Este es el mapa de nuestra ruta. 

Si trazamos en un mapa un anillo en torno a Cuzco, cercaremos las ruinas incas de Tambomachay, Pukapukara, Qenko y Sacsayhuamán. Tal y como nos dijeron, basta con un par de soles (la moneda nacional) para llegar hasta allí en una combi, la furgoneta local. No es cierto, sin embargo, que estén a tiro de piedra una de otra. En nuestro primer intento de realizar el circuito llegamos extenuados a la tercera de las ruinas, y Silvia desfalleció sobre el pasto a las puertas de Sacsayhuamán. Nos sé por cuanto tiempo estuvimos durmiendo bajo el sol. La segunda vez, una semana más tarde, logramos entrar en la fortaleza. No obstante, la falta de oxígeno y el calor espeso de la hora de comer nos tumban de un sopapo sobre la explanada, a los pies del resto de turistas que avanzan ignorando nuestro desfallecimiento.

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El Valle Sagrado. 

En un segundo anillo más grande, rodearíamos algunos pueblos mágicos del Valle Sagrado como Chinchero, Písac y Ollantaytambo. Estos sí son imprescindibles.

Las furgonetas son algo pequeñas, a menudo se caen a pedazos, pero son una forma barata de realizar largos trayectos. Mmm… No tan largos. Una combi nos lleva de Cuzco a Písac, pero olvidamos avisar al conductor de nuestra parada. Bueno, no se nos olvidó, se lo dijimos al subirnos, pero por el camino no hemos visto paradas oficiales. El chófer, después de regañarnos por no avisarlo antes nos deja a un lado de la carreta en medio del campo. Una muchacha sentada allí al lado con un puestito de comida parece habernos escuchado.

– ¿Van a Písac? Esperen un momento.

La joven entra en una choza cercana y sale con una famila de granjeros. El padre, un hombre bajito y risueño con dientes de oro, viene directo hacia mí.

Cuidado, tiene los pies manchados de estiércol –dice, al tiempo que me pone a su bebé en los brazos.

Se despide de su mujer y nos sube en una motocicleta de tres ruedas, tan rápida como una bicicleta, pero lo suficientemente buena como para llevarnos allí apretaditos con el bebé en brazos hasta Písac.

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Písac.

Una vez instalados en este animado pueblo, tomamos un taxi ladera arriba hasta la cima de la colina. Al salir del coche hay un viejito vendiendo bolsas de hojas de coca. Le compro una, y se desternilla cuando le pregunto cómo se toman. – Se mastican y después se botan nomás. Ante nosotros se nos regalan las ruinas de una antigua ciudad inca. El escenario tiene forma de embudo gigante, las laderas del valle están formadas por terrazas que sirvieron a los antiguos pobladores para cultivar maíz, papa, calabaza. Los ojos se pierden entre las montañas sin fin y el río que discurre a sus pies. Tras cruzar el sector religioso, de refulgentes bloques rojos, subo a lo alto de un montículo desde el que tengo la impresión de ser el rey del mundo. Todo, y más allá del todo queda a la vista desde aquí. Estoy rozando el cielo con la coronilla, siento el abrazo del Valle Sagrado.

El murmullo del viento me pide sacar la quena de bambú que he traído de casa. Un joven luthier de quenas me dio la partitura de El cóndor pasa, que me tendrá entretenido todo el viaje en los ratos de esparcimiento como este. Para regresar al pueblo, descendemos un valle en el que cada nota de la flauta rebota contra la pared de enfrente, creando un eco casi místico que nos tiene allí abstraídos, perdiendo la conciencia dle tiempo. Las montañas cantan con nosotros.

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Otras atracciones de este circuito son las minas de sal de Maras, que se me hacen acuarelas naturales en lugar de piscinas de sal. A continuación visitamos el pueblo de Chinchero, con un profundo sabor térreo, donde las cholas extienden papas diminutas por el suelo para dejarlas secar. También es interesante Moray, que guarda unas terrazas de apariencia extraterrestre. Perfectas geométricamente. Consisten en una serie de anillos concéntricos contenidos, a su vez, en una gran pera de extraordinarias dimensiones. Unas rocas que emergen de los muros hacen las veces de peldaños que permiten bajar de un nivel a otro y sentirse una pulga en medio del cosmos.

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Ollantaytambo.

En este pueblo serrano hombres y mujeres visten ropas abrigadas de tonos chillones, incluyendo ponchos y barrocos sombreros. Son los indígenas– nos cuenta una señora en el mercado- viven en pueblos a más de 4,000 metros de altura y descienden con frecuencia hasta aquí para cargarse de provisiones. Son la delicia de los viajeros. Nos trasladan a tiempos remotos en los que la vida era dura y se trabajaba en comunidades. Ellas parecen muñequitas. Lucen trenzas a lo largo de la espalda, densas faldas y calcetines gruesos que las protegen del rigor del invierno.

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Con regularidad llegan autobuses de turistas que desfilan en masa por las ruinas de Ollantaytambo, desde las que se contempla el pueblo entero. Hemos decidido pasar aquí unos días para disfrutar del sabor genuino de esta localidad, curioseando entre las ruinas a nuestro antojo, escapando de las miradas de los visitanes.

Pasajeros: última estación. 

Si bien hasta ahora nos hemos sentido arropados por una infinita amabilidad de los peruanos, siempre atentos y dispuestos a ayudar, nos queda por conocer Aguas Calientes. Es un pueblo de paso, donde la gente suele llegar al anochecer antes de tomar el bus a Machu Picchu el día siguiente. Le precede cierta mala fama. Llegamos a las once de la noche con la incentidumbre de no haber recibido respuesta del hotel que nos indique cómo llegar. Una multitud de pasajeros sale del tren y se abre camino entre los caza-turistas que ofrecen hoteles o qué se yo. Silvia se detiene, acaba de escuchar mi nombre en voz alta.  Efectivamente, una mujer sostiene un letrero con mi nombre. Nos estaba esperando. Con una cálida sonrisa y la hospitalidad que caracteriza a los peruanos, nos lleva al hotel, casi de la mano.

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Fue al día siguiente en el restaurante La Estación donde al pedir la cuenta del almuerzo, vemos que nos han cobrado un elevado suplemento. El camarero enojado lo justifica diciendo que se trata de un impuesto de Machu Picchu.

– ¿impuesto de qué?

– ¡Si no están de acuerdo váyanse a reclamar al Ayuntamiento!

De vuelta, casualmente, cruzamos por delante del Ayto. Allí nos contaron que por desgracia en una práctica habitual en Aguas Calientes, y nos tramitaron la denuncia.

MACHU PICCHU. 

En una región montañosa como la que estamos, los días son muy cálidos y las noches frías. La vegetación, por lo general, es cortita y encrespada, similar a la tundra. Por eso cuando nos dicen que nuestro próximo destino, no tan lejos, es la selva, mi cabeza no acabe de casar ambos escenarios. Para ubicar esta ciudadela de viviendas de lujo, la realeza inca elegió, hacia el 1400, el comienzo de la Amazonía como emplazamiento perfecto para su proyecto. Cuenta la historia que la llegada de los españoles requirió a todos los nobles incas unir su poder para combatir lo que ya era imbatible. Puede que ya entonces quedara desocupada, siendo absorbida por la densidad selvática, y cayendo en el olvido hasta las exploraciones europeas de finales del s.XIX. Uno de los encantos de Machu Picchu, más allá de las ruinas, es el marco en el que se encuadra. Para llegar hay que atravesar en una carretera serpenteante rodeada de montañas fálicas -si se me permite-, en cuyas cumbres se enroscan y deslizan las nubes con un aire misterioso.

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Estaba yo profundamente concentrado en el paisaje tocando la quena, hasta que vino el guardia y me hizo callar. A lo que un grupo de americanos que estaba allí le increpó: What!!! Y le abuchearon, jaja.

Machu Picchu es fabuloso, pero creo que no tendría sentido sin los pueblos que hemos visitado durante el camino que nos ha traído hasta aquí. No puedo concebirlo sin la amabilidad de la gente, sin el sonido del charango y el fluir de las aguas del río Urubamba. Las llamas, vicuñas y alpacas. Los indígenas mascando coca, quechuas, aymaras y guaraníes. Historias de esclavos que arrastran pesadas rocas bajo el látigo de los incas, y españoles a los que se les ahogan los caballos en las alturas persiguiendo a los incas. Todas estas imágenes forman parte del cuadro en el que se retrata el Machu Picchu.

Un trayecto de nueve horas y media en dirección al sur nos lleva de Cuzco a Puno, atravesando en La Raya, a 4300 msnm. Resulta anecdótico que en esta breve parada para estirar las piernas, el chófer nos recomienda encarecidamente caminar despacito, y no permanecer allí más de un cuarto de hora antes de regresar al autobús. En Puno hay poco que ver, pero está a orillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Esto supone seguir masticando coca y tomar más infusiones de muña. En algún momento de este viaje me empaché, y creo que no voy a poder volver a probarlos.

El Lago Titicaca. 

Cuenta la historia que los pobladores originales de las Islas Uros provienen nada menos que de la Polinesia. Imagínatelos atravesando el Pacífico. Con el tiempo se mezclarían con los quechuas y aymaras. Llegó un día en el que el acoso de los incas forzó a esta población a escapar al lago, donde los incas presuponían morirían de inanición. Sin embargo, logran sobrevivir al rigor de invierno y la escasez de alimentos construyendo islas flotantes y viviendas con juncos, alimentándose de la pesca y los propios juncos. ¿Les conté que tuvimos oportunidad de probar un poco de la totora? Tiene sabor a pasto.

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Al caminar tengo la sensación de que en cualquier momento voy a hundir un pie en el suelo y me voy a ir para el fondo del lago. Lo cierto es que la totora se pudre rápidamente, lo que requiere a los habitantes superponer constantemente nuevas capas de juncos para evitar la desintegración de la isla. Por cierto, que hay muchas de ellas, de todos los tamaños, y diseminadas por esta área del lago. En cada una conviven varias familias. En caso de que una de estas familias no desee colaborar o surjan desavenencias, se soluciona el asunto con un serrucho, y cada uno por su lado.

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Amantaní. 

Nuestro próximo destino es la isla Amantaní, más allá de las Uros. Esta es de suelo firme y casas de ladrillo. También aquí practican el turismo rotatorio, con el aliciente de que se puede pasar la noche con una familia. En el puerto nos hacemos con unas bolsas de fruta y material escolar como cuadernos, lápices y rotuladores. En el embarcadero nos esperan nuestras anfitrionas. Cada una se lleva a 4 o 5 turistas a su casa. Al poco de llegar a la nuestra, Silvia saca los libros y cuadernos para el niño, que acababa de regresar del colegio. Con los ojos como platos y mirando incrédulo a su madre exclama:

– ¡Mira mamá! ¿Esto es para mí?

Sí, mi hijo, claro que sí. 

Tenemos la tarde disponible para pasear por la isla. Nos dejamos llevar por una senda empedrada que discurre entre huertos donde grupos de agricultores pisan las mini papas en barreños de goma. Colina arriba conquistamos las cimas de los cerros Pachamama y Pachatata (madre tierra y padre tierra respectivamente). Desde allí se contempla el contraste de las siluetas de los árboles y los gorros andinos de los agricultores contra las luces del atardecer. A los pocos minutos la oscuridad y el frío se apoderan de la isla y nos sentimos desorientados por momentos.

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Es la hora de la cena y Silvia aprovecha para colarnos en la cocina, una pequeña estancia a parte sin electricidad, donde la mamá y la abuela se aprietan para hacernos un hueco. La única luz que hay es la de un pequeño horno de barro en el que burbujea una olla con nuestra cena. Huele a papas, boniato y sopa de quinoa. Mientras muele los ajos con una piedra de rodillas en el suelo, nuestra anfitriona nos cuenta que ella es de Lima, donde conoció a su marido, y que siendo su familia de Amantaní, decidieron venirse a vivir a la isla. De hecho, nos pareció demasiado moderna para vivir en un lugar tan remoto.

Taquile.

Al día siguiente zarpamos hacia Taquile, un poco más al sur, donde encontramos a otros viajeros que también se han alojado con una familia. Como la anterior, podría pasar por una isla mediterránea, con un encanto inagotable en su genuina sencillez.

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El entretenimiento local consiste en hilar el ovillo de lana una y otra vez en el huso, estirándola más y más para sacar mayor cantidad. Se puede hacer mientras uno charla con un vecino, mientras se pasea o se toma el té en casa. Siempre dije que en determinados destinos uno viaja en el tiempo.

Españoles por el mundo. 

De las 15 personas que hemos venido en el bote, los hay de Francia, Bélgica, Inglaterra, EEUU y algún español. Cuando Silvia le ofrece al capitán traducir la información que acaba de dar sobre Taquile, uno de los españoles salta:

– ¡Que aprendan!

Más tarde, estos dos muchachos entablan conversación con dos francesas que chapurrean español:

– Oye, que yo aprendí francés por ahí, y la verdad es que tengo un nivelazo. ¡A que sí, que soy la leche!

– (silencio) Las francesas se quedan mirándose.

Al día siguiente cuando nos despedirnos, se dicen entre ellos:

Estas dos francesitas nos van a echar de menos, ¡eh! A ver dónde van a encontrar dos tíos tan salaos como nosotros, que hablamos francés de puta madre y somos súper enrollaos. 

Nos subimos al barco, agotados del nuestra jornada isleña. El español, que se sienta detrás mío, se pone los cascos y empieza a cantar/berrear en voz alta algo súper moderno que está escuchando él solo.

¡Ay, gentes de España! Todavía hay individuos en determinadas zonas de nuestro país que no han salido de la cueva. Y esto, mal que nos pese, se repite mucho cuando uno viaja al extranjero.

Taquile: Instantáneas del silencio.

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Cañón del Colca.  

Abandonamos el lago y ponemos rumbo a Arequipa. Nos aguarda el Cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo. La región entera es una caja de sorpresas. Espectaculares volcanes activos, manadas de vicuñas, llamas y alpacas pastando en la inmensidad de la llanura. Lagunas salpicadas de rosados flamencos migratorios, y formaciones rocosas imposibles, como las enormes agujas que emergen de un suelo cubierto de cenizas.

La esencia.

Todo comienza con la visualización de un destino, vaya uno a saber a raíz de qué. Puede ser una revista de viajes o una conversación con un desconocido. Después, toca leer los foros, comprar la guía, los billetes, hacer las reservas pertinentes, etc. Hay un momento, semanas después de haber trazado la hoja de ruta en casa, en que te ves allí. Entonces, Silvia piensa: Hey, no está mal. Mírame, aquí estoy. (Esto lo sé porque se le pone una burbuja blanca encima de la cabeza en la que se le pueden leer los pensamientos). Silvia es definitivamente la estratega. El viaje sigue entonces los pasos planeados, ya sea con antelación o sobre la marcha. Y eso le hace sentirse realizada. Le da esa sensación de control sobre el destino.

El punto álgido para mí, es ese momento del viaje en que, de pie frente a un paisaje que los ojos no son capaces de abarcar, siento que puedo salir corriendo en cualquier dirección o trepar por las rocas a mi antojo, subir al punto más alto y aullar a la luna. Entonces, soy el viento mismo.

Cañón del Colca. 

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Las vicuñas con aspecto de Bambi que se nos cruzan por la carretera son salvajes. Están protegidas por ley, ya que su población ha peligrado debido a la caza. Ahora el esquilado está regulado, y solo unas pocas personas expertas y encargadas de ello pueden hacerlo. Nos cuentan que se las rodea en un gran círculo humano y después se va estrechando el círculo hasta tenerlas al alcance. Se les da unos tijeretazos cuidadosamente, y son liberadas nuevamente. Su pelaje es muy cotizado por su textura suave y algodonosa.

 Nos adentramos en el laberinto de agujas de orígen volcánico. Las formas surrealistas parecen salidas de un cuadro de Dalí. Me pareció ver un reloj derretido por algún lugar.

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Abandonamos los áridos parajes para atravesar verdes valles abiertos al cielo, bañados por el río Colca, que erosiona el suelo a su paso. Ahondando el cañón segundo a segundo. Dormimos en un hotelillo levantado en plena naturaleza.

A la mañana siguiente nos dirigimos a la Cruz del Cóndor. Un punto estratégico para admirarse con el majestuoso vuelo del cóndor sobre los Andes. Por momentos cautos, por momentos temerarios, nos sobrevuelan varios de ellos con su amplio despliegue de alas. Cerca de allí nos espera nuestra furgoneta con las bicicletas listas para pedalear. En esta excursión hemos coincidido con un grupo muy simpático de jóvenes de diferentes nacionalidades. Estamos todos muy emocionados con la idea de bajar con las bicis por semejante escenario a gran velocidad y la carretera para nosotros solos.

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Al finalizar la etapa ciclista nos preparamos para el dencenso a pie desde lo alto del cañón al río mismo. Un sendero de tierra zigzaguea hacia las profundidades. Unos van a la carrera y otros se van rezagando en la interminable bajada. Sobre la marcha se nos abre el corazón de Los Andres en toda su inmensidad, cordillera tras cordillera, con tonos más claros según se alejan. La tierra también va cambiando de color.

Cuanto más avanza uno, el aire deja de correr y el calor se hace más intenso. Gotas de sudor empapan mi frente. Hacia el final, me desmarco del grupo y me dejo deslizar entre las escarpadas paredes del cañón por atajos empinados, llenándome de polvo y arena, y asomándome al precipicio en contra de mi voluntad. Abajo, para mi sorpresa, hay un oasis verde con palmeras. No es broma. Nos alojaremos en un resort con todo lo que necesitamos, chocitas de paja, un chiringuito con bebidas frescas y una piscina que mis ojos no pueden creer. Poco a poco van llegando los peregrinos con la cara roja, la camiseta pegada y los músculos resentidos. Sudorosos y mugrientos van de cabeza a la piscina.

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La noche es estrellada allá abajo. Son las cuatro de la mañana y debemos emprender el camino de retorno antes de que salga el sol y haga insoportable la caminata. Como una procesión de mineros, ascendemos zigzagueantes con la única luz de nuestras linternas. Dos horas más tarde comienza a palidecer el cielo con los primeros rayos, y todavía nos queda un buen trecho por recorrer. Aquí las distancias entre unos y otros se prolongan y algunos nos vemos obligados a hacer largas paradas para recuperar el aliento. Una vez alcanzamos la cima nos felicitamos enérgicamente y nos desplomamos sobre el suelo.

Hacemos una parada en el pueblo para comprar unos snacks y descansar, coincidiendo con la celebración de las fiestas del Carmen. En la plaza la gente está bailando en círculos con una banda de música popular. Silvia se acerca a hacerles unas fotos y desaparece. Al rato regresa contanto que al acercarse a la gente, la han enganchando y se ha puesto bailar como una más.

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Se nos aproxima una señora y nos ofrecece una botella de cerveza, de la que todos tomamos uniéndonos a la celebración. Mientras danzan, las mujeres tiran cerveza el suelo, según dicen, como ofrenda a la Pachamama. Por si fuera poco el alboroto, al rato atraviesa la plaza una novia con todos los invitados detrás y su banda de metales correspondiente. Las bodas, por cierto, duran tres días de fiesta continuada.

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Ya en la furgoneta, salimos hacia las piscinas de aguas termales provenientes del volcán. Imagínate, después haber pateado el cañón de arriba a abajo y viceversa, no podríamos terminar en mejor lugar. Desde los baños ardientes en los que huele a carne asada, hasta las gélidas aguas del río, las probamos todas y damos por concluida nuestra aventura en el Cañón del Colca.

Lima. 

De Arequipa volamos a Lima. Al día siguiente tomamos el bus que te lleva a la Península de Paracas. Es un cambio brusco. Como el río, venimos de la montaña y vamos a dar al mar. Cambiamos las noches frías por la playa y el sol, la falta de oxígeno por la brisa fresca del mar. Paracas es un minúsculo apéndice del Perú que brota al Pacífico. El pueblo de Paracas está en construcción, es pequeñito y solo parece levantar cabeza con el goteo de autobuses turísticos. No da para mucho. Su popularidad, sin embargo, se debe a que alberga una reserva natural de gran valor.

Recién llegados, preguntamos en la recepción de nuestro albergue y nos meten en una furgoneta que sale para el desierto de Paracas. Dunas de un intenso color vainillla se entienden allá donde la vista alcanza. El suelo está poblado por una incalculable cantidad de fósiles marinos, con los que uno tropieza a cada paso.

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Nadie diría que adentrándose en el mar uno pudiera encontrar focas y pingüinos, pero la reserva no acaba aquí. La fauna tiene su hogar y lugar de descanso en islotes donde están a salvo de otros predadores y de las personas mismas. Colonias infinitas de gaviotas y cormoranes han tomado las Islas Ballestas, dotándolas de una atmósfera amenazadora, como en un film de Hitchcock. De tanto en tanto el gobierno local recoge las deposiciones, conocidas como guano, altamente apreciadas como fertilizante.

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Nuestros días en la húmeda Lima llegan a su fin paseando entre casas coloniales de intensos colores y paredes desconchadas. Olor a algas, palmeras y jardines perfumados, paseos en bicicleta a orillas del mar, pacientes surfistas esperando su ola, cafés de época y nubes de invierno limeño. Es el Perú africano, donde negros e indios se mezclan armoniosamente en esta ciudad con reminiscencias cubanas.

Me esfuerzo por recordar, pero una melodía que escapa por la ventana un viejo caserón secuestra mi atención. La aguja de un tocadiscos cae delicada sobre un vinilo y comienza a surcar los senderos de la memoria. Es una música hermosa que trae exóticas imágenes consigo. La letra dice algo así:

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Que viaje la humanidad,

que viaje entera la humanidad,

y en su senda por el mundo

que aprenda de sus hermanos

allende los mares, 

que aprenda de sus hermanos,

que viaje la humanidad. 

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Estos días de recreo casero de los que solo puede uno disfrutar en verano son ideales para decorar esas paredes olvidadas de tu hogar.

Aquí tienes algunas ideas que te ayudarán a descorchar tu creatividad.

Step 1. Tomar conciencia del problema.

Tienes las paredes del salón vacías. Está bien que cuando llegaste al piso no era una prioridad, ¡Pero han pasado tres años y esa pared blanca sigue ahí!

Vas de tienda en tienda buscando un mapamundi gigante para cubrir esa enorme pared del salón de un plumazo. En la tienda te das cuenta de que lo único gigante es el precio.

Step 2. Autogestión.

Te planteas pintar tu pared con pintura de pizarra para después dibujar con tiza lo que te plaza. Descubres que para eso hay que lijar la pared, y tu piso, acabas de caer en la cuenta, es alquilado. Así que descartado. Una web de diseño y hábiles artistas recomienda pintar las paredes con rotulador. Total, después se cambia el papel de pared y listo. Acto seguido te das cuenta de que tu salón es de gotelé. Seamos realistas, el presupuesto no deja otra opción.

Step 3. El lápiz. 

Después bajas al chino a por un Eding de punta gorda, porque imagino que lápiz ya tienes. ¿Y ahora qué hago? Compras unas cartulinas que van a servirte para hacer los moldes. Manos a la obra.

Step 4. Y la goma.

Ahora toca ser mañoso. Busca un mapamundi, ya sea en un Atlas o en Internet, y cópialo a escala en las cartulinas. Claro que no es fácil, pero para eso se inventó la goma. Paciencia, que todo se andará.

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Primero he trazado la silueta con un lápiz.

 Step 5. Just do it!

Recorta los moldes de los diferentes continentes y pégalos con celo sobre la pared, o pide al que tengas al lado que te ayude a sostenerlos mientras trazas la silueta con un lápiz. (Sí, a mí tampoco me encaja la altura a la que han quedado ciertos países ni las proporciones. No te preocupes, nadie se va a fijar en los detalles.)

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Step 6. Entrando en detalle. 

Por fin entra el juego el famoso rotulador que habías visto en la web de decoración. Quítale la tapa (importante) y repasa el lápiz. Aprovecha los desniveles del gotelé para hacer las líneas más accidentadas y realistas. Las islas, por supuesto, te va a tocar hacerlas a ojo. (He comprobado que nadie se fija mucho en las islas. Preocúpate, en su lugar, de dibujar bien tu país y las proporciones. Ahí sí que tus invitados no te va a perdonar. Que ¿cómo lo sé? Deja ya de hacer preguntas y ponte a trabajar.)

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Step 7. Ponte las chanclas. 

Pasa la goma a conciencia para entrar en todos los huequitos, y no te olvides de pasar la aspiradora o se te pegarán los pedacitos de goma a la planta de los pies como a mí.

Step 8. Saca el álbum de fotos. 

¿No pensarías que iba a ser tan sencillo? ¿En serio? La pared sigue igual de blanca que al principio. Busca unas fotos chulas de tus viajes, y no olvides incluir los viajes de tus amigos. Con la selección hecha, ve a tu tienda de fotos más cercana e imprímelas. Puedes usar diferentes tamaños. (Previamente le dimos un look retro con el efecto Polaroid.)

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Step 9. Date un respiro. 

Coloca aquí y allá las fotos probando diferentes diseños. Encuentra la armonía del cuadro completo acercándote y alejándote para tener mayor perspectiva. Ve al baño a lavarte la cara o baja a comprarte un refresco al chino. Regresa al salón ¿Cómo lo ves?

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Step 10. Let´s party!

Lo has conseguido. Tu salón ahora tiene color. Invita a tus amigos y celebra un fiestón. Cuando ya nadie apostaba por ti, te has decidido a decorar tu casa, y eso hay que festejarlo.

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Semana Santa. Abril 2014. 

Grecia es nombre de mujer. Se entrega al viajero con los brazos abiertos, como una amante. Sensual. Guarda un secreto en cada rincón y sus encantos confunden al viajero como la voz de las sirenas. Grecia pasea descalza, viste de blanco y azul y tiene oscuros los ojos. Yace sobre una pared de yeso, y se ha dejado una copa de vino olvidada en algún lugar.

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La primavera es una época ideal para disfrutar las islas griegas. El tiempo es agradable, hay poca gente y los precios están a la mitad que en la temporada alta. Eso sí, todo está a medio hacer. Los habitantes de las islas parecen estar preparándose para la gran fiesta. Riadas de turistas llegarán a partir de junio, y el tiempo es poco cuando se trata de convertir un pueblo de pescadores en una discoteca flotante.

 

Mikonos (Μυκόνου).

Mikonos es de un azul intenso y huele a pintura fresca. El pavimento de sus estrechas calles está dibujado con celdas blancas como el juego de la rayuela. Los comerciantes pintan a mano su parte de calzada correspondiente. En las tiendas entran y salen obreros, montando y desmontando puertas, tirando tabiques. Los viandantes meten pecho para dejar paso a triciclos motorizados cargados de cubos y escombros que revolotean como moscas sobre el pescado.

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Todo parece estar hecho para cautivar al recién llegado. Los marcos de las ventanas, las macetas cargadas de rojo, la danza de los gatos griegos, o las banderitas rayadas que cuelgan en la plaza en torno a la iglesia ortodoxa. Es fácil perder la noción del tiempo y resucitar al olor de la sardina. Uno quiere llevárselo todo en la retina, y abstraído, no hace sino deambular por las mismas calles sin encontrarle salida al laberinto.

En el puerto, un abanico de restaurantes con terrazas lanzan sus alzuelos sobre los turistas, todavía desorientados. Un violinista rasga viejas melodías frente al café. Llegan los mercaderes desde el puerto de Pireo con cajas de frutas y rústicas balanzas.

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La semana santa es la festividad más importante para los griegos. Son las doce y suenan las campanas en el centro del pueblo. Grupos de feligreses, familias enteras, marchan portando ramos de hoja de palma. La gente sale de las tiendas a curiosear. Las risas de los niños rebotan en las paredes y llenan las calles.

Las playas Paradise y Super Paradise, conocidas por sus orgías veraniegas, están ahora vacías. De nuevo, los bares están en construcción. Locales enormes llenos de vigas tiradas y paneles a medio pintar. Es incluso difícil encontrar un lugar donde tomarse una cerveza. No solo en Pararadise, sino allá donde vamos. Está todo vacío. Resulta algo desolador. Optamos por tirar las toallas y descansar junto a las excavadoras, remolques y montañas de grava. Nos acompaña un martilleo de fondo.

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Llegando a los confines de Mikonos, un antiguos molinos de viento congregan a los visitantes en torno a la puesta del sol.

La isla se torna

gradualmente naranja.

Las horas se consumen 

sin mucho que hacer,

dejándose abrazar

por los rincones encalados,  

y el rojo desteñido

en la bóveda celeste.

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El día se va

a la deriva, a la deriva

como una rama flotante

mecida por el mar, 

dejando el vaivén

en manos del azar, 

Nada en el mar, 

nada en la mente. 

Atardece en mis pupilas

y el día se va sin más. 

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La noche es para los gatos,

los cuatro que aquí quedamos.

Ondea la luna  acuosa,

entre celosas farolas. 

La brisa peina las olas

y trae perfume de sal.

Los bares se desperezan 

y sacan sus cuatro mesas,

sirven la cena con velas,

y cierran pronto sus puertas.  

El puerto brilla

colina arriba

caemos dormidos, 

colina abajo. 

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Delos (Δήλος).

Es conocida como la isla sagrada, y guarda restos arqueológicos de la que otrora fuera un neurálgico puerto comercial del Egeo. Apenas a 20 minutos de Mikonos, Delos nos ofrece, de la mano de una guía, un recorrido por las ruinas para imaginar el día a día de aquellos habitantes. Visitamos sus casas, templos, mosaicos, esculturas y un teatro.

Termianda la charla, salimos a brincar entre las ruinas libremente tirando fotos aquí y allá. Ascendemos hasta la cima de una colina desde la que se contemplan las islas circundantes, la inmensidad del mar. De pronto nuestro barco, allá abajo en el puerto, está haciendo la última llamada para salir. Bajamos velozmente los cien escalones.  Saltamos sobre los bloques de mármol y atravesamos un descampado poblado de agresivas plantas que nos arañan las piernas, para llegar justo a tiempo de zarpar.

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Un día más en Mikonos. 

Prendida por el imán

llega sumisa la aguja.

Bajo capas de pintura,

granos de arena y sal, 

emana una fuerza loca

que dirige nuestras mente,

esas cúpulas azules

sobre el paisaje pintadas

me pierden, literalmente. 

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Santorini (Σαντορίνη).

Se ha escrito mucho en los foros de la adicción a estos cuerpos emergentes. No hay en mis manos dedos suficientes para contar las islas que compiten en el archipiélago de las Cícladas. Los hay que aman el Dodecaneso. Otros prefieren las jónicas frente a las sarónicas, y a la inversa. Hay, incluso, mochileros que arriban cada año a una diferente.

Santorini, que es nuestro caso, es una medialuna. Una caldera, testigo único de una explosión miles de años ha, que ha dejado unos riscos de vértigo. Los habitantes viven como las cabras, en pendiente.

Nos alojamos en un grupo de cuevas húmedas que su día sirvieron de bodegas. Tras un reconocimiento de la zona, alquilamos un coche desvencijado para recorrer la gran C de punta a punta. En la zona céntrica decenas de comercios se preparan para hacer el agosto. Escamos al norte. Al final del cuerno se concentra un grupo de casitas abigarradas, una sobre la otra, simulando una Babel griega. Estas son las musas de la creación para los artesanos locales.

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La odisea. 

Nea Kameni es un islote con aspecto de galleta carbonizada, situado frente la costa de Santorini. Un pintoresco barco pirata, lleno hasta la bandera, nos lleva en pocos minutos hasta allí. La superficie de esta isla negra escupe nubes de gas sulfúrico desde las grietas del subsuelo. Tras la visita, y en medio de un intenso oleaje, bordeamos la abrupta costa mientras los turistas empapados se debaten entre los gritos de pánico y las carcajadas. El viento sopla tan fuerte, que la idea inicial de bañarse en las aguas termales empieza a tener cada vez menos adeptos. Cuando llega el momento, solo un grupo de chavales se lanza al agua, para horror de los espectadores, que contemplan escépticos desde la borda con el abrigo puesto. No he venido hasta aquí para mirar- me digo, y salto desde la proa con el temor de perecer en las gélidas aguas. Al instante, nado con todas mis fuerzas, animado por los demás bañistas, para llegar hasta la orilla donde el barco no puede entrar y desde la cual se liberan corrientes cálidas subterráneas.

Apenas empiezo a sentir el calor, el barco hace sonar la sirena. Es hora de regresar. Todavía sin aliento me toca dar largas brazadas de vuelta para combatir el frío. Una niña, la más joven del grupo, me confiesa que le empiezan a flaquear las fuerzas. La animo brazada a brazada y nado a vera hasta alcanzar la escalera del barco. Rendidos pero satisfechos, somos recibidos entre aplausos.

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Una playa de arena roja anuncia el fin del mundo en el extremo sur de la medialuna. El viento no invita a descender hasta allá abajo, y sin embargo, quienes lo hacen se encuentran con una playa volcánica ideal para resguardarse. El suelo está formado por cantos rodados multicolores. Saltamos de júbilo celebrando el hallazo. Al poco, desfallecemos y somos presa de un sueño profundo. El eco de las olas choca en las paredes del acantilado y nos envuelve con su arrullo.

Por mi cabeza pasan imágenes de las islas griegas empañadas por el sol. Creo que perdí el juicio fotografiando cada detalle, confundí molinos con gigantes… Me pregunto todavía si aquello pasó en realidad o se trata solo de un delirio onírico. Solo los dioses saben.

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        Cabo de Gata. Agosto 2013. 

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Beauty is in the eye of the beholder. 

Tres semanas. Julio 2013.

Ha pasado un año de nuestro periplo brasileiro. Definitivamente Brasil tiene el color de las postales. La inmensidad del país es tal, que al trazar los lugares que hemos visitado sobre un mapa, estos quedan reducidos a meros puntos, casi imperceptibles en la vasta geografía. No sé cuántos aviones, autobuses, furgonetas… Recorriendo esas mismas distancias en Europa habríamos terminado en el Kremlin. Viaje tras viaje la experiencia nos lo confirma, en el contienente americano todo es talla XXL.

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EL GIGANTE . 

Brasil crece a pasos agigantados, como un adolescente al que le está cambiando la voz y le crece el vello. También el acné y el olor a pies forman parte del proceso. No importa dónde vayamos, las venas del Brasil se hayan al descubierto. En el momento en que escribo esta nota, el mundial de fútbol 2014 ya se ha jugado, pero apenas un año antes el país se encuetra patas arriba, quejumbroso y polvoriento. Máquinas excavadoras, grúas, martillos hidráulicos perforan ciudades y pueblitos noche y día preparándose para el cambio de rostro. Se alzan tendidos eléctricos que atan calles humeantes con olor a alquitrán, y se tira de ellos como lazos de zapatos para levantar una nueva nación.

Los precios se han disparado. ¿Quién habló del bajo nivel de vida en Sudamérica? Si es así, Brasil ya no es Sudamérica. Se desborda. Es caro. Muy caro. No es país de mochileros. Ese fue un tortazo que nos llevamos y para el cual no estábamos preparados. ¿A dónde vamos con estas zancadas? se pregunta la calle. Visto de fuera, es como ese adolescente al que le crecen los brazos más que las piernas, o una oreja más que la otra. Crece desigual, mas crece.

El tiempo dirá – clama un señor con los brazos en cruz desde lo alto de un morro.

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Itinerario:

– Río

– Ilha Grande

– Paraty

– Iguazú

– Cuiabá

– Pantanal

– Campo Grande

– Bonito

– Río

MapaDetalles técnicos del viaje aquí

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RÍO.

Las hermanas Ipanema y Copacabana, fueron recortadas de un mismo tijeretazo. Anchas, pero sobre todo largas, despliegan una miríada de deportistas que hacen flexiones con la barbilla, corren sin sudar, lucen súper cool jugando al volley. Skaters, surfistas, garotas en tanga, colectivos gays con bíceps sobre los bíceps y mulatas sorbiendo cocos helados. Es invierno sí, pero sale el sol y florecen cariocas estilosos everywhere.

Como en toda galería de arte, esta pinturita está bien custodiada. Hay agentes armados en cada farola a lo largo de la costa. Patrullas, tanques policiales, bicipolicías y helicópteros que nos sobrevuelan. El control es absoluto. Por no hablar de las droguerías. Los guardias de seguridad se han calzado chalecos antibalas y pesadas ametralladoras como si fueran a entrar en combate en cuestión de segundos.

Todo fluye con un aire de Beverly Hills, con bolsos caros, perritos chic y deportistas de hermosas nalgas.

DSC04822 Poesia não compra sapato, mas como andar sem poesia?

Los espiritus divergentes y almas bohemias encuentran su rincón en el barrio de Lapa. Allí suena música en vivo en las terracitas, desde lo más radiado al samba, choro, pagode, forró, bossa, MPB… Hay para elegir. Paramos en tascas donde se tira cerveza de barril y se engullen bravas y pastelitos salados. Pateamos callejuelas con antros ruidosos en la parte alta de los edificios. Clubes de samba y salas de rock. Lapa ruge.

Pensando que Brasil iba a ser un nido de bandoleros, no me traje ni unos zapatos, ni cámara reflex, ni reloj. Qué vergüenza. Allí estaba yo en chanclas y shorts entre los cariocas coquetos y perfumados para la noche.  ¡Ah, casi lo olvido! Hay patrullas en cada esquina para que todo fluya armoniosamente.

En busca de la famosa escalera de Selarón decorada con azulejos colorinches, atravesamos un siniestro callejón a plena luz del día. Las tiendas están cerradas y un grupo de yonquis se deja caer contra la pared. Silvia me agarra fuerte del brazo, y tratamos de hacernos pasar por lugareños riendo nerviosamente. Una señora tirada en el suelo nos delata al gritarnos Move away! para que dejemos pasar un coche. Un tipo descalzo, extraño, camina hacia mí clavando sus ojos ahuevados en los míos. Trago saliba. Miro a un lado buscando una salida y allí está la escalera. Una patrulla iluminada y par de agentes han hecho el milagro posible una vez más. Decenas de guiris descienden de autobuses turísticos y se fotografían posando felizmente aquí y allá.

ISLA y PLAYA. 

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Deseosos de enterrar los pies en arena blanda arribamos a Ilha Grande. No muy lejos de Río se encuentra esta islita de montes arbolados y exóticos palmerales. En este ambiente distendido los locales cultivan sus huertos y se reúnen en la parroquia, mientras los turistas más hipsters pintan acuarelas, reflexionan en sus diarios de viaje o se entregan a la arena, fina y de color vainilla. Algunas playitas caprichosas se esconden en los rincones de este caramelo isleño tras los senderos que lo surcan. Es mejor no resistirse y dejarse abrazar por la desidia. Ser mar y salitre, pez y barquito. Sol, coco, nube, gaviota.

A continuación visitamos Paraty. En este pueblo marinero las casas de cal visten puertas y ventanas verdes, rosas, azules y amarillas. Los precios también aquí se disparan y nos dejan algún agujero en los bolsillos. Tomamos el próximo vuelo a Iguazú.

IGUAZÚ.

El diseño de Foz de Iguazú, así como otras ciudades de Brasil es de película de terror. Las avenidas son infinitas, escasean los parques o plazas públicas. Al llegar la noche las calles quedan desiertas. Cajas desguazadas de los comercios y periódicos cubren las aceras. No hay apenas alumbrado eléctrico. Un restaurante de otro puede distar varios kilómetros. Coches tuneados con lunas tintadas rechinan sus neumáticos al abrirse los semáforos. Caminamos achicados, como amenazados por estas calles con aspecto de ciudad sin ley. Al amanecer entramos en el parque del lado de Brasil, y al día siguiente lo haremos desde Argentina. Ya el día anterior, desde el avión, Silvia se sienta del lado que aconseja la guía para avistar las cataratas. De pronto, en medio de la inmensidad arbórea, se abre un gran agujero provocado por el desnivel de una falla que se traga el río Iguazú con escarpados dientes. Son las cataratas.

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La visita es un parque de atracciones. Familias que pasean por pasarelas enhebradas entre las caídas de agua se empapan, comen palomitas, se mojan, se asoman a las fauces del abismo y se ponen perdidas. No hay poro de la piel que no se moje en estos caminos.

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PANTANAL.

Otro avión en dirección norte nos lleva a Cuiabá. Pantanal es conocida como la sabana brasileña. Está considerado uno de los mejores lugares del mundo para ver animales gracias a su diversidad y sus paisajes abiertos. Tan grande es, que integra varios ecosistemas. Verlo entero solo sería posible desde un avión. La estación lluviosa y la estación seca crean mundos absolutamente diferentes.El paisaje que te encuentres dependerá de la época del año en que viajes.

Más de 3 horas de carreta harán falta para llegar desde la ciudad a la Transpantaneira, esa famosa pista de tierra rojiza que introduce al viajero a la gran llanura aluvial. La naturaleza se despliega en todo su esplendor a ambos lados del camino. Contamos con un guía que hemos contratado y que nos lleva en su coche. De pronto, paramos a orillas de una charca. En el calor del mediodía grupos de yacarés (caimanes) aguardan inmóviles, boquiabiertos, alguna presa incauta. En torno a un río de nenúfares discurren garzas, garcillas, patos, cormoranes y algún martín pescador. Nos sobrevuelan cigüeñas, araras (guacamayos), buitres y halcones. Todos parecen dispuestos como en una lámina didáctica donde se refleja la cadena alimentaria. No falta ninguno.  Verlos es como asistir a un concierto de Beethoven. Suena una orquesta sinfónica en mis oídos, ¡Gloriosa naturaleza en armonía!

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En Pantanal gran parte de las fértiles tierras de color rojizo están parceladas en haciendas. Pertenecen a los ganaderos o gaúchos. Tuvimos oportunidad de reunirnos con ellos cada noche y tocar la guitarra y cantar chamamé. El folklore de esta región me recuerda al de Argentina, y es que comparten la cultura gaucha. Toda una revelación. Aquí se toma tereré, similar al mate argentino, solo que frío.

Nos despertamos cada día sobre las 5:00 de la mañana para meternos en las canoas y contemplar el amanecer. Medio dormidos nos rendimos a la magia de las luces tras el horizonte y las bandadas de cormoranes que salen volando a nuestro paso. Con suerte veremos un grupo de nutrias nadando a nuestro alrededor. Más tarde montamos a caballo para patear bajo los árboles en los que viven familias enteras de monos. En un momento dado contemplamos en la copa de un árbol, y en silencio sepulcral, cómo un macaco golpea un gran fruto contra una rama para abrirlo. Tan fuerte, que finalmente se le cae, más o menos encima nuestra. Se lo ve muy frustrado. Con los prismáticos podemos ver cómo nos observa atentamente con ojos como platos a ver qué hacemos con su snack.

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A la tarde paseamos otras sendas con la esperanza de no toparnos con un jaguar. En una de esas, nos quedamos paralizados ante el estruendo de un animal pesado que se acerca hacia nosotros entre los matorrales. Ya no hay forma de escapar. Una enorme mamá oso hormiguero con su cría en el lomo se abre paso entre nosotros, todavía temblorosos. Estos animales pesan unos 40 Kg y se desplazan muy torpemente debido a sus enormes garras que llevan hacia adentro para poder caminar.

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Mientras surcamos el río plácidamente algunos yacarés curiosos o hambrientos se acercan a la canoa. Momento que el guía aprovecha para juguetear con él y tirarle de la cola, cosa que no parece importarle mucho. Silvia, sin embargo, clama al cielo que deje de hacer eso si no quiere perder una mano.

Después de cenar y sin faltar a nuestros particulares conciertos, salimos a recorrer los senderos nocturnos guiados por una potente linterna. En la oscuridad aparecen decenas de capibaras (roedores gigantes), aves zancudas comiendo cangrejos en el río, reptiles… Definitivamente hay tanta vida a estas horas como durante el día.

Cada jornada resulta intensa y agotadora, con un montón de ticks en nuestra lista de plantas y animales.

BONITO. 

 Siguiendo el plan diseñado tomamos un vuelo, más 300 Km en bus para llegar a Bonito. Qué locura. Bonito es un pueblito mono que ofrece actividades en la naturaleza. Nos bañamos en el Rio da Prata donde la gente flota entre piraputangas, unos peces tropicales de un amarillo iridiscente. Visitamos la gruta del Lago Azul, y finalmente nos bañamos bajo una colección de cataratas sin igual en el Parque das cachoeiras. Un guía nos explicaba la historia del parque e ilustraba con interesantes datos a cada momento. Mención honorífica a Sil, que hizo de traductora portugués-inglés para los turistas de nuestro grupo durante toda la excursión.

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Sí, desde luego este es un buen retiro para el ocio. Demasiado retirado tal vez. Lo cierto es que guardamos un bonito recuerdo de este pueblo y su gente hospitalaria.😉

No os lo vais a creer, pero en nuestro regreso a Río nos vemos enfracascados entre una multitud de fervientes seguidores del Papa, que resulta, aparecerá en tan solo una hora por allí. Zambullidos entre grupos de scouts de todas las banderas y gentes religiosas de todas las órdenes, nos vemos sorprendidos por el Papamóvil frente a nosotros y el Papa saludándonos sonriente.

Eso es todo. Para despedirme me quedo con una imagen de Pantanal, un insólito lugar en continuo estado de cambio.

Brasil:

(latido)

Caminha, o povo caminha,

su mirada más allá. 

De sus cenizas renace,

y se rehace al marchar.

Un horizonte difuso,

detrás de una senda incierta.

Apenas cruzó la puerta,

y habrá de pelear el pulso. 

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Semana santa. Marzo 2013.

Marruecos está hecho de barro secado al sol. Es un trago de África que se bebe a sorbos con las dos manos. Marruecos es el lugar donde perderse para encontrarse con uno mismo. Me descubrí correteando sin rumbo, así porque sí, sin horas, sin horizonte. Días antes de partir leí algo de esto preprando el viaje mientras ojeaba la guía en mi escritorio, pero evitaba ese pensamiento furtivo que me producía escalofríos de emoción. Después de todo, en los viajes quién sabe qué ocurrirá.

Marrakech. 22 marzo 2013.

Las pocas ganas de subirnos al taxi del aeropuerto y empezar a negociar coincide con la llegada de un joven queriéndonos convencer de que él es será el fin de nuestras preocupaciones. El tipo, un charlatán, habla todas las lenguas y alguna más. Sonríe, habla alto y hace aspavientos cuando lanzamos nuestro precio hasta el hotel. El tira y afloja, como era de esperar, le proporciona unos dirhams a su favor antes de subir al taxi.

Por el camino se despliega una ciudad rosácea, anaranjada, color de barro. Tipos con túnica y sandalias, señoras con velo, bicicletas y algún carro tirado por un burro. ¿De verdad se escondía este mundo tan singular a solo una hora de vuelo?

La vida transcurre lenta y calurosamente. Largas y anchas avenidas nos llenan los ojos con detalles que no queremos dejar escapar. Sí, esto es África.

El taxista me da el cambio a medias, me lo quedo mirando. Estamos parados en pleno centro de Marrakech en medio del gentío, se acerca un tipo desdentado, vendedores ambulantes, curiosos. ¡Porca miseria! -grita el taxista rascándose el bolsillo- ¡Españoles miserables! Desaparece tras darme una de las dos monedas que me debe.

Cocinera rue

especias mercado 

Este es el itinerario de nuestro aventura. Un viaje de ida y vuelta al desierto.

ida
1- Marrakech
2- Telouet-Ait Benhaddou-Ouarzazate
3- Agdz
4-M´Hamid
5-Desierto de Erg Chigaga
vuelta
6-Ouarzazate
7-Taourirt-Cascades Ouzoud
8-Marrakech
9-Marrakech

* Puedes consultar aquí los detalles técnicos del viaje. 

Al día siguiente nos lanzamos a la carretera con nuestro coche de alquiler. Los ojos se nos ensanchan en el paisaje abierto y pedregoso de arena roja. Áridas montañas de roca refulgente, pastores y cabras. Campos de tierra fértil en los que brota un intenso verdor. Sorteamos carros y algún camión ladera arriba, ladera abajo. En poco tiempo nos habremos levantado sobre la cordillera del Atlas. Adiós tiempo, adiós reloj.

Por la rivera del río Ounila vamos a dar a Aït Benhaddou, una antigua ciudad fortificada de adobe. Nos perdemos entre sus laberínticas callejuelas. Somos Hansel y Gretel en una ciudad de azúcar, comiendo pasteles en cada rincón. Mirando hacia abajo, agitados por el viento de las alturas, señalando aquí y allá emocionados. Cae el sol tras el horizonte.

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Encendemos el motor para hacer noche en Ouarzazate, pero es demasiado tarde. La noche lo cubre todo, y en Marruecos no hay carteles en las calles. Habrán de pasar horas deambulando por los mismos lugares hasta que demos con nuestro hotel.

Nos sorprende la modernidad de esta ciudad, herencia de un pasado colonial muy bien cuidado. No es el Marruecos que habíamos imaginado, pero me gusta.

Solo una fe ciega en la guía como la nuestra nos puede llevar a nuestro próximo alojamiento en Agdz. Ha sido un viaje corto y es la hora de comer. Seguimos las indicaciones de unos carteles destartalados para adentranos en un descampado de chabolas flanqueado por pilas escombros y niños jugando en ellos. Aquí buena parte de la población es negra. Dios, dónde me estoy metiendo. Un viejito de unos mil años descansa a la sombra de una acacia. Silencio, alguna mosca zumando sonoramente y mucho calor. No sé cómo, llegamos a la kasba Caid Ali.

 

El guía que nos muestra la kasba es un chaval que ronda los veinte, nieto del Caid o líder de la otrora ciudad fortificada, que se ha propuesto restaurar la maltrecha construcción. Para ello, cada año grupos de arquitectos de todo el mundo vienen a aprender las técnicas que antiguamente se empleaban en las kasbas. Así fue como coincidimos con un grupo de alemanes que se rompían la espalda de sol a sol, y a la noche, armados de bendires (panderos árabes) y darbukas montaban sesiones de baile improvisado en el comedor. Me uno al sarao con un bendir, tácata, tácata, tácata. Los arquitectos, que seguro son muy buenos en lo suyo, bailan espasmódicamente tratando de imitar una danza africana del mismo modo en que lo haría un robot. Silvia se cubre la risa y se va a dormir.

 

El nieto del Caid es un joven muy avanzado para el contexto en que se encuentra. Además de manejarse en varias lenguas, conoce a fondo la historia, no solo de su país, sino de España. Tenemos largas discusiones sobre política en las que no deja de sorprendernos sus reflexiones, así como su avidez por aprender siempre algo nuevo en cada conversación. El modo abierto en que habla mientras envía un wasap a la chica con la que nos cuenta está saliendo, y sus planes para trabajar en Canadá, hacen pensar más en un joven de Nueva York que de Marruecos. Nos explica cómo ha evolucionado su país en los últimos años en cuanto a libertad de expresión, y las limitaciones del marroquí para procurarse una formación avanzada.

Este chico conseguirá lo que se proponga, sabe bien lo que quiere y aprovechará cualquier oportunidad que se le cruce en el camino. ¡Buena suerte!

LAS PUERTAS DEL DESIERTO.

Rodamos rumbo al sur hasta el final del mapa marroquí. No muy lejos de la frontera con Argelia está el pueblo de M´Hamid. El último reducto de civilización antes del vasto desierto de Erg Chigaga. Escogimos este destino frente a Erg Chebbi (al este) por estar más cerca y resultar más práctico en un viaje de pocos días.

Nos alojamos en Dar Sidi Bounou. La dueña es una canadiense de cabello blanco con un brillo juvenil en la mirada. Nancy cuenta que su pareja falleció tempranamente. Después haber viajado juntos por medio mundo, se da cuenta de que las propiedades que habían compartido, como una casita en Londres, estaban a nombre de él, y al no estar casados lo pierde todo. Sintió además que le había faltado iniciativa en su vida. Siempre había estado siguiendo  los pasos de él. Parece ser que encontró allí, en un pueblo remoto a las puertas del desierto, el lugar perfecto para iniciar su propio proyecto. Sus óleos con escenas típicas adornan la casa y cuentan la historia del lugar. Siguiendo los métodos de construcción locales con adobe anaranjado, y luchando por imponer su toque personal a los obreros, algo intransigentes, fue creando su pequeño oasis. Eso sí, el agua allí escasea y tirar de la cadena o darse una ducha puede suponer una aventura.

Junto a su amigo Daoud y su familia, la comunidad ha ido creciendo. También se han unido los guías, marroquíes y bereberes,  grandes conocedores de la región, portadores de una cultura ancestral, sabios, artesanos y músicos.

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Es la hora de comer, y Nancy nos agasaja con una crema de verduras, una ensalada acompañada de pan recién hecho y un cesto con huevos duros. Nos resguardados del calor, siempre acompañados de una humeante tetera de té verde y hierbabuena. El tiempo se desvanece. Los guías que van viniendo en difernes momentos tocan el guimbri, un rústico bajo de sonido profundo y cautivador, la flauta y la percusión. En esos tiempos muertos aprovecho para tocar el instrumento y enseguida se unen a cantar o tocar con lo que tengan a mano.

BEREBERES, LOS HOMBRES LIBRES DEL DESIERTO.

Nuestro guía, a quien le pondremos el nombre de Eheder para este relato, es un bereber. Los bereberes son los pobladores originales del norte de África.  En su día fueron consquistados por los árabes. Será en el desierto donde hallen el espacio para ser ellos mismos nuevamente.

Eheder es siempre atento y servicial, tiene un gran sentido del humor y gusta de contar anécdotas de viajes, hablar de su vida y su cultura. Tiene mil historias que compartir y un montón de preguntas para saciar su insondable curiosidad. Se maneja en español, italiano, francés, algo de alemán, inglés y árabe, además de su lengua nativa bereber. A menudo mezcla los idiomas hasta dar con la palabra adecuada. Si esto no fuera suficiente, se sienta de cuclillas en suelo y comienza a trazar dibujos en la arena para hacerse entender. Es, definitivamente, un gran comunicador.

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El chófer del 4×4 que nos llevará al desierto es de rasgos árabes, al contrario que Eheder que es bereber. Durante el trayecto hace sonar su mp3 con blues del desierto. De pronto esa música que llevo escuchando durante años comienza a cobrar sentido. Encaja perfectamente en el paisaje, árido y pedregoso, seco, gris y marrón, infinitamente llano. Ambos, chófer y guía cantan las canciones para sí mismos. Las melodías, dulces, contrasta con el rigor del desierto. Al poco nos acercaremos a las dunas. Y apenas ascendemos por la primera el coche se queda allí varado. Casualmente otro 4×4 con turistas españoles regresaba a M´Hamid, así que amarra su coche al nuestro y nos sacan de allí.

Una hora más por el desierto y contemplamos los grupos de camellos, propiedad de ganaderos, que pasean solos en la llanura. Hacemos una parada para obervar nuestro alrededor, ¿dónde estamos? ¿Es esto el fin del mundo? Seguimos canturreando las canciones del coche. El chófer sube el volúmen y todos cantamos y bailamos en un entorno surrealista. La felicidad sopla entre los dedos, nadie nos ve, qué mas da lo que hagamos. El sol golpea las piedras haciéndolas brillar. Volamos sobre un manto de aire caliente, somos desierto, somos blues.

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El campamento en el que vamos a dormir está formado por una docena de jaimas. Allí viven solo hombres jóvenes. Mohamed está construyendo un cuarto de adobe. Nos recibe con amabilidad. Tiene las manos llenas de barro. Trabaja pacientemente, nos explica que el viento es de una gran fuerza y es importante levantar muros consistentes. El resto del grupo son chicos que hacen las labores de mantenimiento. Uno de ellos tiene la tez completamente azul. El turbante le ha desteñido y dice que el tinte tiene propiedades beneficiosas para la piel.

Tenemos el día entero para nosotros. Es tiempo de recrearnos en paseos por las dunas. Ascendemos enterrando paso a paso los pies en la arena que se va tornando rojiza con la llegada del atardecer. En la cima de la duna más alta se observa un centener de dunas más. Eheder es capaz de señalarnos Argelia, Malí, y ciudades que solo podemos imaginar. La visión nos envuelve. Con la caída de la noche las estrellas se multiplican en el firmamento.  Eheder nos dibuja las constelaciones sobre la arena y narra la leyenda de un arquero que tiene que elegir entre el bien y el mal.

La luna llena alumbra el desierto, y nada puede esconderse. Tras la cena, los jóvenes se juntan con darbukas y una guitarra española a la que le falta una cuerda y que hacen sonar como un laúd árabe. Atraído por su música me siento con ellos y me ofrecen un tambor. Los tipos duros del desierto cantan melodiosa y sensualmente. Silvia nos mira desde fuera, sin atreverse a formar parte del círculo. Tal vez se sientan ofendidos si se les une una mujer. Ella pregunta si les incomoda su presencia, y Mohamed responde apaciblemente: Estás en el desierto, y aquí cada uno es libre de hacer lo que le plazca.

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Inspirado por el candor de los músicos cojo la guitarra y rasgueo acordes que brotan con naturalidad. Sin saber cómo, de pronto empiezan a susurrar un rap de Tinariwen. Me aseguran que eso que estoy tocando es del grupo Tinariwen (una banda de Tuaregs de Malí) y cantan una retahíla de versos que se funden con la noche.

El desierto guarda un secreto para cada persona. Lo intuía, lo había leído en foros antes de viajar a Marruecos. Y efectivamente, allí, sentado en la duna bajo la luna me es susurrado el mío. Me habla de mi senda particular. A Silvia también le cuenta algo, estoy seguro. No sé qué, esas cosas no se preguntan, pero la veo vibrar, se emociona, no para de bromear con el grupo, disfruta como una niña. La noche nos brinda sus encantos que compartimos bereberes, marroquíes y españoles, gente libre que simplemente está allí formando parte de un momento irrepetible.

Cascadas de Ouzoud

El trayecto de regreso al norte nos deja exhaustos de tanta carretera. Este país de contrastes no lleva sin mucha fe a unas cataratas. ¿Cataratas en Marruecos? Sí, resulta que el norte rezuma vida y verdor. Ver para creer. Las cascadas son una grata sorpresa. Una gran dentellada que arroja agua con furia y permite  sentirla en la piel a pocos metros.

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 Poco más, amigos. Mucha carretera en este viaje. El paisaje lo forman grupos de escolares que cruzan de aldea en aldea a pie cada día en medio de la aridez. Algún afortunado tiene bicicleta o motocicleta. Paisajes montañosos. El Atlas imponente, seductor. Oasis de palmeras brotando espontáneamente en un singular escenario de contrastes. Té, pastas y tajines. Cúrcuma, pimentón y comino. Comerciantes en Marrakech que luchan día a día por salir adelante. Esta es la buena gente, la que da lo que no tiene. Si alguna vez te meten miedo con los timos en Marruecos o la inseguridad, recuerda que los delincuentes llevan traje y corbata, trabajan en bancos o poderosas multinacionales. Si sabes escuchar, Marruecos te permitirá encontrarte contigo mismo. ¿estás preparad@?

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Estoy cada vez más convencido de que la naturaleza humana es más o menos la misma, cualquiera que sean los climas en donde florezca, y si te diriges a la gente con afecto y confianza, se te devolverán ese afecto y esa confianza multiplicados por mil. (Gandhi).

Cuando mi madre me pregunta, de todos los viajes ¿Cuál es el que más te gustó? Ahí te das cuenta del impacto que tienen los primeros viajes, la primera selva, los primeros monos aullando desde la copa del árbol, la primera vez que entras en un templo… Te das cuenta de que el viaje se hace en tu cabeza, con el tiempo, dejándolo reposar. Como las piezas de un tetris que se acomodan para encajar con las nuevas.

Tal vez aquí, delante del ordenador, dando sentido a lo vivido, es donde comienza a fraguarse el viaje.

Durante nuestro recorrido por el país, lo que más me gustó fue observar las similitudes con nuestra propia cultura. Como dice Gandhi, aquí y allá todos buscamos lo mismo, nuestras esencia está en todos lados.

Qué hermosa acogida, la hospitalidad del tailandés, el wai: el saludo sonriente con las manos juntas y la cabeza reclinada. La delicadeza en las formas.

Tailandia se me antoja mujer: femenina, sensual. Y divina, un templo en sí misma, con un Buda tatuado en cada centímetro de su piel. Tejida con hebras de oro, resplancede enigmática, suntuosa, vista de fuera; extraodinariamente sencilla y cálida en las distancias cortas.

   

3 semanas. Julio 2012. Consulta aquí el itinerario.

BANGKOK

Bangkok destila energía en sus mercados laberínticos día y noche, puestos de comida ambulante, enormes templos en cada esquina, ríos transitados por centenares de botes pequeños, medianos y grandes… Bangkok huele a arroz, a soja concentrada, a carne cruda y aceite rancio, a fruta fresca y pescado seco. A humo denso de ciclomotor y humedad pegajosa.

Una peculiar mezcolanza que funciona, porque son muy organizados y muy limpios, lo que hace que uno se sienta cómodo y las cosas marchen bien.

   

Cogimos un tren hacia Ayutthaya con Antoine y Elodie, una pareja francesa muy maja que conocimos apenas llegamos al país. De este antiguo reino que data del siglo XIV solo quedan las ruinas, edificios ladeados o que han perdido parte de su cuerpo, esculturas ennegrecidas de Buda… La ciudad está rodeada por un pequeño río, por lo que se accede en bote.

Por la tarde nos alquilamos unas bicicletas para recorrer los templos diseminados por Ayutthaya. Conducir por la izquierda y entre tantos coches y motos fue toda una hazaña, especialmente cuando nos cayó un chapuzón que duraría al menos un par de horas. Aparcamos las bicis a la entrada de un recinto y salimos disparados para refugiarnos en una pagoda y observar, todavía atónitos, la fuerza de la naturaleza.

 

La simbiosis entre el entorno natural y las ruinas le da un encanto especial al lugar. Mis favoritos son los budas al aire libre, rodeados de plantas y aves, siempre con unas varillas de incienso ardiendo y ofrendas. O esa higuera de poderosos tentáculos abrazando el rostro de Buda, que se muestra apacible, arropado.

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EL VERDOR DEL NORTE.

Rumbo al norte llegamos a Chiang Mai. Una excursión entre arrozales de asfixiante calor nos llevaría a un poblado de la tribu Karen. Por el camino paseamos a lomos de mamá elefante. Baby elefante decidió seguirnos y juguetear en el río. Hubo un momento que decidió irse por su cuenta. La madré bramó de tal manera que vibramos de los pies a la cabeza. Para nuestra tranquilidad, baby elefante se apresuró a obedecer.

En esta ocasión íbamos acompañados de un grupo majísimo de chicas, dos koreanas, una de Alemania, otra de Canadá y una de Tokio.  Una vez llegados a la aldea con sus granjitas, el guía local cocinó una deliciosa cena para nosotros. Estábamos agotados. Pasamos una estupenda velada intercambiando diarios de viaje y diferencias culturales.

    

Al día siguiente dejamos las cabañas. Nos despedimos de los niños y niñas de la escuela (si me descuido Silvia se pone a dar clases) y pateamos monte abajo. Una lluvia intensa nos acompañó durante más de 2 horas por el camino, convertido en un lodazal altamente resbladizo.

Por si no estábamos lo suficientemente mojados, fuimos a dar a una catarata. Nos zambullimos, para después volvemos a calzar la ropa mojada debajo del poncho. Esa mezcla continua de humedad y calor que te persigue siempre en Tailandia, por no hablar de los mosquitos.

Nos aguardaba un paseo en una balsa de bambú por el río. Nos dejamos llevar río abajo, entonando una melodía popular asiática con nuestras compañeras koreanas.

   

Para evitar 13 insufribles horas de autobús por las sinuosas carreteras de montaña, cogimos un vuelo de 1 hora hacia Mae Hong Son, un diminuto pueblo muy auténtico en el noroeste del país. Por las mañanas el trayecto lo realiza una avioneta, quienes la han probado no desean repetir. Bajando del avión, caminas 5 minutos y estás en el hotel.

  

Allí alquilamos una moto y seguimos una ruta montaña arriba que lleva al pueblo de inmigrantes chinos Ban Rak Thai, en la frontera con Myanmar. A ambos lados de la carretera se despliegan infinitas llanuras segmentadas en arrozales, salpicadas con hórreos y campesinos. Cuando el depósito de gasolina nos dio la alerta, nos dimos cuenta de que no habíamos visto ninguna gasolinera por el camino. Paramos en una aldea del lugar, tratando de hacernos enterder y provocando unas cuantas risas. Nos aseguraron que acabábamos de pasar una.

Cuando ya la habíamos dado por perdida, dimos con una choza en donde una mujer con unos barriles nos aseguró que se trataba de una gasolinera. Yo mismo tuve que entrar a darle a la manivela para extraer la gasolina del barril, que estaba por terminarse y la mujer no podía sacar más. Se moría de la risa.

En la siguiente “gasolinera” pedí más gasolina de la que necesitaba, -pues hay que calcular por adelantado- y se me salió por todos lados. Al señor también pareció resultarle muy cómico.

En el último tramo, cuesta arriba y con la moto agonizando para levantar nuestros traseros, cayó una tromba de agua. Tuvimos el tiempo justo para entrar en un pequeño comercio chino donde nos recibieron con un té, por el que no nos dejarían pagar. Ya estamos en Ban Rak Thai (suena la lluvia de fondo).

    

El pueblo apenas lo forman unas casitas de barro amontonadas a orillas de un lago ovalado. Si el fin del mundo existe, debe ser ese.

Tras la quietud de Mae Hon Son, regresamos a Chiang Mai, ciudad universataria, cultural y turística del norte. Uno de sus encantos es, nuevamente, visitar los templos, que se encuentran allí mismo, en la ciudad amurallada donde estamos alojados. Cuando nos vemos indecisos a las puertas de un templo donde se está cantando o rezando, los monjes nos invitan a entrar.

El “Monk chat Club” ofrece al visitante la oportunidad de charlar con los monjes sobre sus vidas, el budismo, la cultura tailandesa… Para ellos supone la oportunidad de practicar el inglés y acercarse a la gente. Para el viajero, saciar su curiosidad.

 

 

LAS PLAYAS DEL SUR.

Julio es temporada baja en Tailandia. Bajísima. Lo que se supone que iban a ser playas atestadas de gente, resulta ser un remanso de paz (sonido de las olas). Estamos en la costa del Pacífico, concretamente en Koh Samui, la isla familiar. Más arriba está Koh Phangan, la isla de los fiesterines. Y más allá Koh Tao, la de los submarinistas. Una excursión nos adentró en sus aguas cristalinas para snorkelear.

    

Nuestro hotel resulta ser un resort de terapias naturales, yoga, meditación, comida vegetariana/vegana, masajes… Qué decir.

Una excursión nos llevó en speed boat hasta el archipiélago de Ang Thong. Una breve pero extenuante ascensión a lo alto de la colina, para lo que hay que agarrarse a las cuerdas que hay por el camino y tirar fuertemente, nos eleva hasta unas excelentes vistas de los islotes. Pocas veces en mi vida he pasado tanto, tanto calor como en este país. Sudé como una esponja exprimida, pero siempre hay una recompensa detrás.

KHAO SOK NATIONAL PARK.

Un vuelo para salir de la isla, y dos horas y pico más de taxi nos llevan al interior de nuevo. Khao Sok es un parque natural de dimensiones que quitan en sentío. Nos apuntamos a una aventurilla organizada de dos días. A la mañana siguiente recorremos 80Km solo para llegar al otro lado del parque. Atravesamos el lago en bote entre enormes peñascos que parecen emerger de las entrañas de la tierra como dagas rocosas.

Nos alojamos en unas casitas flotantes. Se me llenan los ojos de un profundo verdor. Silencio, quietud. El agua es un espejo verde y denso, del que no paran de salir burbujas (blop, blop). El bosque lluvioso, alto y frondoso, forma un anillo que nos da cobijo.  Olor a juncos mojados. Calor. Nosotros y la naturaleza.


Más tarde, nos adentraremos en el bosque por un sendero arcilloso flanqueado por racimos de gigantes cañas de bambú que se yerguen hacia el cielo y vuelven a caer, flexibles, huecos, sonoros. Voy percutiéndolos por el camino o soplando una rama a modo de flauta. Nidos de pájaros a ras del suelo,  barro en los pies, arroyos serenos a la sombra. Finalmente, la cueva. A medida que nos adentramos se hace más profundo. El agua nos llega al cuello. Provistos de linternas tanteamos el suelo y las paredes, medio caminando, medio nadando.

De regreso a nuestras chocitas, paseamos por el lago en kayaks, y sorprendemos a un grupo de monos en la orilla dándose un chapuzón. Otros, en lo alto de los árboles, se mueven con pasmosa agilidad de rama en rama.

RAILAY

Venidos de la costa del Pacífico, atravesando el parque natural, venimos a dar la costa índica. Railay es una joyita. Popular entre los escaladores de peñascos, tiene el encanto de ser un pueblito con sabor local. Por la noche hay un par de callecitas con bares. Al final está The last bar, donde un cantautor ameniza la velada y después cambia la guitarra por las cariocas de fuego. Un grupo de jóvenes danza acrobáticas coreografías entre ráfagas de fuego e invita al público a bailar el limbo bajo una cuerda en llamas. Otros se toman un cocktail playero bajo el fulgor de las estrellas, reflejado en el salitre de la piel.

KO PHI PHI.

Supuestamente la guinda del pastel, todavía guarda algunos rincones sugerentes. Eso sí, la avalancha de jóvenes turistas ha arrasado el sabor tailandés de la isla. Más masificada y ordinaria que otras islas.

Optamos por apuntarnos a una jornada de snorkel en Ko Phi Phi Leh. Nuestra monitora, inglesa, se dedicaba antes a ser manager de empresas en Londres.

Después varios años allí trabajando se me olvidó reír. Ahora me río todos días.

Eligió muy bien las zonas donde bucear, como aquella pared del acantilado donde zigzagueaban serpientes marinas, peces globo y peces trompeta entre singulares corales.

Un atardecer. Sí, me quedo con el atardecer en Railay. La luz intensa, la gente sentada en la arena con esa mirada meditabunda perdida en el horizonte. Muy débilmente, imperceptiblemente, la luz varía, juega en el cielo con las nubes, revolotea, impresiona. Se va yendo y siempre queda un halo luz, más oscuro, más opaco. Embriagados, nos dejamos llevar por el ocaso, un túnel que nos absorbe. Todo se olvida de la cabeza, me hipnotiza, me arrastra con el ir y venir del mar. Podría quedarme allí adormecido, plácido, levitando eternamente. Hmmmm…

E-mail desde París, semana santa 2012.

Querida familia,

Estamos que no paramos, pasamos todo el día recorriendo las calles de esta ciudad infinita. Está haciendo bueno. No llovió ningún día, solo algo fresco a la noche.

Por las mañanas desayunamos croissants en las boulangeries y patisseries del barrio. Visitamos los preciosos museos del Louvre y Orsay, con obras impresionistas de Van Gogh, Monet, Renoir…. Del Louvre nos cautivó la inmensidad del palacio y sus ornamentaciones.

Del Musee D´Orsay, construido en una antigua estación ferroviaria, disfrutamos la intimidad de las salas. Al ser más pequeñas, el encuentro con las pinturas es más cercano.

   
   
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Pateamos los puentes que cruzan el Sena de lado a lado. Mi favorito, el puente de los candados, donde las parejas sellan su amor a golpe de cerrajería. Entramos en numerosos de palacios y castillos que salpican toda la ciudad. París es un museo viviente.

  

 
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Comemos en restaurantes turcos, chinos, vietnamitas, franceses, tibetanos, indios, libaneses, tunecinos, saharauis… A estas alturas del siglo XXI, viajar en el metro parisino es como adentrase en las calles de Malí, Senegal, Marruecos, Argelia, etc. No sabemos si será por condescencia o qué, pero acá todo el mundo se salta los torniquetes del metro. Lo que sí se ve, es a la policía pidiendo los papeles en los pasillos del metro.
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Barrios como los de Barbés, o Pigalle, donde el Moulin Rouge fue un día el epicentro de la noche parisina, ofrencen hoy una variedad de peluquerías africanas, restaurantes étnicos, etc.
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Recorrimos el mercadillo de comidas, ropas, etc, entre gentes de todas las nacionalidades. Cansados de tanto caminar, descansamos en algunos de los enormes parques de la ciudad, como el de Luxemburgo, tumbados al soleil.

 

Subimos a Monmartre y los ojos no abarcaban la ciudad, enorme, desde El Sagrado Corazón. En otra punta, subimos a pata la Torre Eiffel, fotografiamos el atardecer y vimos la urbe resplanceder en la noche.

 

Hacemos pausas en los singulares cafés parisinos donde se toma uno un té codo con codo con el de al lado. Los locales son todos tan chiquitos. Nos la pasamos cogiendo metros y trenes de punta a punta entre soldados con metralletas que puso Sarkozy desplegados por doquier para controlar el cotarro.

 

 

Salimos de marcha por la Bastilla, Abesses y Oberkampf. París se debate entre los pijos más cursis y rimbombantes, y el África emergente… Pasamos de las tiendas más glamourosas y excéntricas del mundo donde todo vale un infinito, a los barrios donde no se barren las calles y nos saludan las ratas del metro…

Otras excursiones fueron el cementerio de Pere Lachaise, donde rendimos honores a Chopin y Jim Morrison. De este último, por cierto, robaron el busto que había decorado con collares de flores. Quisimos visitar a Napoleón, en Los Inválidos, pero 18 euros por ver el féretro nos pareció excesivo.

El Museo de Rodin con su jardín de esculturas, y el Jardín des Plantes con su hermoso jardín botánico nos brindaron una tarde maravillosa.

  

 

Para terminar el viaje Silvia nos tenía una sopresa preparada. Un masaje tailandés. Tal y como nos recomendaba la guía, esto de que te retuerzan como quien escurre un trapo mojado te deja nuevo. Recomendado 100%.

París,

donde todo el mundo fuma,

y se besan las parejas

en la calle, en la calle

la gente camina sola,

sola en los cafés,

sola en los restaurantes,

se toman un café a cada instante,

y discuten en los bares,

sin televisor.

Charlan dos chicos,

dos chicas,  

charlan los amigos,

hablan y hablan…

todo el día, toda la noche.

Tal vez así,

pensando, discutiendo,

reflexionando, filosofando

compartiendo…

nació la Revolución.

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